mar. Nov 19th, 2019

Fin de ciclo en Argentina: ¿Qué escenarios se vislumbran pos diciembre?

El “debate” sirvió para ver aflorar al verdadero Alberto Fernández: un prepotente que nos recordó los modales y gestos de las interminables cadenas nacionales de “su” vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Por parte del presidente Mauricio Macri, nada nuevo para destacar. Casi como sus cuatro años al frente del Gobierno.

Tras el intento de debate de los seis candidatos a presidente en carrera tras las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) del 11 de agosto pasado, realizado en el paraninfo de la Universidad Nacional del Litoral, en la provincia de de Santa Fe, vienen dos semanas afiebradas (segundo “debate” de por medio) de cara a las elecciones generales del domingo 27.

Por: Agustín C. Dragonetti – Corresponsal Diario El Minuto para Argentina.

No me voy a detener mucho en un análisis de este primer intercambio de spots y diatribas ideológicas sin mucho contenido -que es lo que en realidad fue y no un debate serio de propuestas e ideas-, más que para referirme someramente a los dos principales competidores por el sillón de la Casa Rosada.

 

El “debate” sirvió para ver aflorar al verdadero Alberto Fernández: un prepotente que nos recordó los modales y gestos de las interminables cadenas nacionales de “su” vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Por parte del presidente Mauricio Macri, nada nuevo para destacar. Casi como sus cuatro años al frente del Gobierno.

Una derrota previsible

Los resultados de las elecciones primarias del 11 de agosto no fueron una sorpresa como se pretendió hacer creer. Sí, tal vez, los márgenes de la derrota. Hasta el viernes anterior a la elección, de 19 encuestas conocidas, 17 daban por perdida la elección a Mauricio Macri. De las dos restantes, una arrojaba un empate técnico y la otra daba una ventaja al oficialismo por dos puntos. Las dos últimas, casi un delirio, si se analiza la deplorable administración de Macri.

Finalmente, la dupla presidencial Alberto Fernández-Cristina Fernández (Frente de Todos) consiguió sacar una ventaja de casi 16 puntos: 47,78% contra el 31,79% de la fórmula Macri-Pichetto (Juntos por el Cambio), es decir más de 4 millones de votos de diferencia entre ambos frentes.

En la provincia de Buenos Aires la cosa fue aún peor para el oficialismo: la gobernadora María Eugenia Vidal perdió ante la fórmula kirchnerista de Axel Kicillof-Verónica Magario por 49,34% a 32,56% de los votos emitidos. Juntos por el Cambio salió derrotado en 9 de las 11 intendencias conquistadas en 2015. Kicillof, tal vez uno de los más ineptos ministros de Economía de la historia argentina, ganó por más de 16 puntos, sacándole 1.569.107 votos de diferencia a la gobernadora Vidal. Toda una definición sociológica de la pasada elección primaria.

El único territorio en que Juntos por el Cambio consiguió un resultado positivo fue en Córdoba (baluarte del antikirchnerismo, que mientras estuvo en el poder siempre denigró a la provincia mediterránea por ser díscola al centralismo político que llevaron adelante los Kirchner mientras manejaron los hilos del poder), donde sacó el 48,18% de los votos frente al 30,40% del Frente de Todos.

En el bastión del macrismo, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta consiguió el 44,71% contra el 33,04% del candidato del kirchnerismo Matías Lammens, presidente del Club Atlético San Lorenzo de Almagro. Un dato no menor es que por primera vez el peronismo logró traspasar los 30 puntos en una elección en CABA, apuntando a llegar a una segunda vuelta electoral contra el oficialismo, que gobierna en la ciudad desde hace 12 años.

En la cuna del kirchnerismo, la provincia de Santa Cruz, la fórmula encabezada por Alberto Fernández apabulló por un contundente 46,97% al binomio Macri-Pichetto, que solo consiguió un paupérrimo 19,21%. Como en Santa Cruz existe Ley de Lemas (la única provincia que admite esta controvertida ley para la categoría gobernador y donde

manda el kirchnerismo desde 1991), Alicia Kirchner también fue reelegida gobernadora, sacando una ventaja de más de 25 puntos por sobre el candidato del Frente Nueva Santa Cruz, el radical Eduardo Costa. Sin embargo, estuvo a punto de perder su interna contra el intendente de El Calafate, Javier Belloni. La hermana de Néstor y cuñada de Cristina lo superó por tan solo 3.799 votos.

