Lun. Nov 30th, 2020

Estados Unidos: Ante las puertas de un cambio histórico

En 2016, llegó a la Casa Blanca, el “tempestuoso” Donald Trump, líder de sesgo populista, que explotando hábilmente el descontento de un sector.

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En 2016, llegó a la Casa Blanca, el “tempestuoso” Donald Trump, líder de sesgo populista, que explotando hábilmente el descontento de un sector de la población con la “política tradicional”, especialmente blancos de clase baja y desocupados, además de sectores conservadores, desilusionados con el estilo tradicional del Partido Republicano.


Por: Jorge Alejandro Suarez Saponaro | Director Diario El Minuto Argentina.


Su estrategia fue la de confrontación, lo que de alguna manera le permitió mantener un perfil alto, con un costo político elevado, no solo frente a sus opositores, sino también con el propio Partido Republicano, y los medios de comunicación, cuya relación fue siempre mala.

El estilo “Trump” se caracterizó por la construcción de “enemigos”, polarizando a la opinión publica, destacándose echar culpas de problemas internos a los inmigrantes ilegales, evitando discutir los problemas de fondo, de la creciente violencia en la sociedad estadounidense.

En materia económica, bajo el lema “America First” implicó políticas proteccionistas y negociaciones unilaterales, que tuvieron sus efectos positivos, pero en el corto plazo, y donde más de un observador, tendría consecuencias negativas a largo plazo, que el COVID 19, solo hizo mostrar la debilidad del modelo planteado por Trump. Numerosas empresas estadounidenses producen bienes fuera de Estados Unidos, pero con destino en el propio país.

Las medidas proteccionistas, para los críticos de las medidas de la Administración Trump, indirectamente perjudicarían a empresas estadounidenses, con sus consecuencias en materia de empleo, competitividad, etc. Estas políticas abrieron muchos frentes de tormenta con aliados de Estados Unidos en la Unión Europea.

El sector financiero apoyó a las llamadas Trumpeconomics que incluyeron reducciones de impuestos, liberalización en materia bancaria, inversiones de infraestructura con la idea de generar empleo en el corto plazo.

El resultado no se hizo esperar y el país alcanzó el pleno empleo. Medidas tales como reducción de la tasa fiscal para empresas que repatriaran capitales, fomentó la especulación.

Política que fue aplicada en su momento por el presidente George Bush Jr, en 2004, con limitado éxito, en un intento de frenar la evasión fiscal.

Uno de los aspectos más curiosos del populismo de Trump, fue la construcción del muro en la frontera común con México, exigiendo en su momento que dicho país, costeara la construcción. El narcotráfico, la violencia en los suburbios en grandes ciudades, fueron endilgados a inmigrantes mexicanos y en menor medida centroamericanos.

Trump construyó un “demonio”, cargó las culpas sobre determinados colectivos sociales, pero no hizo absolutamente nada para que Estados Unidos, tuviera alguna intención de ser el principal consumidor de drogas del mundo, así como la política laxa en materia de controles de armas, que ha permitido que millones de estas terminaran en manos de poderosos grupos criminales.

Mal que le pese a muchos, Estados Unidos es una de las principales partes del problema del crimen organizado y narcotráfico, no solo por falencias en el control del mercado doméstico de armas, sino el limitado control en materia de lavado de activos.

Es sabido que muchas entidades financieras en Wall Street, se han beneficiado de dólares de dudosa procedencia generados al sur del Río Grande.

En materia de política exterior, Trump le dio una impronta especial, lo que generó una serie de conflictos con sus aliados tradicionales. En un intento de llevar a cabo una suerte de “diplomacia” presidencial intentó contener al inestable dictador de Corea del Norte, Kim jong il, que más allá de la foto, el freno a la escalada vino de mano del presidente de Corea del Sur.

Estados Unidos poco y nada hizo para frenar la carrera de armamento nuclear del régimen de Pyongyang, actor que responde claramente a los intereses de China, y en cierto punto también a Moscú, como herramienta de presión y desgaste de Estados Unidos en la cuenca del Pacífico.

En Oriente Medio, la alianza con las monarquías árabes conservadoras se potenció mucho más, a pesar que su política de apoyar el salafismo, tendrá consecuencias a largo plazo, estuvo en consonancia con sectores conservadores que tienen una postura irreductible frente a Irán.

