dom. Ago 25th, 2019

Diario el Minuto

España y Marruecos: El crepúsculo de la diplomacia regia.

“Angel Manuel Ballesteros, Escritor y Diplomático español, especialista en los contenciosos de la política exterior de España.  Columnista Invitado Diario el Minuto”

El 28 de febrero del 76, con un día de retraso, España abandonó el Sáhara. Al día siguiente, el 1 de marzo, yo llegué a Rabat. Poco tiempo después, acompañado por amigos marroquíes que me habían transformado en un distinguido Sidi, mudo, como doble salvoconducto para ingresar al recinto que presidía el catafalco de Idriss I, fundador de Fez en el 788, origen de Marruecos,  bajo el que los peregrinos introducían la cabeza, sería uno de los contados, -¿dos, tres, ningún otro?- en entrar al mausoleo de aquella faz, a la manera de los exploradores europeos del XIX, y sentir en directo la antigüedad histórica del reino de Marruecos, Estado desde 1956, tras superar el protectorado francés y el subprotectorado español. Cuatro años y medio más tarde, dejé Rabat para pasar a La Habana de Fidel –donde localicé los cuadros del museo del Prado que allí quedaron después del 98 español, sobre los que el gobierno castrista nunca había respondido a la petición de información de nuestra embajada- tras haberme despedido de los sufridos compatriotas que quedaron en el Sáhara después de nuestra salida, a los que censé.

Las relaciones hispano-marroquíes son particularmente singulares por la vecindad, la larga historia compartida y la existencia de diferendos de diversa índole, presididos por el contencioso territorial, Sáhara y Ceuta y Melilla, más su relación directa con el tercer contencioso español, Gibraltar: ¨Cuando España recupere Gibraltar, Ceuta y Melilla deberán volver a Marruecos¨, en la doctrina geoestratégica alauita,  ¨ya que ninguna potencia permitirá que un mismo país detente las dos orillas del Estrecho¨. Asimismo, tras el dato de coincidencia geográfica en un área hipersensible, también se presenta automática la conexión rabatí con el tercero: ¨la reivindicación de las ciudades españolas depende en buena medida de la resolución del asunto Sáhara¨, que al mediatizarlo prácticamente, introduce un elemento añadido de alta complicación para la delicada ingeniería diplomática de la zona.

A ese carácter especialísimo de las relaciones, se une  la incidencia exterior, el acuerdo pesquero, que en un noventa por ciento afecta a España, se negocia a través de la UE, y además, las recientes sentencias del Tribunal de Justicia Europeo estatuyendo que Marruecos no tiene derechos sobre las aguas saharauis, más la tradicional política gala en el África del Norte, invariable y maximalista respecto de Marruecos, amén de la alianza norteamericana con el país más occidental y prooccidental de la zona, y primero que les reconoció en el XVIII –cuando el incidente Perejil, Rabat sabía bien que Washington, todavía más aliado tras el 11-S, no dejaría que las cosas pasasen a mayores- todo ello complica sobremanera el juego diplomático con España, aliado en la OTAN y socio en la UE de los intervinientes, que se acentúa a causa del proverbial mutismo árabe: nada o muy poco trasciende y lo que se filtra podría ¿debería? ser tomado con las debidas reservas.

De ahí, la tremenda entidad de la diplomacia regia, practicada en grado suficiente por Juan Carlos I y Hassan II, quien, aunque en escasos momentos, igualmente trataba directamente con Franco y más con don Juan, para luego ir declinando, hasta resultar en la actualidad visiblemente menos fluida entre Mohamed VI y Felipe VI. Es más, en el horizonte contemplable comienzan a no faltar rumores, con el fundamento que se les quiera atribuir, acerca de la salud del monarca, que unidos a la constatación de un marcado absentismo – ¨el absentismo más los rumores sobre su salud inquietan a las élites marroquíes¨, escribe Ignacio Cembrero- llegan incluso a anticipar, en pura teoría claro, un eventual escenario sucesorio.

