Dom. Abr 18th, 2021

Afganistán: El frente olvidado

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La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, significa entre otras cosas, la revisión de la política exterior de Trump. Siendo un tema complejo y espinoso de abordar, la crisis de Afganistán. La torpe política de Estados Unidos, especialmente las llevadas a cabo por Obama y Trump, de poner en la mesa de negociaciones a los talibanes, abre las puertas para que el país caiga en el abismo una vez más. ¿Es posible un regreso de Afganistán a una situación antes del 2001? En esta nota analizamos uno de los grandes desaciertos geopolíticos de Estados Unidos de los últimos años, el caso Afganistán.

Por: Jorge Alejandro Suárez Saponaro | Director El Minuto.


En 2001, el llamado país de la insolencia, fue invadido por una coalición liderada por Estados Unidos, que terminó con el régimen talibán. No cabe duda que la guerra contra el terrorismo, fue una gigantesca maniobra geopolítica de la Casa Blanca, para controlar puntos estratégicos, rodear a dos rivales de Estados Unidos, China y Rusia. Afganistán fue escenario de conflictos entre grandes imperios, teniendo especial valor para Rusia en su momento, dado que era la plataforma para las aguas cálidas del índico. La derrota luego de la intervención militar soviética, dejó Afganistán en el caos.

El dinero saudita, las armas y entrenamiento de Estados Unidos, ayudaron a que los endurecidos combatientes islamistas se hicieran con el poder. En el Norte del país, la llamada Alianza del Norte, de la mano del legendario comandante Massud, resistía al régimen extremista talibán, que redujo al país a la Edad Media o peor.

Monumentos históricos, sitios arqueológicos fueron destruidos, las mujeres condenadas a vivir miserablemente. Ejecuciones públicas, atroces, donde los condenados eran amputados, o colgados hasta morir. Generalmente este tipo de espectáculos siniestros se hacían antes de los partidos de fútbol.



Occidente, llegó con su dólares, pero años de caos, violencia, marcaron al país, quedando en manos de señores de la guerra con el control de muchas provincias, que continuaron con sus oscuros negocios y haciendo la vida miserable a la gente.

Los talibanes, se replegaron y desde los santuarios en Pakistán, se fortalecieron, gracias al tráfico de drogas, la extorsión y los impuestos. Muchos toleraron el orden de terror de los talibanes, al establecer un marco de seguridad, que en muchos puntos del país, el endeble gobierno afgano, surgido en 2004, apenas podía hacer algo, sin el apoyo de la ISAF o International Security Assistance Force, la misión internacional de estabilización y las fuerzas de la OTAN que le daban sustento.

Afganistán es un país con una geografía montañosa, con muchas poblaciones aisladas, escasas comunicaciones, agregándose las diferencias tribales y étnicas. Los miles de millones de dólares se los llevaron los líderes corruptos afganos, la burocracia internacional y el enorme despliegue de la OTAN.

No cabe duda que Pakistán, con su política de tolerancia hacia los talibanes, generó serios contratiempos, agregándose la falta de instituciones y una sociedad cooptada por la violencia y la ignorancia. La corrupción endémica, ha impedido que las fuerzas policiales sean eficientes, a pesar del gran apoyo internacional, como de las Fuerzas armadas afganas. Son en el fondo, cáscaras vacías.

En un informe realizado en Estados Unidos por el Inspector General de de Reconstrucción de Afganistán, consideró que la paz es un objetivo muy lejano aún. Los talibanes, no cumplen con ninguna de las promesas de paz, sino que suben la apuesta y los ataques terroristas se han incrementado sustancialmente.

No cabe duda que la decisión del presidente Trump, tras un acuerdo con los Talibanes en Doha, Qatar, de retirar las tropas de Estados Unidos, alimentó las esperanzas de este movimiento de imponerse por las armas, siendo las negociaciones de paz una mera cortina de humo.

Las fuerzas afganas dependen de 18000 contratistas privados, que permiten que sus sistemas de abastecimiento, sanidad, mantenimiento y adiestramiento, funcionen, además de brindar apoyo en materia de planificación de operaciones.

