Mar. May 26th, 2020

el Minuto

El Primer Diario Social de Chile

El cambio climático en el ojo de la tormenta

En definitiva, la creación de resiliencia en los países, requiere construir economías más fuertes y equitativas que estén mejor preparadas para enfrentarse a los desafíos que imperan

Un aspecto positivo que se ha observado a causa de la pandemia del COVID-19 es que las emisiones de CO2 han disminuido drásticamente durante el confinamiento obligatorio.


Por: Daniel Alberto Defant | Corresponsal del Diario el Minuto en Argentina.


Sin embargo, esto no es necesariamente una buena noticia para el cambio climático. Es probable que las emisiones vuelvan a los niveles pre pandemia una vez que se levanten las cuarentenas, porque no ha habido un cambio estructural en las políticas relacionadas con el cambio climático que hagan prever que las reducciones vayan a ser permanentes.

Por lo tanto, el cambio climático seguirá estando en el ojo de la tormenta, siendo una de las mayores amenazas para la prosperidad del planeta en el largo plazo. Se estima que en los próximos 50 a 100 años el clima del mundo cambiara radicalmente.

Las temperaturas en América Latina y el Caribe aumentaran entre 1 y 4 grados centígrados más hacia el final de siglo, y que los huracanes serán cada vez más frecuentes e intensos en la medida que las aguas se calienten y aumente el nivel de los mares.

Los cambios en el clima que por su naturaleza avanzan más lentamente, como el aumento de las temperaturas, y los shocks climáticos, como los desastres naturales, tienen efectos económicos que probablemente reducirán los niveles de producción haciendo empeorar la desigualdad social como consecuencia.

A nivel de los países, la temperatura tiene un impacto directo en el desarrollo de sus economías, pudiéndose afirmar que a mayores temperaturas los perjuicios serán mayores y se frenara más el crecimiento de las economías, favoreciendo a los países con climas más fríos.

Esto afectara mayormente la desigualdad de ingresos de numerosas zonas, regiones y/o países, ya que existe una correlación entre la temperatura y el producto bruto per cápita de los mismos.

Es muy probable que las zonas y regiones más pobres experimenten los mayores impactos negativos del aumento de las temperaturas.

Hay numerosos canales a través de los cuales la temperatura podría tener un impacto en el crecimiento económico.

El aumento de temperaturas podría llegar a reducir el rendimiento escolar y empeorar la salud de la población, lo que generaría una desaceleración del crecimiento en las economías en el largo plazo.

También es muy probable que los trabajadores sean menos productivos cuando las temperaturas sean más elevadas.

Por último, la temperatura podría llegar a entorpecer e influir los procesos de decisiones a nivel de inversiones empresarias, aumentando los costos financieros o reduciendo la inversión, debida cuenta, de la caída de ventas y rentabilidades.

Los científicos coinciden en que, aunque es imposible vincular un huracán o una tormenta al cambio climático, a medida que aumente la temperatura de las aguas, inyectando más humedad en la atmosfera, aumentaran los niveles de los mares, los huracanes y las tormentas se volverán más letales.

Por lo tanto, es probable que con el aumento de las temperaturas y el nivel del mar aumentaran los eventos hidrometeorológicos haciéndose más severos, es decir, más tormentas, más inundaciones y más sequias.

Las islas y los países con costa al mar Caribe que forman la cuenca del Caribe, estarán más expuestos a estos riesgos que cualquier otra región.

La incidencia de los desastres naturales hidrometeorológicos en la cuenca del Caribe ya ha aumentado de 37 eventos en la década de los setenta, a 181 en la última década.

Un estudio de las tormentas más destructivas que oscilan en unas 30, ha demostrado una caída de 2 puntos porcentuales del PBI (Producto Bruto Interno) y no hay evidencias de que estas pérdidas puedan recuperarse.

Los impactos negativos en la actividad económica tienen un impacto directo en la pobreza.

Los pobres son más vulnerables y están menos preparados para lidiar con las consecuencias de los desastres naturales y, por lo tanto, sufren más que los ricos.

Esto crea un círculo vicioso de aumento de la pobreza y una mayor desigualdad del ingreso.

La clave para los países de la región consiste en tomar consciencia de la relación directa entre el cambio climático, la amenaza creciente de los desastres naturales y sus consecuencias negativas para el crecimiento económico y la desigualdad del ingreso.

Crear conciencia sobre el problema puede contribuir a conseguir el apoyo nacional e internacional que se requiere para adoptar políticas de mitigación y de adaptación al cambio climático

Eso significa no solo contar con mejores diques y sistemas de alerta temprana para proteger a las poblaciones en riesgo, sino que también significa lograr una mejor zonificación, estudiando el modo en que el crecimiento urbano se expande y contribuye a mitigar las tormentas, los humedales que absorben el exceso de agua y los bosques que fijan los suelos impidiendo que las lluvias se conviertan en corrimientos de tierras y en laderas de las montañas.

Para ser más exactos se hacen necesarios nuevos proyectos agrícolas, con mejores alcantarillados y drenajes, entre las defensas esenciales.

Para proteger las finanzas públicas y privadas hay que incluir también los conocidos bonos contra catástrofes y mecanismos de seguros contra estos desastres.

Mientras los países lidian con las consecuencias de la pandemia del COVID-19, la economía del cambio climático y los desastres naturales ofrecen lecciones importantes sobre cómo construir resiliencia.

La evidencia muestra que existe una causalidad bidireccional entre la desigualdad del ingreso y los impactos negativos de los eventos climáticos.

Una mayor desigualdad inicial tiene como resultado mayores impactos negativos cuando los desastres golpean, y esos impactos, a su vez, afectan desproporcionadamente más a los pobres por estar menos preparados.

Dado a que el COVID-19 empeora la situación de desigualdad en la región, el circulo vicioso también empeora el futuro de todos, lo cual nos pone de relieve la necesidad de tener que prestar más atención a las políticas que reducen la desigualdad.

En definitiva, la creación de resiliencia en los países, requiere construir economías más fuertes y equitativas que estén mejor preparadas para enfrentarse a los desafíos que imperan, los desastres naturales y, también, las pandemias.

Esta nota ha sido la conclusión más vehemente a la que arribaron científicos y economistas ocupados de estudiar e investigar el ecosistema, como herramienta para el crecimiento económico y el desarrollo social ante los nuevos desafíos que deberemos afrontar como adversidades que las circunstancias imponen en los nuevos tiempos que corren.

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