La mayoría de las grandes cuestiones se han tratado siempre de manera directa, desde las conversaciones en Madrid entre Mohamed V y el Caudillo, cuando ¨vino con cara de pocos amigos a llevarse la independencia de su país¨, como recuerda el secretario y primo de Franco, hasta la entrevista de Barajas, en julio del 63, de la que saldría ¨el espíritu de Barajas¨, que va a regir la distensión en las relaciones bilaterales prácticamente hasta la crisis del Sáhara. A su regreso de Paris, donde de Gaulle le ha tributado un caluroso recibimiento y le ha propuesto la creación de un eje vertical París-Madrid-Rabat, Hassan II efectúa una escala técnica en el aeropuerto de Barajas, donde los dos jefes de estado, ambos de civil y Franco con sombrero, mantendrán, acompañados de sus séquitos, un encuentro cordial con almuerzo seguido de dos horas de conversaciones en buena parte en español y el barón de las Torres de intérprete, el mismo diplomático que actuó en Hendaya en la entrevista Franco-Hitler, que comentaría, según recuerda el primo de Franco, que fue fácil traducir al Caudillo porque bastantes veces se limitó a monosílabos. Franco dio buenas palabras sobre los presidios menores, ¨caros y sin utilidad, incluida la militar¨, mostrándose dispuesto a ceder sobre ellos para garantizar las ciudades.

Ataviado a la occidental, con sus ternos marrones o azules y ambos con raya diplomática, en los que llevaba en el ojal la corona real en oro, mientras un criado se apresuraba a cambiar el cenicero de plata repujada y de ley árabe, en el que el monarca alauita apagaba casi uno tras otro sus largos cigarrillos mentolados, con filtro, desgranaba en Rabat ¨la lógica de la historia¨: Tengo una gran esperanza en que un día se reconocerá, igual que se ha hecho con nuestro Sáhara, que Ceuta, Melilla y las islas del Rif son territorios marroquíes…¨ Este es el enfoque desde el vecino del Sur: ¨la marcha de la Historia, la obra del tiempo, terminará haciendo volver a Ceuta y Melilla, que están en Marruecos, a la Madre Patria, reintegrándolas a sus fronteras auténticas, dentro de sus límites naturales¨.

Hassan II no viajó a Madrid cuando los funerales del Dictador y la coronación del Rey, que presencié en primer plano desde los servicios de Protocolo, dada la situación en el Sáhara, pero envió a su hijo, de doce años, el futuro Mohamed VI, que ya daba muestras de un carácter firme y enérgico, preanunciando en alguna manera la impresión de futuro de situar los contactos en las instancias regias. Cuando en el 2010, un helicóptero militar español efectuó dos vuelos rasantes sobre el yate en que tomaba el sol, no dudó ni un segundo en llamar a Juan Carlos I. Para colmo, el Estado Mayor de la Armada, ignorante del protocolo real, presentó disculpas: ante un rey sólo proceden las excusas de su par. En la diplomacia regia, directa, también hay que incluir a don Juan, amigo de larga data del monarca alauita. Cordialidad, acentuada por el humo cómplice de dos fumadores empedernidos, y don Juan con sus  raciones de ginebra, con algo de whisky y vermouth, eran los parámetros que presidían unas reuniones  sobre el Sáhara y sobre Ceuta y Melilla, cuyo contenido reservado nadie presenció, limitándose los acompañantes a asistir a los correspondientes almuerzos en el litoral marroquí al que se desplazaba el conde de Barcelona en el Giralda, donde la embajada le íbamos  a rendir pleitesía.

Hassan II devolvió en 1989 la primera visita de estado que los monarcas españoles efectuaron a Rabat, diez años antes, en 1979, donde recuerdo bien que fueron recibidos a los acordes populares que simbolizaban la Marcha Verde. Juan Carlos I tuvo un papel importante en el desenlace de la crisis del Sáhara, como jefe de Estado en funciones, con Franco postrado ya irremisiblemente. Las relaciones entre ambos monarcas, que se trataban de primos, siempre fueron cordiales y fluidas y el rey de España se mostró muy afectado en los funerales del soberano alauita, en un gesto grato para el vecino del sur, llegando a considerarse en alguna manera  como ¨ hermano mayor¨ del nuevo monarca.