Trump, fiel a su estilo, tiró por la borda el acuerdo nuclear con Irán, endureciendo al régimen de Teherán, acercándolo aún más a China y Rusia. Respecto a Israel, Trump, subió la apuesta, y reconoció la capitalidad de Jerusalén y no dudó en apoyar las políticas del premier israelí Netanyahu en la región.

En Siria, Estados Unidos siguió arrojando nafta apoyando a grupos ligados al salafismo, estrechamente conectados ideológicamente con el “odiado” al Qaeda.

El intento de romper la influencia iraní en Irak, la Casa Blanca dio luz verdad para el asesinato del comandante de las fuerzas especiales Quds, de la Guardia Revolucionaria Iraní, general Qassem Solemaini.

Muchos creyeron que iba a ver guerra, a pesar de las bravatas de Trump, movimiento de buques y tropas, finalmente las aguas se calmaron e Irán siguió manteniéndose como una potencia regional clave, especialmente por su creciente injerencia en Siria, Líbano, Irak, y Yemen.

Acciones como esta, se llevaban a cabo, generalmente cuando el frente interno para Trump era complicado. En esos momentos, hubo un escándalo de presunto espionaje en perjuicio de su rival para las elecciones, Joe Biden, lo que desató una tormenta en el Congreso. Una clásica salida, buscar un conflicto externo y esperar que la tormenta pase. Algo que hacen muchos políticos.

Las relaciones con los aliados europeos, tuvieron su punto más bajo de la mano de Trump, su guerra de aranceles, generó serios roces con Alemania, Francia, países claves en la OTAN. A ello se unió el repliegue de fuerzas estadounidenses y una mayor presión para que los europeos asumieran costos, que por razones políticas no estaban dispuestos a ceder.

En el marco de estos conflictos, el aliado incómodo Turquía, tiene su agenda con el conflicto sirio, apoya a movimiento islamistas, entra en choque con aliados cercanos a Estados Unidos como Israel y Grecia, por delimitación de espacios marítimos, que en el caso de esta última, la situación fue realmente tensa.

En esta maniobra de repliegue, China apostó la “Ruta de la Seda” una gigantesca maniobra geopolítica para extender su influencia en Asia Central y Europa, siendo una alternativa ante un Estados Unidos en manos de un líder obcecado en generar conflictos, sin tener en cuenta consecuencias en otros planos que van mas allá de lo comercial.

La ausencia de una estrategia clara a nivel geopolítico, las desavenencias con sus aliados, permitió el avance de China y Rusia. Pekín, hizo sentir su influencia, no solo en el Pacifico, como la instalación de una nueva base naval en Camboya, desplazando la influencia de Estados Unidos en el área, despliegues navales en el Índico, la instalación de bases en Yibuti en el estratégico golfo de Adén, la presencia en África, y en regiones, antes bajo influencia casi exclusiva de Washington como América Latina.

China ha logrado tener una fuerte presencia en materia de comunicaciones marítimas, a través de su poderosa flota mercante, gestión de puertos, contenedores, astilleros, importantes empresas dedicadas al transporte y flete marítimo, como también las flotas pesqueras que operan con un elevado nivel de libertad, en busca de recursos, generando la alarma de muchos estados ribereños.

Rusia también ha extendido su influencia en Oriente Medio, África y de manera discreta, pero firme en América Latina.

Ucrania, sigue con parte de su territorio controlado por grupos separatistas pro rusos, en la crisis reciente de Armenia y Azerbaiyán, el papel de Estados Unidos ha sido más que limitado.

Afganistán es otro fracaso de la política de Estados Unidos, que viene desde la llamada “Guerra contra el Terrorismo” en 2001. Errores políticos, especialmente de los estados involucrados, como el haber dejado pasar determinadas oportunidades políticas tras la derrota de los talibanes, permitió que estos se fortalecieran y ahora el débil régimen de Kabul, negocia con quienes asolaron al pais.

Estados Unidos no ha medido las consecuencias de semejante fracaso y genera muchos interrogantes, sobre un escenario de retorno al poder de los talibanes, y su influencia que puede tener en el vecino Pakistán, potencia nuclear y en un grado creciente de tensión con India.

Dicho país emerge como un nuevo poder regional, y prueba de ello, es la reciente transferencia de un submarino al vecino Myanmar, en el marco de políticas de contener el imparable avance chino en el Océano Indico.

