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Hora Cero en Kabul: «El retorno de la pesadilla Taliban»

El Minuto | En estos días, el mundo observa absorto como miles de afganos buscan huir de la ciudad de Kabul, ante la llegada de las huestes del movimiento Talibán. Quienes fueron empleados de las Fuerzas internacionales, como de embajadas occidentales, son considerados enemigos y por ende, deben ser eliminados según la agenda del movimiento terrorista. El gobierno afgano, se esfumó como su endeble estructura de seguridad. El país es un caos y en las próximas semanas, vendrá lo peor, el ajuste de cuentas y la imposición por medio de la violencia extrema de la visión trasnochada y extrema de la ley islámica de los Talibanes.

Por: Jorge Suárez Saponaro| Director  El Minuto en Argentina

La Invasión

La invasión de Afganistán en 2001, tuvo un fuerte respaldo internacional, era otro el contexto geopolítico, y Estados Unidos junto a sus aliados de la OTAN como fuera de esta alianza, llevó a cabo una brillante campaña militar, que tuvo apoyo local, la Alianza del Norte, ultimo bastión contra el movimiento talibán.

Ironías del destino, fueron los dólares de la CIA, como las armas provistas por Estados Unidos, financiadas especialmente por Arabia Saudita, las que permitieron crear las bases para este movimiento, nacido en las mezquitas de los campos de refugiados afganos en Pakistán.

En la llamada Tercera Guerra Civil Afgana (1996-2001), los talibanes crearon el llamado Emirato Islámico de Afganistán, que llevó al país a la Edad Media. Ejecuciones públicas, la reducción de la mujer a ser un sujeto sin derechos, la prohibición de la música, el arte, la televisión e incluso estas hordas ignorantes, destruyeron monumentos y restos arqueológicos del Afganistán pre islámico.

El mundo miró hacia otro lado, a fin de cuentas, los talibanes, sostenidos por Pakistán y Arabia Saudita, no eran estorbo para nadie. Si eran vistos con desconfianza por Rusia, temerosa del contagio del extremismo en las repúblicas de Asia Central, afectadas por la corrupción endémica y fue uno de los pocos apoyos a la Alianza del Norte.

Afganistán, fue el campo de entrenamiento para terroristas de todos los pelajes, que luego fueron enviados al Cáucaso, donde desencadenaron la guerra de Chechenia y hasta la lejana Argelia, donde engrosaron las filas del brazo armado del Frente Islámico de Salvación. Al Qaeda, prosperó en las montañas afganas, hasta que finalmente, ocurrió el 11 – S en 2001, y Estados Unidos reaccionó.

Los talibanes se replegaron a los campos de refugiados de Pakistán, donde el poderoso servicio de inteligencia paquistaní, el ISI, les dio cobijo. En tiempos del emirato de Afganistán, el cultivo de amapola, era frecuente, lucrativo negocio para el ISI, un verdadero Estado dentro del Estado, además de contar con un estado, controlado indirectamente por Pakistán, proveyendo profundidad estratégica frente a su eterno rival, la India.

Asimismo, apoyar a estos radicales, le permite a Islamabad, mantener dormido, viejos reclamos fronterizos y étnicos, dado que los pastunes, la etnia dominante en Afganistán, también tiene una fuerte presencia en Pakistán.



En cuanto al apoyo saudita, tenía que ver con el control ideológico y las aspiraciones del régimen de Riad, de tener un rol central en los países islámicos, exportando su visión extremistas del islam, y de esta manera también convertirse por medio de esta influencia ideológica y política, en potencia regional.

En el marco de este avispero, llegaron los americanos y sus aliados. Pakistán y Arabia Saudita, hicieron un paso al costado y los temibles talibanes, cayeron como un castillo de naipes. Su bases social no era tan amplia, y el conflicto con las otras etnias afganas, facilitaron la victoria de Estados Unidos y sus aliados.

La Casa Blanca, perdió una oportunidad en Afganistán, y sus errores de estrategia, junto con la indecisión europea, y la incapacidad de sentar a la mesa a otros actores regionales, como China, Irán y Rusia, llevaron a que dichos gobiernos, observaran la intervención de Estados Unidos en la zona, como punta de lanza contra sus propios intereses.

Por cierto visión que no era errónea. Pakistán, practicó hábilmente un doble juego, obteniendo beneficios con el menor esfuerzo posible. Los santuarios de los talibanes se mantuvieron intactos, controlados de alguna manera, pero la radicalización de sectores de la sociedad, especialmente de sectores marginados y empobrecidos, ante un Estado ausente, se hizo real, algo que los líderes de Islamabad vieron que las cosas se iban de las manos.

Los afganos toleraron a los ocupantes, años de horror y violencia, parecía tener fin, pero Washington, empezó a cometer errores. Financió a poderosos señores de la guerra, corruptos, que siguieron con sus prácticas abusivas. El gobierno afgano, sostenido por la ISAF, la misión internacional, ahora amparada por la OTAN y Naciones Unidas, era endeble y corrupto.

Era sabido que la nueva policía, era extremadamente corrupta e incluso el nivel de infiltración del extremismo, era notorio. Los miles de millones de ayuda internacional fueron engullidos por la corrupción local y el pueblo vio poco y nada. Los daños, colaterales con las pérdidas de vidas civiles, en la estrategia contraterrorista, la intervención en el SO del país, relativamente pacificado, con el objetivo de terminar con los cultivos de opio, provocaron que jefes tribales, hicieron causa común con los talibanes.

