El éxodo hacia el “sueño” americano

El drama de los “nuevos refugiados” de América latina

Estas semanas el mundo quedó conmovido por una caravana compuesta por millares de personas, que marchando a pie directamente huyen de la violencia, corrupción y falta de expectativas de América Central, especialmente de Honduras, Guatemala, El Salvador y Nicaragua.

Más de 7.000 almas provenientes de América Central, llevan consigo pocas pertenencias, acompañados más de uno por sus hijos, incluso niños muy pequeños, que han emprendido un éxodo hacia Estados Unidos, ignorando o dejando pasar por alto las amenazas directas del presidente de Estados Unidos, el tempestuoso Donald Trump, quién en plena campaña electoral, no dudó el calificarlos como una “amenaza terrorista”.  En las entrevistas a los miembros de la “Caravana” se escuchan historias de violencia cotidiana en sus países de origen, donde grupos pandilleros y el crimen organizado han impuesto el terror, frente a gobiernos corruptos y débiles incapaces de dar respuestas. A ello se une la falta de trabajo y de expectativas. Esta dura realidad lleva a muchos a buscar la salvación en Estados Unidos, a sabiendas que sus vidas corren riesgo en el camino, no solo por la peligrosidad en sus países o México, sino también por el “recibimiento” que pueden tener en suerte de “tierra prometida” que se ha convertido la gran nación del Norte. La Caravana comenzó su larga y penosa marcha desde San Pedro Sula, una de las ciudades más violentas de América Central el 12 de octubre, siendo por ende la mayoría de los inmigrantes de origen hondureño, que como muchos centroamericanos huyen de la violencia.

Este tipo de eventos, no es espontáneos, sino que es organizada por la ONG Pueblos Sin Fronteras, con el objetivo de dar cierta seguridad a quienes emprenden el éxodo y poner de relieve la existencia de una verdadera crisis migratoria, o mejor dicho humanitaria.

El camino no es fácil, en el cruce del río Suchiate, que sirve de frontera entre México y Guatemala, los inmigrantes fueron “recibidos” por cientos de agentes federales y militares. Unos 2.000 inmigrantes fueron enviados a centros de alojamientos a fin de que obtengan el rango de refugiado, una manera de retrasar su avance hacia el Norte, y también desalentar el ingreso de nuevas “Caravanas”.  No obstante ello, millares están a la espera de poder cruzar la frontera, se estima que 1.000 esperan en Guatemala, otros 2.000 estarán por formar una nueva Caravana. Mientras tanto entre 3.000 a 4.000 están atravesando México.

La difícil situación política de América Central no ayuda en nada, para que las personas decidan quedarse. Como venimos diciendo, los niveles de pobreza y miseria, son factores claves que impulsan a millares a huir. La represión desmesurada en Nicaragua, con la consiguiente crisis política, sumó a la Caravana, ciudadanos de dicho país. La violencia se ha transformado en un mal estructural, especialmente por las “maras”, poderosos grupos criminales que ejercer un verdadero poder de facto en barriadas y ciudades completas.  Muchos jóvenes saben que no integrarse a estos grupos, implica la muerte de ellos y sus seres queridos, y optan por exiliarse.

México adoptó una postura tolerante hacia la Caravana, con controles moderados, lo que no impidió el despliegue de medios militares en un intento de blindar la frontera, pero ha resultado infructuoso. Muchos inmigrantes prefieren saltar del puente fronterizo que separa México de Guatemala, e ir nadando hasta la frontera mexicana. Incluso se han presenciado escenas de tensión y hasta disturbios protagonizados por los inmigrantes.  Se estima que unos 900 inmigrantes cruzaron la frontera ilegalmente. El diario El Mundo de España informó que otros 900 que estaban agotados por el viaje, optaron por ser devueltos a Honduras. El polémico presidente de Guatemala Jimmy Morales, señaló que deportó a 2.000 hondureños, pero ello no desanima a la gente, de alguna manera se las ingenian, muchas veces con ayuda de “coyotes” personajes que auxilian a la gente a cambio de dinero, para cruzar por pasos clandestinos.  Estamos ante gente que realmente esta desesperada.

A pesar del discurso de Trump sobre la “amenaza” de los ilegales,  México se ha convertido en el principal receptor de inmigrantes centroamericanos. Entre 2015-2018, el país deportó casi 440.000 personas, mientras que Estados Unidos, en dicho período unos 235.000.  Sin ninguna duda, México se encuentra en una situación difícil no solo por su frente interno, afectado por la violencia y la pobreza, sino que debe afrontar una crisis humanitaria derivada de una presión constante de millares de inmigrantes que buscan llegar, como sea a la frontera de Estados Unidos.  Este penoso camino, sirve también para que las mafias busquen tener beneficios con el creciente lucrativo negocio de la trata de personas.