En América Latina, el papel de Estados Unidos ha sido limitado, salvo la crisis de Venezuela, donde a pesar de las sanciones, pocos avances hubo para un cambio de régimen. Las amenazas de intervención militar, no fueron más que bravatas del presidente Trump para la audiencia nacional.

Mientras Caracas potenciaba su capacidad militar, por ejemplo poco y nada hizo la Casa Blanca para asistir a su aliado colombiano, vetando de manera indirecta la posibilidad de contar con tanques y cazas modernos.

Los desaciertos, permitieron que Irán se convirtiera en un aliado clave para el régimen de Maduro, además de la sólida presencia rusa y china. En materia de cooperación de seguridad, también hubo políticas limitadas, siendo urgente asistencia para incrementar el control de

los espacios marítimos y aéreos de los países de América Central. El vacío generado por Estados Unidos, abrió las puertas a China que con su abultada billetera avanza de manera creciente para el control de sectores claves de la economía latinoamericana.

Viene a nuestra memoria la presidencia del conservador Ronald Reagan, cuyas acciones no solo eran palabras de condena o crítica a los adversarios de Estados Unidos, sino que llevó acciones concretas, que pusieron freno al avance de los intereses soviéticos, en áreas de interés de Washington.

Podríamos decir que Trump sostuvo valores parecidos a Reagan, pero a diferencia de su predecesor, dichos valores nunca pasaron del plano de la retórica.

La crisis global derivada del COVID 19, demandaba un liderazgo global firme, muchos pensaron que Estados Unidos iba a ocuparlo, pero la respuesta fue actitudes mediocres, en especial con relación a la Organización Mundial de la Salud, que tuvo un papel lamentable y fue manipulada por China. Trump acusó a China por la cuestión de la pandemia, pero una vez más, sus palabras cayeron en saco roto. Pekín inundó el mundo con insumos médicos, equipamiento, además de llevar a cabo una “diplomacia sanitaria” con donaciones.

Estados Unidos se encerró en si mismo y la crisis del COVID puso de manifiesto lo perverso del sistema de salud de dicho país, cuya reforma siempre fue vetada por Trump, funcional a intereses empresarios del sector. En otras materias Estados Unidos también dejó de ser un líder, especialmente con el Acuerdo de París, en materia climática, un verdadero retroceso, dado la apuesta de Washington por fuentes de energía tradicionales, que condicionan de alguna manera la política exterior, con las muchas veces incómodos aliados del Golfo Pérsico.

El frente doméstico, a pesar de las tasas de empleo, crecimiento, se vio oscurecido, con la crisis derivada del COVID 19, que terminó en escenarios de tensión, apareciendo otra vez la cuestión racial, como el caso Floyd y el debate siempre pendiente en materia de tenencia de armas. En el marco de disturbios en todo el país, Donald Trump apostó a una táctica de confrontación, siempre teniendo en mente su electorado fiel, pero no hizo más que alentar la animosidad hacia su persona.

Las elecciones se llevaron a cabo con una sociedad dividida, golpeada por la crisis de la pandemia, trampa que el país le cuesta salir, a diferencia de su rival chino, que muestra señales de recuperación y no duda en hacer sentir su presencia en todo el mundo.

En este contexto, la sociedad volvió a darle una oportunidad a la política tradicional, con las importantes sombras que tiene, de la mano de Joe Biden.

Es posible que en materia de política exterior, haya correcciones, especialmente en materia de la agenda climática, reconciliarse con los aliados europeos y contener a China y Rusia.

Aunque somos escépticos que Biden está a la altura de las circunstancias. El frente interno mantiene conflictos latentes no resueltos como la cuestión racial, la reforma del sistema de salud, una economía golpeada por la crisis de la pandemia.

¿Estamos ante el ocaso de Estados Unidos? Es una pregunta difícil de contestar, dado que el país sigue siendo una potencia militar indiscutible, pero que paulatinamente esto puede sufrir retrocesos, en materia tecnológica, la competencia se ha incrementado sustancialmente, como también en el plano económico, donde Estados Unidos ha sido desplazado como poder industrial.

El éxito como primera potencia, dependerá sin ninguna duda de recuperar espacios perdidos y de una verdadera regeneración nacional. Estamos ante una nueva etapa histórica, en la cual la primacía de Estados Unidos estará en juego los próximos años…