Mar. Jun 2nd, 2020

El Minuto

El Primer Diario Social de Chile

Alegato por la Libertad

Hay momentos en la vida, en los que callar se convierte en culpa y hablar en obligación.


Por: Daniel Alberto Defant | Corresponsal del Diario el Minuto en Argentina.


Un deber civil, un desafío moral, un imperativo categórico del que uno no se puede evadir. Ser libres no es solamente desamarrarse las propias cadenas, sino vivir en una forma que respete y mejore la libertad de los demás. La cuestión es, por lo tanto, como recrear un sistema que concite otra vez un amplio consenso social. La tarea no es fácil, hemos acumulado escombros que dejaron los intentos fallidos de reconstrucción, por consiguiente, hay dos tareas de restauración:

  • La primera, desechar todo lo que se hizo mal, barrer los negros residuos que por largo tiempo generaron nuestros errores.
  • La segunda, reconstruir trabajosamente las bases de un nuevo consenso.
  • Destruir primero para reconstruir después.
  • En resumidas cuentas, una doble tarea, revolucionaria.
  • Con este ensayo que tengo el gusto y el honor de prologar, es inventario de los errores de un pasado hoy a la cabeza de nuestras asignaturas pendientes.
  • Su lectura debe ser por eso el paso inicial del poderoso esfuerzo de reflexión que nos debemos.
  • Hablo de una libertad arquitectónica que alcanza su plenitud y su mejor equilibrio con el contrapeso de la responsabilidad individual.
  • Un activo que supera cualquier garantía legal explícita o implícita.
  • Una indignación más profunda que cualquier mero enunciado literal de los Preámbulos Constitucionales o Himnos de una Nación.
  • Se trata de la libertad como patrimonio cultural y resguardo de tradición, como valor fundacional e implícita en nuestras relaciones básicas de familia, de grupo o de pequeña comunidad.
  • Es la libertad compleja y no la civilización en términos de valor oponible a la barbarie posmoderna.

Ha quedado ampliamente demostrado que aun en los centros más avanzados de progreso técnico y rendimiento educativo cohabitan y llegan a liderar los iluminados, los fundamentalistas o los tiranos potenciales.

Aun en esas sociedades de un gran desarrollo económico e institucional anidan nuevas tentaciones.

Como la de abandonarse al libertinaje del consumo artificioso y el gasto irresponsable, creando burbujas de bien estar que terminan estallando con consecuencias letales para los más desprotegidos.

O la de suscribir doctrinas de seguridad nacional y transnacional que atemorizan a los ciudadanos privándolos de sus derechos personales, de su libertad, de la libre circulación o el libre pensamiento.

Hasta el aire familiar queda dividido por la atmosfera irrespirable donde se mezcla la euforia y la asfixia en la resistencia. Erupción social huérfana de tutores que se mueve espasmódica, entre la incredulidad por su propia mansedumbre ante el acoso y la obsesión de una sombra totalitaria que nos asecha, verborragia, impúdica, insaciable en la exhibición de su predominio.

|Toneladas de hipocresía oficial aplastando la realidad.

Mares de complicidad e indignidad cubriendo el espacio público mientras buena parte del ámbito privado es entregado parsimoniosamente, uno por uno, sus derechos básicos como si fueran ajenos. Reduciendo así la igualdad de oportunidades a un mero subsidio universal carcomido por una inflación venenosa.

¿Para qué los derechos humanos?

¿Para qué competir en la era de la tecnología con la mitad de los estudiantes?

¿Para que los partidos políticos? Convertidos en agencias de colocaciones vip del Estado.

¿Para qué transformar la justicia en una feria de saldos y retazos, cuando ya nadie recuerda el rostro de sus delincuentes?

Será todo esto lo necesario para pulverizar el Estado primero y resucitar después?

Sera para reemplazar al Estado por una facción que desenfunda reglamentos del otro siglo con el objeto de adoctrinar niños y jóvenes o presos en las cárceles como gesta emancipadora?

¿Libres para consagrar caudillos salvadores o reinas sin coronas que confunden las naciones con su espejo, al poder con su propiedad y a los ciudadanos con súbditos o espectadores de un show que parece no tener fin?

¿Tanto nos pesó la responsabilidad de la libertad para volverse en carga insoportable?

