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Etiopía y el riesgo de un conflicto regional en África Oriental

El Minuto | Etiopía, un actor clave de África Oriental, enfrenta una crisis, que pone al país al borde de la guerra civil. La crisis con la región de Tigray, donde su gobierno, controlado por el Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF), rompió con el gobierno federal en 2020, abriendo un abismo que derivó en combates, que ha generado una nueva crisis humanitaria en el inestable Cuerno de África. Los orígenes de este conflicto tiene que ver con el intento del primer ministro Ahmed de romper con una construcción nacional basada en divisiones étnicas, por otra pan etíope, centralizadora, que margina a la minoría tigré, que no hacía mucho monopolizaba el poder central, luego de la caída del régimen comunista en 1991.

Por: Jorge Alejandro Suárez Saponaro | Director de Diario El Minuto para Argentina

En 1991 el régimen del Derg, como era conocido el régimen marxista impuesto por el golpe militar de 1974, que acabó con la milenaria institución monárquica etíope, exiliando al negus (emperador) Haile Selassie, fue derrocado por una coalición opositora, donde tuvo como uno de los principales protagonistas al Frente Popular de Liberación de Tigray. Este lideró el llamado Frente Revolucionario Democrático Popular de Etiopía, que inició los cambios políticos que convirtieron a Etiopía la dictadura militar de izquierdas, altamente centralizado, en un estado federal, aunque con ciertos rasgos, no exento de tensiones internas.

El nuevo régimen, de sesgo autoritario, con un partido hegemónico. El nuevo modelo federal, dividió al país en regiones con amplia autonomía y estableciendo un reparto de poder basado en lo étnico, que en esta etapa de la historia etíope benefició a los originarios del Tigray, marginando a las etnias mayoritarias amáricos y oromos, además de los numerosos grupos minoritarios, que quedaron fuera del reparto territorial.

El conflicto entre los pueblos tigré y amárico, viene de larga data. En tierras de dicha provincia se desarrolló el antiguo Reino de Aksum, poderoso reino de la Edad Media. Los señores de Tigray, tuvieron un importante papel en la historia etíope, incluso en el siglo XIX, algunos de ellos, lograron ser negus – emperador – como Yohanes IV. La influencia de Tigray se extendió a Eritrea (donde la mitad de la población es de origen tigré). El triunfo de los señores de las tierras altas del sur, de origen amárico, dejó a los tigré en un papel secundario. La marginación política y económica, genero siempre tensiones con Addis Abeba, dando origen en 1974 al TPLF, como movimiento de liberación, que en su momento tenía bases marxistas, para ir derivando a meras posiciones nacionalistas.

La hegemonía tigré, en el marco de la coalición que gobierna el país desde 1991, generó tensiones con las mayorías amara y oromo, los dos principales grupos étnicos del país, pero especialmente con los primeros, que fueron la base del liderazgo político del país por siglos. La Constitución de 1993, que estableció formalmente el régimen federal, fue empleada por la elite tigré para diferenciarse claramente del resto del país y utilizarla para defender sus propios intereses, incrementando sustancialmente su influencia política y económica, en claro perjuicio a otros grupos étnicos más numerosos, lo que lo llevaría sin ninguna duda al choque con el tiempo. La corrupción, los sesgos autoritarios generaron tensiones en Etiopía, considerado un actor clave en el Cuerno de África. No en vano en su momento Estados Unidos se valió del apoyo etíope para lidiar con las poderosas organizaciones extremistas que operaban en Somalia.

El país, desde la caída del Derg, tenía tensiones con Eritrea, que se independizó de Addis Abeba en 1993, luego de una cruenta guerra con los etíopes. Addis Abeba no se resignaba a la pérdida de la salida al mar, e incluso intentó apoderarse en uno de los conflictos sostenidos con los eritreos, del puerto de Assab, además de una franja fronteriza – Badme – que llevó a que las partes durante mucho tiempo tuvieran las fronteras cerradas, e incrementara la dependencia del comercio exterior, por parte de Etiopía, del puerto del vecino Yibuti, con sus consecuencias políticas y estratégicas, en el hipotético caso de cierre o impedimento de acceso a dicho puerto. El crecimiento económico de Etiopía, su ascenso como poder regional obligaba sin ninguna duda a buscar alternativas para el acceso a los mercados internacionales, especialmente China.