Durante los primeros tiempos con el sucesor Mohamed VI, que viajó a Madrid para agradecer las condolencias españolas, los contactos comenzaron con similar cordialidad, a pesar de la diferencia de edad de los protagonistas, y cuando la crisis de Perejil, el momento más tenso en las relaciones tras la Marcha Verde, se evidenciaron necesarios pero el gobierno español los monopolizó, descartando la oportuna mediación, que tuvo que ejercer el secretario de Estado norteamericano Colin Powell, restableciendo el statu quo ante. El incidente coincidió con la ceremonia civil de la boda del rey, en la que no hubo ningún tipo de presencia oficial española, con las relaciones bajo mínimos. Hoy, dieciséis años más tarde, todavía los analistas se siguen preguntando sobre la motivación central que lo desencadenó así como la instancia que lo ordenó, porque causas hubo varias con la situación degradada desde la negativa marroquí a renovar el acuerdo de pesca, hasta las maniobras sólo una semana antes, de los cadetes de la Escuela Naval de Marín, con cinco fragatas y un helicóptero, en el peñón de Alhucemas, o lo que es lo mismo, junto a la ciudad de Al Hoceima.

Nadie sabe con exactitud lo que pasó, nadie conoce la última ratio de la controversia, que se magnificó por su tratamiento. A los contados españoles que asistíamos a lo esponsales, se nos hacía harto difícil creer que, como se insinuaba más o menos abiertamente desde medios hispánicos, el comendador de los creyentes, por mucho que en el vecino del sur no se mueva una hoja sin su aquiescencia, hubiera hecho coincidir la instalación de media docena de gendarmes en el diminuto islote poblado de cabras, con su boda. Y tanto el primer ministro como el titular de Exteriores a llamadas de sus contrapartes españoles, se mostraron sorprendidos por la reacción española de lo que en  Rabat se calificó de mera operación de policía frente a tráficos ilícitos. Lo que yo sí mantengo, cuando trato el caso, es que, en mi opinión, España tiene un mejor, no un único pero sí un mejor derecho, que Marruecos.

Ahora también, en julio del 2018, los contactos reales no terminan de desbloquearse y la visita de Estado de Felipe VI, anunciada con carácter prioritario en el 2017, ya se ha aplazado dos veces en este 2018 desde Rabat. El monarca español realizó una visita de presentación cuando accedió al trono en el 14,como hizo con otros países, pero todavía está pendiente la que será primera visita de Estado, sobre la que si también ha influido la crisis catalana, el principal debe ha de achacarse a Rabat. Esa misma falta de disponibilidad de Mohamed VI ha impedido igualmente que Pedro Sánchez siguiera la ya larga tradición inaugurada por Felipe González, de que la primera visita del jefe del gobierno sea a Marruecos. Con la crisis de la emigración desatada, Madrid ha enviado a negociar con sus homólogos a los ministros de Exteriores e Interior, que han cumplido a su nivel.

Esa triple circunstancia, real, gubernamental y ministerial, así como el relevante dato –no hipótesis- de que ni siquiera Palacio haya ofrecido nueva fecha, por tentativa que fuera, para el encuentro, facultaría para concluir que la acción diplomática, con acuciantes intereses en juego, tan evidentes que eximen de enunciación, no puede ya supeditarse a la diplomacia regia, siempre bienvenida, pero ahora tal vez insuficiente, que aparece además lastrada por la sustancial diferencia de atribuciones, reales y constitucionales, de ambas coronas. La diplomacia de los tronos, el contacto directo entre los reyes, ha de atemperarse con la acentuación de su carácter subsidiario, impuesto por la fuerza de una serie de hechos tan anómalos como innegables, más la propia lógica diplomática, donde si la situación actual parecería aconsejar, quizá sin excesiva dificultad, ir agendando algún que otro asunto sensible en la instancia gubernativa ordinaria para su intento de desbloqueo, la hipótesis de un eventual escenario de deriva sucesoria, con el príncipe heredero Muley Hassan de 15 años, conllevaría un consejo de regencia, y distanciaría todavía más la diplomacia directa, que tan omnímodamente útil se ha manifestado entre España y Marruecos, a lo largo ya de más de seis décadas de positivo transitar común bajo las coordenadas de la buena vecindad, aunque con los principales contenciosos aún sin solventar en grado bastante.

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