sáb. Dic 14th, 2019

Cuando el control del poder se torna incontrolable

En países donde se gasta como se quiere y se recauda como se puede y no se puede limitar el gasto público.

En países donde se gasta como se quiere y se recauda como se puede y no se puede limitar el gasto público, pero de algún modo se pretende poner orden en un Estado contemporáneo, el “control” es una función, pero también es orgánicamente- un “poder”, y un poder del Estado mismo.


Por: Daniel  Alberto Defant | Corresponsal el Minuto de  Argentina 


Control significa una forma de coparticipación específica. Quienes controlan no deciden, solamente influyen de manera directa o indirecta en la decisión de otro órgano. Persuaden o disuaden, o incluso impiden, pero no aceptan la responsabilidad moral, ni en su caso, la responsabilidad política de la decisión.

Me parece útil poner en claro que los constitucionalistas cumplen su deber cuando auspician un poder limitado, compartido y controlado.

Como todo poder es esquivo al control se siente siempre la impresión de una fuga hacia adelante.

En esta oportunidad no se trata de cumplir con el viejo precepto de “tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro”, todos son estímulos legítimos, pero no esenciales para encarar esta realidad que incomoda a América toda.

Lo que se pretende es llenar un vacío muy lamentable en el campo del derecho que es de absoluta importancia “cuando el control del poder se torna incontrolable”.

No solo porque es sugerencia, realista y sistemática, sino porque es experiencia hecha doctrina por ser didáctica y revelar un compromiso hondo a los órganos de control, una fidelidad a sí mismo, un servicio a la comunidad que sirva para adoctrinar a los órganos de poder en su misión, en sus deberes específicos, en su transparencia y responsabilidad institucional para sabernos en lo cierto que estamos por el buen camino: el del discernimiento y la asunción de obligaciones ineludibles.

La necesidad de controlar el poder nace de una situación paradojal: el Estado dispone de todos los medios, pero no puede proponer fines últimos; la persona se propone fines últimos, pero no tiene todos los medios para realizarlos. Por esa necesaria complementación de carencias, toda institución humana -el Estado, la democracia, la seguridad- tiene fundamentos que van más allá de sí mismos.

Lo que necesita el Estado contemporáneo donde “todo poder es corruptible, y el poder absoluto absolutamente” (Lord Acton) es echar raíces en una ética civil y una cultura abierta.

Moral civil: es el conjunto de ideales últimos, de valores intermedios y normas particulares a través de las cuales un pueblo vive su destino como humano, logra su identidad histórica y realiza una misión dignificadora en el mundo, como si dijéramos dignidad personal, responsabilidad asumida y eficacia histórica.

Cultura abierta: es a su vez la que permite al hombre estar en el mundo como hombre; como ser dotado de sentido, abierto a la trascendencia, necesitado de configurar su entorno, ordenado al prójimo, como tu -en- libertad, capaz de expresar su mundo interior.

La responsabilidad: es, sin embargo, una especie de control que cumple la función genérica que a este corresponde: limitar el arbitrio que es connatural a la acción de gobierno, haciendo participar a otros órganos de poder en las decisiones políticas. Es por eso que hablamos de un poder limitado, compartido y ante todo controlado.

Control: significa una forma de coparticipación y límites para que no suceda el descontrol en una sociedad que apremiada a la velocidad actual de la vida e invadida por tecnologías que se presentan cotidianamente, no les da tiempo al pensamiento y reflexión en la solución de los problemas que debe afrontar a diario, actuando con reflejos casi instantáneos en el que está inmerso el “mundo manual”, ese que se tiene a mano y se maneja diariamente.

Mientras ese mundo manual responde de acuerdo a lo previsto, el accionar transcurre fluidamente. Pero a veces se presentan problemas, generados desde diversos ángulos. Nace así a cada paso el “mundo problemático”, cuya respuesta exige no solo conocer el mecanismo a fondo, sino saber el porqué de él; debe surgir el “mundo de la esencia”, el mundo de las razones y el mundo de los fundamentos de todo accionar diario; primero el ¿Por qué? y más adelante sobre el ¿Cómo?; considerando el control como un accionar que asume un protagonismo y unas técnicas muy especiales y a medida que la sociedad se va diversificando se hace cada vez más necesario.

En futuras publicaciones voy a tratar de desarrollar estos mecanismos que se están haciendo cada vez más falta en una sociedad que ha perdido su norte y la capacidad de dar respuestas instantáneas, tal como lo requería el ideal de Kelsen, donde pedía una sociedad con más moral y menos derecho, que es lo hoy está cada vez más lejano.

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