Los resultados de las primarias tienen su lógica incuestionable: los números de la economía macro y micro del macrismo son desastrosos. En sus tres años y medio de gobierno, Mauricio Macri no pudo dominar la eterna tara argentina de la inflación (su frase durante la campaña “La inflación es la demostración de tu incapacidad para gobernar”, hoy es recordada por todos y la comidilla de la oposición), subieron los índices de pobreza e indigencia (casi 16 millones de pobres, lo que equivale al 35,4% de los argentinos), cayeron casi todos los indicadores económicos en todos los rubros (industriales, comerciales, inmobiliarios, vehículos, construcción), cerraron cientos de industrias, pequeñas empresas y comercios, la desocupación alcanza al 10,1% de la población económicamente activa (más de 2 millones de personas), el consumo hogareño cayó a niveles alarmantes, se incrementó la deuda externa (préstamos del FMI que en su gran parte sirvieron para favorecer la especulación financiera y la fuga de capitales y que el gobierno ahora busca refinanciar con el organismo internacional para no caer en default) y perdió la “batalla cultural” contra el kirchnerismo. En síntesis, un pésimo gobierno desde lo económico-social, a lo que yo agregaría también político.

¿Qué esperar a partir de diciembre?

De confirmarse los guarismos de las PASO en la elección general del próximo 27 de octubre, Alberto Fernández sería el nuevo presidente argentino sin segunda vuelta, ya que obtendría el 49,49% y Macri el 32,93%. En el oficialismo esperan una suerte de “milagro electoral” para revertir los números: los operadores del gobierno aspiran a un cambio en el parecer de los votantes de los partidos relativamente afines al oficialismo o que no quieren la vuelta del kirchnerismo al poder, esto es el Frente Despertar, del economista liberal José Luis Espert (que consiguió 533.079 votos), el Frente NOS, del condecorado ex combatiente de Malvinas Juan José Gómez Centurión (que obtuvo 642.650 votos), más una parte del electorado que optó por la fórmula del peronismo ortodoxo de Consenso Federal, que llevó de candidato presidencial al ex ministro de Economía de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, Roberto Lavagna (sacó 2.006.964 de votos).

También anhelan que los que votaron en blanco (758.944 votantes) reviertan su decisión y esperan que los ciudadanos que no fueron a sufragar en las primarias (hubo una participación del 75,78% de padrón habilitado) sí lo hagan en las elecciones de octubre. Un dato al pasar para que evalúen los armadores políticos de la Casa Rosada a la hora de hacer cuentas: Macri perdió 800.000 votos y el kirchnerismo ganó 3 millones en relación a la última elección de 2017.

Más allá de toda especulación, los votantes han hablado a través de las urnas y hoy por hoy el gobierno estaría perdiendo en la primera vuelta electoral. ¿Qué sobrevendría si finalmente el kirchnerismo accede al gobierno? ¿Volverá la mística autoritaria que dominó la escena política argentina durante 12 años? ¿Es Alberto Fernández un moderado en relación a Cristina Kirchner, “su” posible vicepresidenta de la Nación? Son preguntas que van adquiriendo respuestas a medida que pasan los días y se acerca la madre de todas las batallas.

El verdadero Alberto Fernández

Desde que Cristina Fernández de Kirchner “nombró” a su candidato a presidente (el cual mantenía un enfrentamiento abierto con la ex presidenta desde que renunció como su Jefe de Gabinete en julio de 2008), la interpelación central es qué tan

independiente sería Alberto Fernández como presidente. Y el otro interrogante es cuál es el verdadero Alberto, ¿el que trata de componer o el que permanentemente patea el tablero? Veamos.

Cristina y su núcleo duro saben que ganaron las PASO -amén de las torpezas económicas del gobierno de Mauricio Macri- gracias a los votos kirchneristas puros, que no son los de Alberto. Ahí entraron en juego los gobernadores, intendentes, sindicatos y organizaciones sociales afines. Al voto kirchnerista de paladar negro, se sumó el voto de los desencantados con el gobierno. Un cóctel demoledor para el oficialismo.

