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Farah Phaleví: La Shahbanou incuestionable

El Minuto | La tercera y última esposa del Sah de Irán, Mohammad Reza Phaleví, de soltera Farah Diva, además de dar a luz al deseado heredero a la corona imperial iraní, ayudó a encarrilar la emancipación de la mujer, que parecía imparable.

Por: Alberto Maestre | Corresponsal de España

Su compromiso con las mujeres de su país comenzó desde el mismo momento en que se contrajo matrimonio con el Sah.

Su coronación en 1967 como Shahbanou, representó, como ella señaló, el reconocimiento a todas las mujeres iranies y la culminación a la igualdad de género. “No solo a mí me coronaban en ese momento. Esa corona se ponía en la cabeza de todas las mujeres de Irán”.

Este acto llevaba implícito el reconocimiento de que Farah, en caso de ausencia del Sah, ejercería la regencia. Caso insólito en un país musulmán.

Los actos fastuosos de la coronación de Mohammad Reza y Farah, con el trono del Pavo Real; la corona creada expresamente, para la emperatriz, por la joyería francesa Van Clef & Arpels o la carroza, también realizada para la ocasión, que lucía, en el techo, una réplica de la corona imperial, cuando la pareja salió del palacio de Golestán, dieron la vuelta al mundo.

Farah que había estudiado arquitectura en París, también apoyó de forma incuestionable la cultura.

Los museos de Arte Contemporáneo y el de las alfombras en Teherán son un vivo ejemplo de ello, entre otros muchos.

Nadie podrá discutir el papel magnífico que realizó mientras fue la primera dama de Irán.

Incluso en los peores momentos ha sabido mantener su entereza.

La dignidad que demostró aquella mañana del 16 de enero de 1979, en el aeropuerto de Mehrabad, cuando se disponía a marchar con su esposo hacia el exilio, es incuestionable.

Como indicó el Sah, antes de partir, esta salida del país podría ser de carácter temporal, como la que realizó en 1953 a Irak y Roma, con su entonces segunda esposa, Soraya, tras el golpe de estado fallido, regresando unos días después.

No fue así y el Sah murió en El Cairo, un año y medio después de su marcha ya proclamada la República Islámica.

Su viuda Farah desde entonces no ha podido regresar a su país, pues el régimen de los ayatolás, se lo impide a ella y a su familia.

Se les acusa de haberse apropiado dinero público y de haber creado un entramado financiero e inmobiliario en el extranjero aprovechando la Fundación Pahleví.

No en vano en mayo de 1979, justo con el triunfo de la revolución islámica, el Tribunal Revolucionario, la condenó a muerte en rebeldía, junto a su esposo y varios miembros de la familia imperial.

Justamente a ella que estaba al margen de las decisiones políticas que fueron adoptadas durante todo el reinado de su esposo.

Una demostración más del desprecio del régimen de los ayatolás a las mujeres.

Esta condena, dictada en los momentos más álgidos de la revolución iraní, no ha sido revocada, después de tantos años.

El odio entre los dirigentes iranies parece que sigue intacto.

Han pasado décadas y la antigua emperatriz vive entre Francia y los EEUU.

Por el momento es impensable que pueda regresar a Irán.

El régimen islámico no parece avanzar hacia un cambio que permita la democratización y reconciliación nacional, como muchos iranies desean.

Farah Phaleví es el Irán de Ciro el Grande y el Irán moderno a la vez.

El Irán de las mujeres libres que podían llevar velo o no si así lo deseaban.

Todo ello enmarcado con una elegancia y porte difícil de igualar.

A pesar de la adversidad, tragedias personales, el no poder pisar el país donde nació y se crio, su porte y fortaleza son un ejemplo para muchos de sus

compatriotas que seguro les transmite consuelo y esperanza y la seguridad de que algún día, Irán se encaminará hacia la libertad y se dejarán de lado las diferencias.

Irán se lo merece.

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