La influencia del TPLF, alcanzó a las fuerzas armadas, las industrias militares, servicios de seguridad e inteligencia. La llegada al gobierno del primer ministro Abiy Ahmed en 2018, de etnia oromo, significó una ruptura de la visión impuesta por el liderazgo tigré, por otra de carácter pan etíope, donde prevalezca otros valores, que los puramente étnicos. Las reformas emprendidas, que incluyeron mayor liberalismo político, económico, fue también romper con el control que tenía el TPLF, que todavía formaba parte de la coalición de partidos que gobernaba el país desde 1991. Altos mandos de seguridad, inteligencia y las fuerzas armadas, de origen tigré, fueron reemplazados por las etnias mayoritarias del país, amáricos y oromos, buscando un equilibrio, luego de años de hegemonía de un grupo minoritario – de 115 millones de habitantes, los tigré apenas son 6 millones del censo – e impulsar una visión de carácter nacional etíope frente a la pertenencia étnica. Ahmed cosechó prestigio internacional con las negociaciones con Eritrea, alcanzar una paz duradera, en el marco de una hábil maniobra geopolítica, con el claro objetivo de reducir la dependencia del puerto de Yibuti, y también de alguna manera colocar bajo al influencia económica y política al régimen eritreo (aislado internacionalmente por su dictadura implantada en 1993).

El otro paso para consolidar su poder, por parte de Ahmed, fue el intento de desmantelar el frágil equilibrio basado en el reparto étnico del poder, que perjudicaba básicamente a los amáricos y oromos, por una organización política mas abarcativa, y fortaleciendo el rol del gobierno federal, esto motivó a la creación del Partido de la Prosperidad, que reemplazó la antigua coalición. El TLPF, viendo que su hegemonía que venía desde la victoria contra el Derg en 1991, llevó a sus dirigentes a tomar distancia, para romper directamente con el gobierno, y pasar a la oposición, buscando aglutinar a otros partidos que representan grupos étnicos que tienen poca incidencia en el poder central etíope. Esta pugna entre la idea fortalecer el gobierno federal contra las estructuras regionales y clientelares, que se consolidaron durante más de dos décadas, impulsado por las elites de Tigray.

Mientras Ahmed busca la construcción de la llamada Gran Etiopía, sin distinciones étnicas, tomando medidas, destacándose el plantear el incrementar las facultades del gobierno federal, el uso del idioma ingles como idioma co oficial, rompiendo con el tradicional monopolio del amárico e impulsar causas nacionales, como la Gran Represa del Renacimiento. No obstante ello, en un país con un centenar de etnias, la mayoría marginadas de la política nacional, las tensiones siguen vigentes, incluso con presiones sobre un nuevo ordenamiento territorial y la determinación de la elite tigré de no renunciar a su cuota de poder, aunque ello, arrastre al país a la guerra civil, donde pueden salir muy mal parados.

La crisis entre el TPLF y el gobierno federal, estalló en 2020, con la crisis COVID. La pandemia, llevó a la Junta Nacional Electoral, a posponer las elecciones generales, previstas para agosto de 2020 y prorrogar los mandatos regionales y nacionales hasta 2021. Los legisladores tigré se retiraron del parlamento federal en señal de protesta, y la región de Tigray, llevó a cabo las elecciones. La Cámara Constitucional, declaró ilegales los comicios regionales, dado que había desacatado la disposición del órgano electoral federal de prorrogar los mandatos hasta 2021 y llevar a cabo las elecciones, bajo mejores condiciones sanitarias.

La crisis estalló entre las partes, fue cuando las autoridades de Tigray declararon ilegal el mandato del primer ministro Ahmed, prorrogado por la situación del COVID, que formalmente expiraba en octubre de 2020. El gobierno contraatacó cortando fondos federales a la región de Tigray, seguramente como mecanismo de presión, mientras que el TPLF, lo consideró un acto de guerra.

La sedición pasó de las palabras a los hechos cuando las autoridades regionales se opusieron a que se designara un nuevo comandante de la Región Norte de las Fuerzas de Defensa Etíopes. En los primeros días de noviembre de 2020, el Parlamento Federal votó el estado de emergencia de Tigray, la disolución del gobierno regional y el envío de una fuerza militar para restablecer el orden. Esta fue la respuesta cuando milicias del TPLF atacó una base militar, y el mismo primer ministro Ahmed, dijo que los líderes del TPLF habían cruzado la línea roja.

