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El Bicentenario y la Guerra Fría

El Minuto | El Bicentenario de la independencia del Perú permanece en una burbuja de celebración nacional ya que la estela de la lid electoral persiste ahora como guerra fría. El discurso disgregador de políticos ultra conservadores y la abierta manipulación informativa de los grandes medios de comunicación apuntan contra la gobernabilidad. Está claro, hay una resistencia al cambio de parámetros que permanecieron durante 200 años.

Por: Gary Ayala | Director de El Minutio en Perú

Si en el universo mediático se generan tormentas de información falsa y patrones ideológicos confrontacionales en lugar de mensajes equilibrados en la objetividad, la ciudadanía tendrá una percepción hostil de su escenario social, repelerá el consenso y hallará adversarios connacionales, una situación producida y perversa. Nada de esto favorece a la lucha contra el Covid-19 y menos a la reactivación socioeconómica.

Los mecanismos del estado de derecho debieron ser los canales naturales de recomposición post electoral para que el año del Bicentenario pueda constituir precisamente una oportunidad de experiencia histórica, con aprendizaje sobre los errores a enmendar y con el llenado de los vacíos pendientes; pero la nueva etapa generada por los grupos que perdieron políticamente han implementado una guerra fría que busca desestabilizar al nuevo gobierno.

Sin perder la pluralidad que caracteriza a un sistema democrático y sin negar el legítimo derecho a la discrepancia que abona el debate público, el alma de una conmemoración bicentenaria debió marcar un horizonte que integre, en este caso, a sus 33 millones de habitantes, con objetivos nacionales -a largo plazo- y con el compromiso de participación de parte de todos.

Mirada Necesaria

La presente realidad amerita mirar los días previos a ese 28 de julio de 1821 cuando se proclamó la independencia, cuando determinados grupos de peninsulares con arraigo en el virreinato peruano, criollos y mestizos posicionados comercialmente avizoraban más sus intereses particulares que la soberanía nacional, cuando dudaban de la posibilidad de una situación floreciente para ellos bajo otro sistema. Lo nuevo era dudoso y la independencia les hacía temer la pérdida de una calidad de vida (!).

Productos como el azogue para procesar la plata que llegaba desde España -mineral de protagónico significado en ese entonces- así como las especies transportadas por la ruta de la seda asiática y europea, y las ricas telas e insumos para la vida cotidiana que en exclusividad abastecía la Corona, entre otros, ya eran extrañados por supuesta escasez; peor aún, el temor de carecer de la protección del poderoso ejército real eran los pretextos para temer a la aventura de una independencia política.

No obstante, el espíritu independentista internacional y la idea de construir una territorialidad con sistema propio, sin imposiciones tributarias ni abusos, triunfó. Y se optó por ser libres.

Como en diversos episodios de la historia universal, muchas naciones tuvieron que experimentar sucesivas batallas para obtener sus logros libertarios. Este fue el caso peruano. Tres años después de proclamada la independencia fueron necesarias dos grandes batallas más para derrotar a la Corona: La de Junín (6 de agosto de 1824) y la de Ayacucho (9 de diciembre de 1824) donde fue consumada la independencia continental.

2021

El presidente constitucional del Perú, Pedro Castillo Terrones, implementa ahora su ámbito ministerial como poder Ejecutivo; el trust empresarial con sus corporaciones mediáticas y su institucionalidad sociopolítica actúan en campaña de descrédito, pésima ecuación. Así, la estoica población ha quedado expuesta y predispuesta a recibir los embates de una guerra fría.

El beneplácito entre los actores que definen la vida socioeconómica y política del Perú es urgente, pero su concreción parece imposible. Hay una tarea histórica para la sociedad civil. Los colectivos ciudadanos, comunidades de base, dirigencias vecinales, ciudadanía organizada sectorialmente, asociaciones regionalistas y provinciales, y la población movilizada como organizaciones cívicas son las entidades llamadas -como fuerzas vivas- a sostener la nueva etapa que trae el Bicentenario. Los partidos políticos son logotipos y cofradías parlamentarias y el propio Congreso de la República carece de validación ciudadana.

Al respecto de sociedad civil, un botón: El Colectivo Comunidad Humanista, surgió para la defensa del sistema democrático, estableció sus principios de respeto por la dignidad humana y por los valores que sostienen a la sociedad, congregó a peruanos multidisciplinarios provenientes de todas las regiones del país y a peruanos residentes en varios continentes, publicó el Primer Manifiesto Internacional del Bicentenario con firmas de peruanos en el Perú y el extranjero y, por supuesto, prosigue los acontecimientos del país con vigilancia cívica, voz pública y proactividad social.

Nunca necesitó más el Perú contar con el poder ciudadano organizado. El Bicentenario, será recordado por sus crisis, mentiras en modo noticia tanto como los memes e historietas macabras en redes, será recordado como el año cumbre de la decadencia política y de la hipocresía desvestida; pero también será el año del protagonismo ciudadano, de la victoria del pueblo llano sobre el poderoso, de la novela universal escrita por sí sola.

La palabra democracia se oye ahora con la mayor legitimidad pronunciada en los últimos 200 años.

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