Pero volvamos a Alberto Fernández. Decir que es un moderado, es expresar como mínimo un desacierto. Es olvidarse de los cinco años en que fue Jefe de Gabinete de Ministros, primero de Néstor Kirchner y luego de Cristina, cuando tuvo que renunciar tras la crisis con el campo por la Resolución 125 del entonces ministro de Economía, Martín Lousteau, que establecía volver hacia un régimen móvil para las retenciones arancelarias a las exportaciones de soja, maíz y trigo. En el mejor de los casos, Fernández es un pragmático al estilo peronista, pero no un moderado. Al menos hasta el momento.

Ni siquiera se ha acercado al famoso teorema de Baglini, ese enunciado creado por el ex diputado radical Raúl Baglini, que sostiene que el grado de responsabilidad en las propuestas o dichos de un dirigente político es proporcional a sus posibilidades de llegar al poder. Hasta ahora, Fernández no solo se ha despachado precipitadamente en sus declaraciones, sino que después tuvo que corregir sus dichos, como su enfrentamiento con presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, mandatario del principal socio comercial de Argentina. “Es un misógino, un racista. Yo lo único que le pido es que deje a Lula (da Silva, el ex presidente brasileño condenado a 12 años de prisión por delitos de corrupción). Con Bolsonaro no tengo problema en tener problemas”, dijo a pocas horas de ganar las PASO. Días después dijo que fueron un error sus frases contra Bolsonaro.

Lo mismo sucedió con sus dichos sobre Venezuela: definió al régimen de Nicolás Maduro como un gobierno “electo” democráticamente que tuvo un desvió “autoritario” pero en el que “funcionan las instituciones” y al que no se puede llamar “dictadura”. Tras leer el lapidario informe de la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, que lidera la ex presidenta chilena Michelle Bachelet, Fernández moderó sus dichos.

Tampoco puedo pasar por alto que Alberto Fernández fue un defensor y vocero a ultranza de lo peor de las políticas kirchneristas. Desde burlarse por la carta pública con críticas a Néstor Kirchner de Susana Garnil (cuyo hijo fue secuestrado y liberado tras el pago de un rescate), hasta atacar al diario Clarín por criticar la decisión de la entonces ministra de Economía Felisa Miceli (la misma que 2007 fue procesada y más tarde condenada por “administración fraudulenta”, a una pena de tres años de prisión en suspenso y seis años de inhabilitación para ejercer cargos públicos por no poder justificar una bolsa con pesos y dólares encontrada en el botiquín del baño de su despacho) de echar del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) a dos funcionarias clave del organismo encargado de medir la pobreza, la desocupación y la inflación, entre otros temas.

El pasado 22 de agosto, Fernández participó del ciclo de debates “Democracia y Desarrollo”, organizado por el Grupo Clarín. También fueron parte del evento el presidente Mauricio Macri y el ex presidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso.

El Alberto Fernández que se presentó a la charla con los periodistas Fernando González, Ignacio Miri y Silvia Naishtat pareció un demócrata, aunque muy desmemoriado y ambivalente. Sus declaraciones posteriores, cuanto menos, fueron hipócritas. En la charla con los colegas, Fernández dijo sobre el INDEC que no lo iba a manipular nuevamente. “Es el termómetro de la economía, no hay que enojarse con el termómetro”. Mientras fue Jefe de Gabinete, como hemos padecido, avaló las barbaridades que hizo el ex secretario de Comercio, el grosero patotero Guillermo Moreno, con el organismo.

Con respecto al rol de los periodistas y los medios de comunicación, Fernández abusó de la característica desmemoria de los argentinos: “Tengo muchos amigos periodistas, son gente de bien, en la mayoría de las veces no están de acuerdo con lo que pienso.”. Fernández, para variar, mintió descaradamente. En julio de 2007 tildó de “pseudo periodista” a Claudio Savoia, del diario Clarín, por su artículo sobre manejos irregulares en la contratación de personal y en el manejo del presupuesto por parte de la secretaria de Ambiente, Romina Picolotti. El hoy candidato a presidente del kirchnerismo tachó en ese momento de “operación política”, “pseudo investigación” y estar colmado de “imbecilidades” el trabajo de Savoia.