En un primer momento las fuerzas regulares etíopes, se impusieron, ocuparon la capital provincial Mekelle, así como otras importantes ciudades de la región. Las milicias de la llamada Fuerza de Defensa de Tigray, se dispersaron y con apoyo rural, lograron organizar guerrillas. Mientras tanto se desataba el drama humanitario, donde millares huyeron de los choques armados entre las partes.,como de las represalias. El error estratégico etíope fue no poder capturar los líderes del TPLF, especialmente de su ala militar. Esto permitió reconstruir la resistencia en otros puntos de la conflictiva región. Otro grueso error, el plantear una solución netamente militar, cuando el problema es de carácter político.

La situación se ha vuelto más compleja, dado la intervención de otros grupos armados, como milicias de amáricos, que han ocupado distritos que son considerados parte de su espacio, anexados a la región de Tigray por la fuerza en 1991. Los oromos hicieron causa común con el TPLF, por medio del Frente de Liberación Oromo,, especialmente al exigir la autodeterminación de la región federada más grande y poblada del país. No obstante ello, los oromos están divididos, dado que existen exigencias de una mayor cuota de poder en el nivel federal, otros líderes políticos oromos son aliados el primer ministro Ahmed. La respuesta del Ejército ha sido sumamente dura con el Ejército de Liberación Oromo, que ha generado protestas de organismos de derechos humanos.

En este avispero que se ha convertido Etiopía, ingresó un actor, un viejo enemigo, Eritrea, devenido en aliado. Las razones son múltiples. La mitad de la población eritrea es tigré y el idioma de estos, tigrinya es oficial junto al árabe en Eritrea, pero la región de Tigray ha servidos de refugio para miles de eritreos que huyen de la dictadura de Afwerki, y las duras condiciones del servicio militar, que oculta un sistema de trabajo forzado a gran escala. Estos campos de refugiados eritreos, son motivo de preocupación de Asmara, dado que a través de estos exiliados, el mundo toma conocimiento de la violencia de su régimen y también, por la posibilidad que pueda armarse una oposición política de entidad, teniendo el apoyo del TPLF.

Ahmed, primer ministro etíope hizo causa común con el dictador eritreo, para terminar con el poder regional del TPLF, que lo consideran enemigo común. Asimismo, está el recuerdo que durante la hegemonía tigré, Etiopía y Eritrea tuvieron no solo una guerra, sino fronteras cerradas con serios perjuicios para ambos. La paz con Eritrea abre nuevas perspectivas para Addis Abeba, y es preciso pacificar la región, y por ende reducir la cuota de poder del TPLF, no solo a nivel nacional, como se llevó a cabo cuando Ahmed fue electo primer ministro, sino a nivel regional. Cabe destacar que las milicias del TPLF bombardearon la capital eritrea Asmara, confirmado por el ex presidente de Tigray, Debretsion Gebremichael, en una clara maniobra del liderazgo tigré de internacionalizar el conflicto, y obtener alguna ventaja de ello., pero que lo llevó a estar rodeado de enemigos, y para peor, una invasión de fuerzas eritreas en apoyo al ejército etíope.

Estados Unidos, aliado de Etiopía, pidió a Eritrea retirarse de Tigray, algo que tanto Ahmed como Afwerki, hasta no hace mucho lo negaban en público, tuvieron que reconocer dicha intervención militar. Esto ha generado, dado la intensa presión militar, que millares de refugiados buscaran asilo en el empobrecido Sudán. El argumento eritreo en una carta presentada ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, es considerar al TPLF como amenaza regional. El avance de los rebeldes hacia la capital, estando a unos 400 km según algunos medios internacionales, que ocasionó el decreto de la movilización nacional, provocó una nueva intervención de la Casa Blanca, de exigir al TPLF de no atacar la capital etiope.