Los 10.000 soldados de la OTAN, entre ellos más de 2500 de Estados Unidos, tienen un rol importante en apoyo a las operaciones antiterroristas. El apoyo de los donantes internacionales, es vital para la supervivencia del endeble gobierno afgano, cuyo presupuesto de US$ 80.000 millones, el 80% proviene de apoyo externo.

En dos décadas, no hubo una estrategia clara para que el país, que tiene un gran potencial en minería, gas, energía hidroeléctrica, pueda despegar y tener un mayor grado de autosuficiencia económica.

Los índices de desarrollo humano siguen siendo los peores del mundo, añadiéndose que las zonas controladas por los talibán, la situación de educación y salud es desastrosa. El fanatismo religioso, impide que niñas y mujeres reciban asistencia médica, con el consecuente incremento de la mortalidad infantil y en los partos.

La Casa Blanca nunca tuvo una estrategia clara en el atolladero afgano y marginó actores regionales clave, por cuestiones políticas, especialmente Irán, Rusia, China, India y Pakistán. En este último caso, sus servicios de inteligencia han sido los grandes patrocinadores de este movimiento.

Los negocios vinculados con el opio y el tráfico de drogas, generan según expertos un volumen de ingresos superior a US$ 1500/3000 millones, dinero más que suficiente para que estructuras corruptas sostengan a este grupo, que garantiza la seguridad de la producción y transporte de narcóticos.

El negocio del opio, según estudios especializados, genera empleo a 600.000 personas en Afganistán. En 2014, Estados Unidos lanzó una operación contra las plantaciones de opio, sin mucho éxito. La capacidad de recuperación de cultivadores como de los laboratorios para producir heroína, fue muy rápida.

Washington, debe entenderse con los actores regionales, pero razones políticas impiden que existan canales de diálogo por ejemplo con Irán o Rusia. Pero el problema afgano, tiene un actor, que es posiblemente uno de los grandes generadores de los males que padece Afganistán. Es el caso de Pakistán.

Este país siempre buscó tener influencia en Afganistán y evitar cualquier escenario de entendimiento con India. Nueva Delhi, apostó a un acercamiento con Kabul, para reducir la influencia de su enemigo histórico paquistaní. Las inversiones indias suman nada menos que US$ 3.000 millones, por eso la situación en Afganistán, tiene impacto regional.

El gobierno indio ha realizado fuertes inversiones para reducir la dependencia de la economía afgana de Pakistán, financió la construcción de carreteras, edificios de gobierno, complejos hidroeléctricos, equipo militar, además del interés por proyectos económicos.

Un eventual triunfo de los talibanes en Afganistán, puede crear un santuario para grupos radicalizados que pueden operar en India, especialmente en la conflictiva Cachemira. Esto es fuente de preocupación para el gobierno del primer ministro Modi, y convierten a esta potencia asiática en un actor a considerar en el atolladero afgano.

El fracaso de las fuerzas occidentales en Afganistán para terminar con la insurgencia y el terrorismo, obedece a muchos factores, entre que ellos que la batalla cultural que debería haberse librado, para restar apoyo de la población a los fanáticos talibanes, nunca fue librada. Los ocupantes poco y nada hicieron para erradicar el narcotráfico, que ha permitido consolidar estructuras capaces de corromper políticos, policías, y financiar grupos armados que les dan seguridad para sus oscuros negocios.

La ocupación extranjera, nunca trajo la esperada paz, y pronto, quienes aplaudieron la llegada de Estados Unidos y la OTAN, fueron los primeros en pedir su expulsión. Políticamente ha sido más que difícil, explicar a la opinión pública de Estados Unidos como de los socios europeos desplegados en Afganistán el costo en vidas humanas. 2500 soldados del Tío Sam murieron, más 1.200 de soldados de la OTAN. Las pérdidas civiles desde la invasión de 2001, se estima en más de 30.000 y las fuerzas armadas y de seguridad, como señaló el presidente afgano Ashraf Ghani en 2019, suman 45.000.

La cáscara vacía, que es el gobierno de Kabul, apoyada por Estados Unidos, permitió el regreso de los talibanes, que operan en todo el país. Cuestiones culturales, han facilitado incrementar su base social, y gracias a una estrategia definida y financiamiento permanente, además de recursos humanos siempre disponibles, le permitieron al movimiento talibán año tras año, expandir su influencia y mantener una activa campaña terrorista. Se estima que unos 1700 atentados se llevan a cabo todos los años.