Para miles de campesinos, dejar el opio, implicaba perder mucho dinero. Los talibanes, ofrecían seguridad a su producción, a cambio de aceptar las rígidas normas sociales, algo que para la población rural, analfabeta y con costumbres detenidas hace siglos, no era un cambio significativo. Asimismo, estos extremistas ofrecían seguridad y cierto orden, frente a la corrupción de las autoridades del endeble régimen de Kabul.

Hace años, que en medios especializados, hablaban de la debilidad de las fuerzas armadas y de seguridad de Afganistán, la corrupción, el nepotismo, el tribalismo, divisiones étnicas, como el alto nivel de infiltración de extremistas, los hacía poco confiables.

Las fuerzas afganas eran dependientes del concurso de miles de contratistas privados extranjeros, para sostener la logística del equipo militar entregado por Estados Unidos y sus aliados, de entrenamiento, inteligencia, y hasta de la localización de objetivos.

En dos décadas, las fuerzas afganas, no lograron madurar lo suficiente para poder lidiar con la insurgencia, que tenía sus santuarios en Pakistán. El tráfico de opio, la imposición de impuestos en las zonas ocupadas, y la existencia de una importante reserva de reclutas, gracias a los centros de adoctrinamiento en Pakistán, como en el propio Afganistán, le permitió al movimiento Talibán salir de sus cenizas.

Cabe destacar, que este movimiento, aprendió de las lecciones del pasado, y sus centros de reclutamiento, han fomentado el ingreso de otros grupos étnicos a sus milicias, en especial los uzbecos y tayikos. Por otro lado, policías y soldados, mal pagos por el gobierno, se los ha dejado irse a sus casas, sin miedo a represalias, si entregaban las armas (habrá que ver si esta promesa será mantenida una vez consolidado el régimen).

Incluso este pacto se extendió para los altos mandos militares, que han entregado bases y localidades sin combatir, gracias a los sobornos. Unidades enteras, no tenían agua, comida y se les debía meses de paga, por ende, el derrumbe de las fuerzas armadas, estaba a la vuelta de la esquina.

El golpe de suerte para el movimiento, fue la llegada del presidente Trump a la Casa Blanca en 2016. Su cambio de política exterior, netamente aislacionista, decidió cortar por lo sano, dejar de gastar dinero en Afganistán y negociar, con el que hasta hace poco era el enemigo de Estados Unidos. En Doha, la capital de Qatar, las partes negociaron un proceso de paz. Los

talibanes vieron la oportunidad. A pesar de lo acordado, su campaña de terror en la población civil nunca cesó, pero sabían, que Trump quería replegar sus fuerzas, dado que era una medida que era popular en el frente interno, sin medir, las consecuencias en el largo plazo para los intereses y seguridad de Estados Unidos en la región. La reducción de apoyo internacional al gobierno de Afganistán, abrió las puertas para que los talibanes, avanzaran rápidamente y se hicieran con gran parte del control del país.

La crisis COVID, golpeó al mundo y a Estados Unidos también, que hizo un fuerte retroceso, por la política de Trump, de carácter aislacionista. El enorme costo económico de la pandemia, hacía poco simpático al votante americano, saber que sus impuestos seguirían siendo devorados en el atolladero afgano. Biden, el nuevo presidente, decidió continuar con la política de repliegue, dado que sabe que el mantenimiento de fuerzas en Afganistán es abiertamente impopular, manteniendo como su antecesor una visión de corto plazo, dado que tiene fuertes apremios en su frente doméstico, dado que busca recuperar la economía nacional, recomponer los lazos con los aliados tradicionales de Estados Unidos, – rotas por Trump – y recuperar posiciones perdidas en los últimos años. El frente afgano puede esperar y simplemente lo ha dejado caer.

Los expertos realizan muchas conjeturas, sobre lo que pasará con actores como China, Rusia e Irán. Es sabido que el triunfo talibán, los beneficia en el corto plazo, dado que Estados Unidos y sus aliados, han salido apresuradamente de allí, pero el problema es el largo plazo. En los 90, los talibanes, dieron cobertura a grupos terroristas, facilitando campos de entrenamiento y asilo. Estos grupos, fueron un serio problema de seguridad para Rusia en el Cáucaso y una amenaza cierta para las repúblicas ex soviéticas de Asia Central.

No en vano, Moscú mantuvo presencia militar en el empobrecido vecino de Afganistán, Tayikistán. La política china hacia los uigures musulmanes, tiene que ver con el temor que las ideas radicalizadas se extiendan como reguero de pólvora en sus propias áreas de interés.

Kabul ha caído, las hordas de los talibanes se pasean a sus anchas, en una ciudad en pánico, donde muchos saben que morirán, por el solo hecho, de haber trabajado para las fuerzas occidentales. Aquellos que creyeron en ese “espejismo” o que crecieron durante las dos décadas de relativa libertad bajo la ocupación occidental, especialmente millares de jóvenes, los que puedan irse, lo harán, hacia un destino incierto, pero preferible a que vivir bajo un régimen de terror, que busca llevar al país de nuevo a la Edad Media, especialmente el drama se agudiza para las mujeres, los derechos conquistados ahora quedan en la nada. La consolidación del poder de los nuevos amos del país, implicará matanzas a gran escala y violencia.

El tiempo dirá, si los talibanes se conformarán con mantener su régimen abyecto, dentro de las fronteras nacionales, o nuevamente convertirán al país, en un centro de exportación de terrorismo. El ISIS, que desde su desalojo del Próximo Oriente, ha hecho escala en Afganistán, lo que abre interrogantes, para la seguridad y estabilidad de la región.

Tal vez sea este el regalo “envenado” que deja Estados Unidos a sus rivales en la zona: Irán, Rusia y China. El tiempo dirá como continúa el Gran Juego de la Geopolítica, mientras tanto, una larga noche se cierne en las calles de Kabul.

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