¿Tanto se malverso en nombre de la libertad como para llegar a detestarla, menospreciarla o entregarla en cuotas al precio de un subsidio?

¿Estas son las respuestas a preguntas sin culpar a nadie, porque cuando hablamos de sociedad hay que entender y comprender que la sociedad somos todos o es acaso que una generación de ovejas engendro una generación de lobos?

Es la libertad de estúpidos, nos dice un espejo gigante imaginario que refleja las oportunidades perdidas y las miserias humanas acumuladas.

Todo como si se tratase de una sociedad de hijos pródigos, despilfarradores seriales de una riqueza jamás capitalizada en desarrollo humano.

No se trata de cualquier libertad; se trata de la mía, la nuestra, la tuya que estas leyendo, merecedora para justificar tal o cual receta económica complaciente de conformar toda regla de mercado por más prolija que esta fuera.

Es la libertad como materia prima insustituible que se desprende de la esencia humana y nutre su existencia, pero necesita producción, procesamiento y cuidado permanente, como bien fácil de obtener, pero difícil de administrar a escala.

Es quizás la aspiración más compleja de todo sistema de convivencia; difícil de conseguir y hasta veces con factibilidad revolucionaria.

Es ataque contra la razón, la política del miedo y la fe ciega que la erosionan y ponen en jaque nuestros sueños.

Es por ella que demando este alegato, quizás como alquimista del rencor que nos envuelve a todos en los tiempos que corren; ¿o es que ha llegado nuestro fin? ¿Y los mediadores estamos en peligro de extinción?

Quizás un poco de realismo nos ayudaría a romper mitos que amenazan con sepultar nuestras ganas de vivir y justamente tiene que ver con observar las dimensiones del problema que todos conocemos.

Y es aquí donde se desnuda el escollo elemental de las preguntas fundacionales: ¿Quiénes pueden consumir, de dónde? En cuanto tiempo y para que ese combo indigesto, esa viscosa mezcolanza de datos, sonidos, imágenes, informaciones, chismes, curiosidades, opiniones, anécdotas y publicidad. ¿Qué significa estar informados en los tiempos que corren? O en todo caso: Quienes pueden establecer la diferencia entre informarse o intoxicarse?, lo que muchos especialistas llaman infoxicación.

Son muchas las secuelas de esta guerra biológica que ha comenzado y deja perder espacios reales.

¿Qué hacer entonces?

En principio aferrarnos, sin arriesgadas tentaciones futuristas, convenientemente ir viviendo el día a día para no quedar atrapados en el aluvión o a una ola tipo tsunami: aferrarnos a lo más sólido y firme que encontremos a nuestro alcance. ¿Pero… Sera suficiente para la subsistencia? Probablemente que no, pero si a ese regreso instintivo a las fuentes le agregamos como salvavidas aquel proverbial consejo de Nicolas Gogol: describe tu aldea y pintaras el mundo, tendremos un kit de emergencia para capear la tormenta perfecta que se ha desatado sobre la aldea global que alguna vez predijo Marshall McLuhan.

Por varias razones simples: Porque la eficacia de un relato genuino desborda la discusión acerca de los formatos.

A un niño se lo puede hiper estimular de mil maneras distintas en la era del hombre pantalla, pero nada sustituirá el valor afectivo y pedagógico del cuento narrado, leído o imaginado al borde de la cama antes de dormir.

Siempre habrá a la vuelta de la esquina un poder con caras ocultas. Una traición, un delito, un descubrimiento trascendente, una ambición política, una historia de amor o de tragedia. Y proporcionalmente, siempre existirá un público cercano, protagonista o espectador de ese mundo reducido y rico a desentrañar lo que demuestre calidad en aquello que le deber ser propio.

Uno de los desafíos más nobles, propuestos y exigentes será rescatar al receptor, sustraerlo del aturdimiento global, desintoxicarlo de tanto dato chatarra circulando en vano que en definitiva roba nuestro tiempo sin dejar nada aprehendido.

Es así que al final, su final, aquel hombre con toda la tecnología rendida a sus pies, en su último acto reflejo, dejara un legado hacia una desconocida posterioridad, su sentido de trascendencia le dictara volver a las fuentes.

Volver a casa, como ultima expresión a su libertad plena.

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