Tal fue el escándalo, que la Asociación de Empresas Periodísticas Argentinas (ADEPA) y el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) emitieron comunicados pidiendo la inmediata retractación de Fernández y un pedido de disculpas (que por supuesto nunca llegaron) para con el periodista. En 2014 la jueza federal María Romilda Servini procesó a Picolotti por “administración fraudulenta” (un sello distintivo de los funcionarios K) y fue embargada por $450.000.

Exsecretaria de Medio Ambiente Romina Picolotti para vivir en los Estados Unidos.

La magistrada tuvo en cuenta para el procesamiento “compras, almuerzos y viajes aéreos hechos a expensas de la Secretaría”. ¿Adivinen qué? El bueno de Fernández aseveró tiempo después que “no conocía el manejo de la caja chica” de la secretaría de Ambiente.

A 5 minutos de su salida del gobierno, se convirtió en uno de los más furibundos opositores al kirchnerismo. Pasó de criticar el cepo cambiario instaurado por Cristina y su multiprocesado ministro de Economía, Amado Boudou, a condenar el proyecto K de reformar la justicia.

El “debate” sirvió para ver aflorar al verdadero Alberto Fernández: un prepotente que nos recordó los modales y gestos de las interminables cadenas nacionales de “su” vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner.

“Yo creo que es un espanto, no debemos permitir que ocurra”, opinó en ese instante. Ni que decir de los epítetos descalificadores -si bien acertados- lanzados contra el hoy candidato a gobernador bonaerense por su espacio, Axel Kicillof. Posteriormente, fue jefe de campaña en 2015 de uno de los más grandes camaleones de la política argentina, Sergio Massa, que -en ese momento otro de los grandes opositores al kirchnerismo- se postuló como candidato a presidente, quedando en esa elección en tercer lugar.

¿Un presidente condicionado?

En dos semanas Alberto Fernández puede ser el nuevo presidente de los argentinos. Pero, ¿que sucedería si alguna de las medidas que tome en su presidencia no sea del agrado de “su” vicepresidenta? Los argentinos asistiríamos a una verdadera batalla política interna por el balance del poder. Los primeros tiempos serían de tolerancia, porque le quedaría por delante tratar de solucionar los graves problemas socioeconómicos que heredará (casi lo mismo que le tocó a la administración Macri).

Hasta me animo a emplear el término “coexistencia pacífica”, acuñado por Nikita Kruschev en los años 50 durante la Guerra Fría para señalar la posición soviética de no confrontación directa con los Estados Unidos. Pero en algún momento esa tolerancia entre moderados (principalmente los gobernadores y algunos sindicatos, a los que sumaría a sectores de la oposición) y los kirchneristas intransigentes ultracristinistas romperán lanzas.

De hecho, ya se están viendo esos chispazos. Hay evidentes enojos del kirchnerismo duro con la decisión de Alberto Fernández de ser más dialoguista. Lo ven, según su visión maniquea de la historia como claudicaciones. Otros, directamente le restan autoridad a Alberto. Tal el caso de Horacio González. El ex director de la Biblioteca Nacional y uno de los fundadores de Carta Abierta -ese grupo de intelectuales de izquierda que adhirieron fanáticamente al kirchnerismo- lo dejó perfectamente claro al marcarle la cancha a Alberto Fernández. González se refirió al papel de Cristina Kirchner en el caso que el Frente de Todos acceda a Balcarce 50:

“Ella no puede ser una mera vicepresidenta porque fue ella quien abrió paso a esta nueva etapa. Esto no lo puede ignorar ningún político, sobre todo Alberto Fernández. Hay un primer lugar que le corresponde a Alberto Fernández, pero antes hay un primer lugar que le corresponde a ella por abrir esta posibilidad”. Esta declaración de González (en la misma nota dada el mes pasado a la Agencia Paco Urondo, este mamarracho también habló de hacer “una valoración positiva de la guerrilla de los años 70”), puede traducirse así: Primero decide Cristina, pero Alberto puede opinar.

Faltan menos de dos semanas para las elecciones generales y dos meses para el recambio de gobierno. Lo que viene, a prima facie, es imprevisible.

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