Esto ha ocasionado unas 10.000 muertes. La administración del presidente Obama, impulsó en un primer momento el incremento de la presencia extranjera, que llegó a 100.000 efectivos, luego siendo reducida dramáticamente, por razones políticas.

Obama, un gran orador y buen político en materia de política doméstica, resultó ser un profundo desconocedor de geopolítica y relaciones internacionales. Los fiascos de Irak y Afganistán son pruebas evidentes. Pareciera que Estados Unidos en sus aventuras militares, tropieza con la misma piedra, como en Vietnam. No tiene estrategia clara y los objetivos cambian según la administración de turno en la Casa Blanca. La guerra de Irak de 2003, distrajo medios

militares y económicos, que hubieran servido para pacificar Afganistán. Naciones Unidas tuvo serios problemas para articular una política de reconstrucción con agencias internacionales y ONG, además de las limitaciones impuestas por los estados donantes. En Afganistán se perdió tiempo valioso y muchos miles de millones de dólares, que beneficiaron a elites corruptas, contratistas de defensa y seguridad, que han hecho jugosos negocios para sostener el gran despliegue militar de la OTAN en dicho país.

La presencia militar que requería Afganistán, distaba mucho de lo que era necesario. Amplias zonas rurales quedaron fuera de control. El Departamento de Defensa de Estados Unidos consideró que serian los afganos que debían liderar el proceso de pacificación con asistencia internacional. Ante la ausencia de fuerzas de seguridad e instituciones, los Estados Unidos financiaron jefes tribales y señores de la guerra, sin tener en cuenta sus antecedentes, y el alto riesgo que implicaba ello. No entendieron, que gracias a la brutalidad de estos personajes, los talibanes con sus promesas de gobierno honrado y seguridad, se impusieron.

Esto derivó en diversos problemas, en primer lugar, el gobierno central, carecía de poder real, dado que este residía en los señores locales; los afganos mejor preparados para poder liderar la nación, se vieron frustrados, dado que los males de siempre subsistían con la ocupación y para la población local, poco había cambiado, sino más bien la violencia por el control de rutas de la drogas y el mercado negro estaban a la orden del día. Entre 2003-2005, hubo avances, que permitieron la construcción de un gobierno nacional, elecciones y la creación de instituciones luego de décadas de caos. Los artífices de esto fueron el embajador de Estados Unidos Zalmay Khalilzad y el general Barno.

La estrategia contraterrorista de eliminar focos de insurgencia, por medio del mecanismo de “búsqueda y destrucción” fue reemplazada por una de contrainsurgencia, donde era prioridad crear anillos de seguridad en las poblaciones civiles. Esto generó mejoras, agregándose que ambos funcionarios trabajaban de manera coordinada. En 2005, Estados Unidos transfirió la seguridad del país a la OTAN, desmantelándose la estructura integrada de reconstrucción, quedando descentralizado en mandos regionales, con una nación líder. La urgencia de Irak, trasladó importantes recursos militares de Estados Unidos que eran de sumo valor para la seguridad de Afganistán.

La ISAF decidió extender su influencia en la zona sur, controlado por la población pastún, la etnia mayoritaria del país y de donde provienen los talibanes. En las provincias de dicha región, estaban importantes cultivos de opio. Desde la invasión, la zona era relativamente tranquila.

El Reino Unido asumió la responsabilidad de ocuparla con la ISAF. La ofensiva que tuvo éxitos, provocó una violenta reacción de grupos tribales, cuyos jefes temerosos de perder los privilegios del cultivo de opio, juntaron fuerzas con los talibanes, hasta ese momento un movimiento marginal.

La ISAF lanzó nuevas ofensivas, lideradas por tropas británicas, canadienses, holandesas y estadounidenses, pero su victoria fue parcial, dado que las fuerzas afganas no eran capaces de sostener la presencia del estado.



La población temerosa de las represalias de los talibanes, mantuvo una postura favorable a estos, dado que sabían que la presencia de la ISAF siempre era temporaria. Era frecuente que los afganos vieran con resignación como los terroristas eran expulsados, para luego regresar semanas después. La misión internacional carecía de medios suficientes para ocupar zonas recuperadas y promover programas de reconstrucción.