La diplomacia de Estados Unidos presiona abiertamente a México, a fin de desalentar la llegada de la Caravana a sus fronteras, con las consecuencias políticas del caso.  Autoridades locales ofrecen asistencia médica, refugios y el presidente electo de México, López Obrador, prometió que otorgarían visas de trabajo a los inmigrantes centroamericanos.  Ello no impidió que la Casa Blanca elevara el tono de sus advertencias, que si los países afectados (México, El Salvador, Honduras, Guatemala) les serían retirados los fondos de ayuda.  En el marco de la escalada verbal de Trump, amenazó con movilizar el ejército, para cerrar la frontera común con México y aprovechó una vez más de culpar a los demócratas de las malas leyes migratorias.  Pero creemos que es una manera de eludir el problema y cargarlo sobre las espaldas de sus vecinos. Un ejemplo, es que luego de las escandalosas imágenes de los niños separados de sus padres – que llevó incluso a la primera Dama de Estados Unidos y la propia hija de Trump a intervenir – cierto “ablandamiento” de la normativa, llevó a que millares de hondureños, con sus hijos menores buscara llegar a como de lugar a la frontera estadounidense.

En el mes de septiembre la agencia federal de fronteras de Estados Unidos, detuvo a 16.000 personas. Fuentes periodísticas de Estados Unidos hablan de un crecimiento del 80% de los intentos de llegar al gran país del Norte.  El mensaje a los “ilegales” esta vez no vino de Donald Trump, sino del fiscal Jeff Sessions que advirtió “Si estás tratando de colarte con un niño, igual te procesaremos y tu hijo será separado como requiere la ley. Si eso no te gusta, entonces no trates de colar niños por la frontera”  Esta mano dura significó que 2.000 menores de edad fueran internados en centros especiales, meses incomunicados de sus padres y en más de un caso a 1.000 km de sus familiares. Pareciera que la Convención de los Derechos del Niño en Estados Unidos es papel mojado.

Una vez más vemos como el discurso oportunista y populista, busca chivos expiatorios, en vez de buscar soluciones de fondo. Trump amenazó con movilizar al Ejército como hemos visto, algo que está vedado por ley, dado que los inmigrantes no son una amenaza militar. Una vez más la Agencia de Patrulla de Fronteras, es exigida al máximo y son movilizados tropas de reserva de la Guardia Nacional, como mecanismo de prevención/disuasión frente a la Caravana.  Muchos se preguntan que pasará si intentan cruzar ilegalmente, o hay desbordes, como será la respuesta de las agencias de Estados Unidos. Más de un analista piensa en el peor escenario. Mientras tanto pareciera que nadie tomara medidas activas para disuadir a los inmigrantes para que regresen, o por lo menos sean considerados refugiados y habilitar a la asistencia internacional, como sería convocar a las agencias de Naciones Unidas para que intervengan.  La OEA, pareciera estar ausente, nadie se atrevió a movilizar a la región, para evitar situaciones de mayor gravedad.

Los gobiernos centroamericanos, parecieran estar ausentes, mirar para otro lado y dejar que “otros” se ocupen del problema. Sus sistemas de seguridad están colapsados ante un crimen complejo y con poder suficiente para desafiar al Estado (recordemos la “tregua” negociada entre el gobierno de El Salvador y las “maras”). Estos países forman parte de la ruta de las drogas que vienen de América del Sur que van directo a Estados Unidos. Desde este país, siempre se ha canalizado ayudas a cuentagotas, centradas en las agencias militares, con medios exiguos, a fin de estar siempre supeditadas a los dictados de Washington. Los Estados Unidos han convertido América Central y México como una verdadera “zona de amortiguación” o “colchón”  de seguridad, convirtiendo a los países del área en campo de batalla de poderosas organizaciones criminales que buscan controlar las limitadas rutas de acceso a Estados Unidos. De alguna manera, la Casa Blanca, ha trasladado un problema que afectaba a muchas grandes ciudades y zonas fronterizas, a sus vecinos. 

La violencia endémica y la corrupción han impedido que los países centroamericanos puedan ser atractivos centros de inversión. Panamá, que es un paraíso fiscal, es una excepción, lo que no ha impedido que sea un país desigual. Incluso Costa Rica, “panacea” de la paz, por no tener ejército, depende cada día más de la ayuda de Estados Unidos, dado que sus agencias policiales, deben hacer frente a una criminalidad cada vez más poderosa y muy bien armada.

La crisis migratoria es un relato del fracaso, donde todos se echan la culpa, y nadie quiere asumir responsabilidades. Estados Unidos es el principal mercado para el narcotráfico, poco y nada se ha observado para que esta realidad sea revertida. Asimismo, se ha considerado que la militarización de la lucha contra el crimen era la solución, ante países que venían del drama de la guerra civil y con estructuras estatales y económicas frágiles. El resultado una violencia imparable, que para más de un caso los llevará al ser considerado “estado fallido”. El blindaje impuesto por Estados Unidos y la expulsión de personas por parte de América Central, convierten a México en un verdadero “depósito”, lo que sin ninguna duda será un drama social en el mediano plazo.

El llenar de soldados la frontera, las amenazas, el recorte de ayudas, no terminará con un problema, que requiere soluciones de fondo. Ya no estamos ante un problema menor, que se soluciona con la legislación endurecida, sino ante un verdadero drama humanitario, y donde las partes involucradas deben sentarse a la mesa de negociaciones, porque el problema, no solo continuará, sino se agravará y puede derivar en situaciones de crisis aún mayores.