El apoyo de Estados Unidos a un actor clave como Etiopía parece ser más retórico que real. Biden, sigue manteniendo la política de Trump de no entrometerse en conflictos, aunque estos pueden tener consecuencias estratégicas para los intereses de Estados Unidos. Etiopía, mantiene lazos con Rusia, dado que gran parte de su arsenal es de este origen, como de China, socio comercial de primer nivel de Addis Abeba y con fuertes intereses en África Oriental (no en vano tiene una base militar en Yibuti) y la crítica situación, puede volcar completamente a los etíopes a tocar las puertas de Moscú y Pekín. El fracaso de la intervención occidental en Malí, liderada por Francia, llevó a Bamako, a recurrir al Kremlin, que enviará personal de la empresa privada militar Wagner, que se ha mostrado sumamente eficaz en la República Centroafricana. Un escenario parecido, no puede descartarse en el caso etíope.

La crisis humanitaria está presente. Naciones Unidas estima que un millón de desplazados precisan asistencia urgente, de las cuales 350.000 están en una situación dramática, más los cinco millones de habitantes de Tigray que padecen el bloqueo eritreo – etíope. Sudán, país que esta sirviendo como país de acogida a miles de refugiados, está en el marco de una crisis institucional, que pone en riesgo la promesa de establecer una democracia, agregándose la precariedad de su economía, es otro actor que debe tenerse en cuenta, no solo en el conflicto de Tigray, sino por la necesidad que la comunidad internacional esté dispuesta a brindar asistencia ante un estallido de una crisis humanitaria de magnitud, con un ingrediente, la expansión del COVID entre los refugiados a niveles de difícil control.

El conflicto, sin ninguna duda debe recibir algún tipo de apoyo externo. En tiempos del régimen del Derg, los movimientos insurgentes oromo, tigré y eritreos, recibían apoyo árabe, tanto de Arabia Saudita, como de Egipto, y en menor medida de Sudán. La cuestión del manejo de la cuenca del Nilo, ha sido facto de conflicto, dado que para El Cairo, lo que pasa aguas arriba, como de los países que controlan sus principales afluentes es vital. Una Etiopía en guerra y débil, era una garantía, que los afluentes, como el Nilo Azul, no fueran aprovechados, afectando el caudal del Nilo en Sudán y Egipto, y particularmente a este último país. A pesar que su sistema de irrigación, es obsoleto y se pierden miles de metros cúbicos de agua, ha cargado responsabilidad en los países aguas arriba, particularmente Etiopía.

Addis Abeba en el marco de los programas de desarrollo para apoyar la expansión de su economía , lanzó numerosos proyectos hidroeléctricos, con el objetivo de expandir su agricultura, acceso al agua potable y electricidad. Muchas de las obras fueron realizadas con apoyo chino. En el caso de la llamada Gran Presa del Renacimiento, una obra de 4500 millones de dólares, en gran parte fue financiada por los ciudadanos etíopes, lo que permitió transformarse en una causa nacional, que aglutinó a la opinión pública. La presa está prevista que esté en operaciones en este año, pero la pandemia, las negociaciones llevadas a cabo con Egipto y Sudán están paralizadas, a pesar que los aspectos técnicos sobre cuotas repartidos entre los países involucrados, está zanjado, falta cuestiones legales. China tiene intereses en este proyecto, por ende tiene repercusión internacional. Es muy probable que la crisis Tigray, este vinculada, mas allá de las falencias del sistema institucional nacido entre 1991-1993, y de la una elite reacia a perder sus privilegios,, con intereses que no quieren que Etiopía se transforme una potencia regional, y que su programa de desarrollo afecte espacios tan sensibles como la cuenca del Nilo.

Etiopía es una actor clave, tiene un rol en la lucha contra el poderoso grupo terrorista Al Shabaab, en Somalía, con ligazones con la red Al Qaeda, y que es una amenaza regional que se proyecta sobre Kenia, como Uganda, Tanzania e incluso Mozambique, donde opera una rama de ISIS. El extremismo islámico tiene una agenda en el Este de África, Addis Abeba era una barrera de contención. Si el conflicto de Tigray recrudece, ante una débil respuesta de Naciones Unidas, como de actores como la Unión Europea y Estados Unidos, las fuerzas de estabilización etíopes puede retirarse en de Somalia, lo que beneficiaría ampliamente a los grupos yihadistas. La balcanización de Etiopía es el peor escenario, incrementado las oleadas de refugiados, que no solo pueden afectar a países de la región, sino hasta la misma Europa, por ende urge que este actor clave de la geopolítica y seguridad en el Cuerno de África, recupere la estabilidad.

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