La estrategia del general Barno, de reducir al mínimo las bajas civiles, fue reemplazada por otra de búsqueda y destrucción del general Einkenberry. Las bajas civiles subieron dramáticamente, con los llamados daños colaterales.

La población comenzó a ver que la ISAF como el gobierno de Kabul, eran incapaces de brindar seguridad adecuada. Los sucesores McCrystal y Petraeus, intentaron modificar este esquema, pero demasiado tarde.

El presidente afgano Karzai, protestó abiertamente ante Naciones Unidas, al inicio de la administración Obama por las bajas civiles en operaciones de contrainsurgencia, seguramente para tener cierto apoyo en la población afgana.

No cabe duda que los responsables de la conducción de la guerra, no tuvieran una visión integral del problema. No vieron la cuestión política, especialmente para poner en evidencia que los responsables de la desgracia del país, eran los talibanes. La dependencia excesiva del apoyo aéreo por parte de las fuerzas especiales, facilitaba de alguna manera, los daños colaterales. Nadie pensó en trabajar con la población directamente e involucrarla en la lucha antiterrorista, como se hizo en Argelia o en la Emergencia Malaya en los 50, cuando los británicos hábilmente desactivaron la poderosa insurgencia comunista.

Los constantes cambios de estrategia, la poca atención a buscar una base social amplia para sostener el régimen de Kabul, abrió las puertas, para que muchos cansados de violencia, se olvidaran de los horrores del emirato durante el régimen talibán, y vea a este movimiento, como un mal menor o un mal necesario para el caos afgano.

Además existe un contexto social, en un país con el 75% que viven en zonas rurales y no hay escuelas. Por ejemplo, el país cuenta con 7.000 escuelas que existen solo en el papel, dado que no cuentan con edificios donde funcionar y lo maestros, están muy mal pagos. Es mejor ser chofer de una ONG internacional, que ser docente.

La miseria, la violencia, la falta de perspectivas, y la ignorancia, favorecen que muchos jóvenes terminen en el terrorismo, de la mano de los talibanes u otras organizaciones. Las fuerzas gubernamentales afganas como milicias pagadas por la CIA, ayudan a la falta de confianza por parte de la población del gobierno central, dado que no han estado exentos de atrocidades, similares a los talibanes. El país está en círculo vicioso de violencia que pareciera no tener fin.

Estados Unidos se apoyó casi exclusivamente en su superioridad tecnológica y una vez más cuestiones de política interna, se impusieron en la estrategia afgana. Los ataques “quirúrgicos” siempre resultaban con grande daños a propiedades civiles, incrementando la ira de estos contra Estados Unidos. Los santuarios en Pakistán, facilitaban la recuperación de los terroristas, unido a la negativa de Islamabad, de aceptar cualquier represalia sobre su territorio (dado las consecuencias políticas de ello y la creciente influencia de islam radical en la sociedad).

En 2010, el gobierno de Obama dio luz verde a negociar con los talibanes. Se intentó implementar un programa de desmovilización con incentivos económicos que fue un fracaso. El movimiento talibán, sabe que Afganistán es un castillo de naipes sostenido por la ayuda internacional.

En 2009, solo un puñado de provincias tenía gobiernos normalizados, el resto eran autoridades interinas en manos de señores de la guerra, líderes tribales o caudillos que gobernaban como si fuera su propio feudo. La insurgencia está presente en casi todo el país, teniendo una fuerte presencia en el sur y en la frontera común con Pakistán.

El movimiento talibán no es el único que tiene presencia en el país, sino también, entidades como ISIS o al Qaeda, tienen bases de reclutamiento. Esta última organización tiene estrechos lazos con el movimiento talibán, la relación es de vieja data, dado que al Qaeda, facilitó entrenamiento, dinero y una base ideológica a los talibanes que salían de las escuelas islámicas de los campos de refugiados en Pakistán.

Los acuerdos entre Estados Unidos en Doha con los talibanes, nada dicen de este vínculo, dado que es posible que algunos “iluminados” en Washington quieran usar al grupo Al Qaeda para actuar en áreas de interés iraní, como Siria o Yemen. ISIS, opera en Afganistán y se estima que son unos 2000 miembros, pero el temor esta que el país, en medio de una situación de caos, sirva de campo de entrenamiento para terroristas y sus ligazones con grupos extremistas que operan en Asia Central.

