Mié. Oct 28th, 2020

“Infeliz la Tierra”

Una tierra infeliz es, por tanto, una en la cual nadie sabe cuál es su deber, así es que la gente busca frenéticamente un demagogo carismático que les diga que hacer.

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Una tierra infeliz es, por tanto, una en la cual nadie sabe cuál es su deber, así es que la gente busca frenéticamente un demagogo carismático que les diga que hacer.


Por: Daniel Defant | Corresponsal del Diario el Minuto de Argentina.


Y esta fue, si mal no recuerdo, la misma idea expresada por Hitler en “Mi Lucha”.

¿Porque infeliz?

Porque es un lugar que carece de personas normales que hacen lo que supuestamente deben hacer, que no se intimidan ante sus responsabilidades y que lo hacen (como dice la expresión) “con profesionalismo”.

A falta de ese tipo de ciudadanos, un país busca con desesperación figuras “heroicas” y distribuye medallas de oro a diestra, siniestra y al centro.

Encabezo este tramo para ubicar descriptivamente la anomalía argentina y en parte Latinoamérica, que vienen produciendo desesperada e infelizmente buscando lideres bicéfalos (héroe/demonio) para paliar la irresponsabilidad colectiva de no asumir nuestros deberes: Construir instituciones sólidas que proporcionen estabilidad y refugio perdurable de derechos individuales consagrados. Determinar socialmente los pisos de equidad económica e igualdad de oportunidades para el mayor número de ciudadanos posibles.

En síntesis, elaborar estructuras de consenso cultural mínimo en torno a lo que queremos ser como comunidad organizada.

¿Y cómo vamos a lograrlo si nos entregamos alegremente al populismo que justamente reivindica la figura del líder como pieza esencial y siempre provisoria del ordenamiento antagónico qué propone?

El líder, el padre, el héroe es el que arbitra, instruye derechos, destituye garantías y traza la línea demarcatoria entre el bien y el mal, ellos y nosotros, el campo popular y la oligarquía, los ángeles y los demonios.

¿Por qué hablar de líder?

Mientras más institucionalizada se encuentre una sociedad la gente vive más inmanentemente dentro de un aparato impersonal.

Mientras la gente se encuentre con las raíces sociales a la intemperie, más necesitara de una forma de identificación exterior a su experiencia cotidiana a través de la cual reconstituir un sentido de la propia identidad.

En ese punto la figura del líder es central.

Es central en la identificación popular con su contrapartida, a medida que avanza la construcción de un nuevo Estado, es decir la institucionalización pasa a ser lo más importante.

Cualquier proceso de cambio lleva esa centralidad del líder en el primer momento y luego, si el proceso es exitoso, a una institucionalización creciente de un nuevo Estado.

¿En qué momento deja el líder de ser relevante?

Es algo que debería darse lógicamente a partir del éxito de la comunidad organizada.

El problema, que vuelve inconducentes y hasta cierto punto abstractas estas consideraciones teóricas subyacen centralmente en la propia naturaleza humana y su relación con el poder.

Es que ningún populista cabal renunciara jamás a la tentación personalista, a la construcción de una religiosidad propia y al culto pagano, al legado y a la memoria como salvador.

Esa es una de las falacias expuestas del populismo y sus recientes adoradores teóricos.

Muchos de los sistemas políticos latinoamericanos han sido destruidos no por el populismo, sino por los procesos mucho más terribles como las grandes dictaduras militares, por un lado, o por el neoliberalismo, por el otro. Como resultado, la reconstrucción de los sistemas políticos va a requerir en América Latina de una fuerte dimensión populista, por el hecho mismo que el antiguo institucionalismo está en crisis.

Están en crisis las escuelas del siglo XIX en el siglo XXI, es atrapante y preocupante en un pasaje hacia el futuro, y como encararlo.

¿Vamos hacia atrás, vamos de frente o vamos de costado?

Sntiago Bilinkis dedica un apartado en el que encuentra en un video británico la historia de un hombre que se despierta en el mundo actual luego de estar dormido por más de cien años.

De pronto observa seres y objetos que lo amedrentan, pájaros metálicos que vuelan, carros a velocidades impensadas, personas que hablan con fotos que se mueven en pequeños aparatitos, e ingresa a un hospital y observa seres humanos que todavía viven por estar conectados a maquinas milagrosas que muestran sus entrañas.

Aterrado por todo lo que ve corre e ingresa a otro edificio donde funciona una escuela… de repente, siente un alivio enorme, por fin logra ver algo que le resulta completamente familiar, tal como sucedía en la época en que se ha dormido, ve un grupo de alumnos sentados ordenadamente en los bancos, anotando en cuadernos lo que dicta el maestro desde el frente o lo que escribe sobre el pizarrón.

¡Están memorizando los ríos de Europa, tal como lo hizo el! Acá en la escuela, todo es igual a su centenario recuerdo.

¿Que nos ha sucedido?

“El mundo ha cambiado mucho, la escuela casi nada”

Los chicos que cursan actualmente la primaria, todos ya nacidos en el siglo XXI, reciben una educación esencialmente igual a la que recibieron sus padres, abuelos y bisabuelos.

La escuela no cambia, pero los alumnos sí.

Esto es como resultado de un coctel explosivo, como que la vida va por un lado y la cultura por el otro.

Actualizar la educación para ponerse a la altura del “mundo liquido” en el que navegamos es casi plantear una epopeya para la humanidad.

¿Retrocedamos unos pasos hacia nuestros países e interroguemos si la educación que recibimos nosotros o nuestros padres es la misma que hoy?

Es denigrante y frustrante admitir que en momentos que la humanidad se obliga a atrapar el futuro nosotros podamos siquiera contener el pasado de viejas glorias educativas por la que éramos considerados “un faro en el continente”.

Infeliz la Tierra.

De hecho, no se trata aquí de denostar al campo popular y su riqueza constitutiva en su trama social: “el gran bache”.

Todo lo contrario, se quiere socorrer y liberar de las garras discursivas al populismo que se apropia al abusar de su representación simbólica para construir una cultura diferente y nada autoritaria sin promover divisiones patológicas que nos atrasan.