No cabe duda que droga y miseria, unido ausencia de instituciones estatales, abren las puertas para que grupos siniestros como ISIS tengan dinero y reclutas siempre disponibles. Este grupo en mayo de 2020, asaltó una maternidad en Kabul asesinando a niños y sus madres. Esto pone en evidencia de la gravedad que este grupo, prospere, además en un país fronterizo con una potencia nuclear, Pakistán, siempre con una estabilidad política que camina por la cuerda floja.

El repliegue de Estados Unidos, acelerado por la administración Trump y su torpe política exterior, es visto por muchos afganos, como un signo de abandono. Muchos ven a los talibanes como los posibles nuevos amos del país y para evitar represalias por parte de este movimiento, en un hipotético triunfo, prefieren estar del lado de los posibles ganadores y muchos engrosan las filas de la insurgencia.

Esto ha sido un serio dolor de cabeza para reclutar gente confiable en las fuerzas militares y policiales afganas, además de las cuestiones étnicas. Los expertos ven con preocupación que pueden hacer 2500 soldados de Estados Unidos, para hacer frente a la escalada de violencia en Afganistán. La llegada de Biden a la Casa Blanca, pareciera que hay cambios.

El gobierno al parecer prefiere mantener fuerzas especiales, destinadas a dar golpe estratégicos y eliminar la conducción terrorista, como los casos Abu Bakr Al-Baghdadi, líder del genocida ISIS, en noviembre 2019, Qassim Al-Rimi, lider de AQAP en febrero de 2020, Sayyaf al-Tunsi en septiembre de 2020 y Khaled al-Aruri de al-Qaeda en junio 2020.

China irrumpió en el escenario afgano, con un plan de cooperación con Estados Unidos para entrenar fuerzas de seguridad afganas. La región autónoma china de Xinjiang Uigur, limita con Afganistán. Es sabido que el islam radical ha ingresado en ese territorio, especialmente por la dura represión cultural del régimen chino.

A través de métodos implacables y enviando a decenas de miles de uigures a “gulags” chinos, se ha frenado la instalación de grupos radicalizados, en el medio de un escándalo internacional, dado las graves violaciones de derechos humanos que ello implica. El triunfo de los talibanes, es un tema para la seguridad nacional china.

El movimiento talibán, no es confiable, su agenda es la toma del poder, imponer la dictadura que llevó al país al umbral de la miseria y seguramente convertirlo, en un nuevo santuario para el extremismo y terrorismo. Esto afecta directamente la seguridad de Asia Central, donde China y Rusia tienen intereses claros, al propio Irán, y hasta la propia India.

Las tensiones con la minoría musulmana son crecientes, agregándose el tema de Cachemira. Una plataforma como Afganistán en manos de un régimen radical, abre las puertas para que muchos encuentren un refugio seguro y base de desestabilización. Los talibanes suben la apuesta eliminado periodistas, activistas de derechos humanos, políticos opuestos al plan de paz.

Busca poner contra las cuerdas al gobierno de Kabul. Estados Unidos, es el gran responsable de este caos, sus líderes se debaten como salir del atolladero afgano de la menor manera posible, pero esto abre las puertas a situaciones mucho más conflictivas.

La paz con los talibanes es imposible, no hay concesiones sobre lo que pide el gobierno de Kabul sobre el estatus de la mujer, que haya elecciones y la situación de las fuerzas militares y de seguridad. El gobierno de Biden, con la crisis COVID 19, las tensiones con China, la crisis con Irán, Rusia, y la reconstrucción de lazos con los Aliados, degradado por la administración Trump, colocan al avispero afgano en segundo plano.

La única salida es un compromiso de la comunidad internacional e impedir que el país se convierta en un paraíso para la yihadistas y terroristas de cualquier pelaje. Esto requiere que actores regionales como Arabia Saudita, Rusia, China, Irán, India y Pakistán, formen parte de distintos canales de diálogo, para buscar una salida que permita al régimen de Kabul, sobrevivir y evitar males mayores, para el llamado País de la Insolencia.

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