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Japón el despertar de una potencia militar

El Minuto | Las tensiones geopolíticas, con el asenso de China, la proliferación de armas de destrucción masiva impulsada por la dictadura de Corea del Norte, y el ascenso de Rusia, junto a disputas por el control de islas y espacios marítimos circundantes, han llevado a Japón, a replantear su política de defensa nacional y el rol de sus fuerzas armadas, abandonando lentamente su dependencia de Estados Unidos, como garante de la seguridad japonesa. Tokio está llevando a cabo un verdadero giro en su política internacional, buscando nuevos aliados y fortaleciendo sus capacidades militares.

Por: Jorge Alejandro Suárez Saponaro | Director de Diario el Minuto

La Constitución japonesa de posguerra, como consecuencia de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, impuso a Tokio, una serie de limitaciones sobre el empleo de la fuerza militar, solo en caso de agresión armada, y haciendo expresa renuncia al uso de la fuerza para dirimir disputas internacionales. El tratado de seguridad con Estados Unidos, de 1951, que establece la presencia militar de dicho país, como garantes de la seguridad de Japón, a cambio, que este último financie dicho despliegue. En 1954, dado que Washington tenía limitaciones para asumir plenamente la defensa de Japón, fueron autorizadas la formación de las Fuerzas de Autodefensa de Japón, denominación oficial de las Fuerzas Armadas.

Surge de la interpretación del texto constitucional, que aún genera debate en los círculos políticos japoneses, como la propia sociedad, que el empleo del Instrumento Militar, no solo en caso de agresión directo a Japón, sino a un aliado, que implique una amenaza directa a la supervivencia de la nación, y cuando no existan otros medios, para preservar la seguridad nacional. En 1957, el Consejo de Defensa Nacional emitió un documento, que por medio de una directiva estratégica del primer ministro, la estrategia de seguridad de Japón, se ha centrado en promover el pacifismo y la cooperación internacional.

Los cambios geopolíticos, llevaron a una revisión gradual de la política de defensa. Así en 2003, vimos tropas japonesas en tareas de reconstrucción de Irak, recientemente invadido por Estados Unidos. Que por cierto generó una verdadera polémica nacional, que terminó con el repliegue de dicha presencia. El ascenso de China como poder regional, país con el cual tiene disputas fronterizas, tanto por el control de determinadas islas, sino por la delimitación de espacios marítimos, potencialmente ricos en gas. También ha diferendos fronterizos con Corea del Sur, que ha impedido, junto a cuestiones sobre las relaciones con el incómodo régimen norcoreano, que Tokio y Seúl tengan un vinculo fluido en materia de seguridad.

Nueva Política de Defensa y mayor protagonismo de Japón en la seguridad regional

El Libro Blanco de Defensa Nacional de 2019, actualizado en 2020, por la crisis COVID 19, considera que la principal amenaza es Corea del Norte con su programa nuclear. El citado documento considera prioritario reforzar lazos con Corea del Sur y Estados Unidos. China y Rusia son también consideradas hipótesis de conflicto. Las incursiones chinas en aguas japonesas, motivaron a potenciar las capacidades de la Guardia Costera nipona, agregándose que la Agencia Nacional de Policía, ha desarrollado capacidades para estar presente en las islas Senkaku, a los fines de materializar la presencia del estado japonés en un área disputada con China y la puesta en marcha de la brigada anfibia del ejército nipón. Siendo esto una verdadero cambio en materia doctrinaria, dado que desde la Segunda Guerra Mundial, se crea una unidad de tipo expedicionario para llevar a cabo operaciones de asalto anfibio.

La presencia de fuerzas policiales, tiene como objetivo ante demostraciones, por parte de civiles chinos en zonas disputadas, impedir el empleo de fuerzas militares, que desde el punto de vista político pueden ser explotados a su favor por parte de Pekín. A pesar del millar de incursiones que ha padecido Japón, en sus espacios marítimos, como las violaciones al espacio aéreo, presencia de submarinos y otras situaciones de tensión, Tokio, actúa con suma cautela y pragmatismo. No cabe duda que los líderes nipones, observan con desconfianza un escenario de liderazgo chino en Asia Pacífico, pero con un ingrediente particular, el interés japonés de mantener una presencia activa en el mayor mercado mundial, especialmente como exportador de tecnología.

Rusia es otro factor de conflicto, que data de la Segunda Guerra Mundial, desde que fuerzas del Ejército Rojo ocuparon el sur de la isla Sajalín y las islas Kuriles, hecho que ha generado reclamos por parte de Tokio. En los últimos años se ha incrementado la presencia naval y aérea de Rusia, lo que ha generado un clima de desconfianza, además de realizar ejercitaciones conjuntas con fuerzas chinas.

Otros desafíos para seguridad de Japón, es el terrorismo internacional, especialmente contra objetivos y ciudadanos japoneses fuera del territorio metropolitano. En el ámbito espacial, Tokio, es una potencia global y ha desarrollado una unidad especializada de la Fuerza Aérea, para la seguridad del sistema de satélites nacional. La ciberseguridad, desde una ley de 2014, ha cobrado vital importancia, más para un país altamente tecnificado como Japón, desarrollando organizaciones de ciberdefensa/ciberseguridad, que ha demandado fuetes inversiones, especialmente ante los importantes avances en ciberguerra por parte de Corea del Norte y China.

Japón tiene intereses mas allá de sus aguas territoriales. Ha sido motivo de preocupación, la situaron del Próximo Oriente, dado que una guerra entre Irán y Estados Unidos afectaría al abastecimiento de petróleo que en un 90% proviene de dicha región. En 2019, el presidente iraní Rohani visitó Tokio y en 2020, el primer ministro Abe, llevó a cabo una gira por países árabes. Las buenas relaciones con Irán, están en consonancia con el objetivo de contar con fuentes seguras de abastecimiento de crudo. Asimismo la seguridad de las comunicaciones marítimas, especialmente del Indico, infestado de piratería, llevó a Japón a contar con un destacamento militar permanente en Yibuti.

Podríamos decir que la estrategia de defensa y seguridad de Japón gira en torno dos grandes ejes. Disuasión: defensa de espacios de interés soberano, defensa del espacio y ciberdefensa; defensa contra misiles balísticos; y capacidad de respuestas ante desastres naturales. El otro eje, es la Cooperación Asia Pacífico, que implica acercamiento con países amigos en el plano militar, ejercitaciones conjuntas, apoyo al desarrollo de capacidades, seguridad marítima, misiones de paz, lucha contra la proliferación de armas de destrucción masiva.

Estados Unidos ha jugado un rol clave en la seguridad de Japón, desde el tratado de seguridad de los años 50, donde la Casa Blanca asumió el compromiso de brindar seguridad a Tokio. La guerra de Corea, que insumió recursos, puso en evidencia que este compromiso tendría limitaciones, lo que abrió las puertas para el renacer de las fuerzas militares niponas. La guerra de Vietnam, también insumió recursos estadounidenses. Japón, asumía los costos del despliegue de fuerzas de Estados Unidos en su territorio, un verdadero paraguas disuasivo en tiempos de Guerra Fría. Esta histórica relación fue revisada a fondo por la torpe política del ex presidente Donald Trump, que decidió incrementar sustancialmente el costo de la presencia militar de Estados Unidos de 2.000 millones a 8.000 millones de dólares (Hay 57.000 efectivos repartidos en 86 instalaciones militares en todo el archipiélago japonés). Muchos analistas vieron esta actitud, como mecanismo de presión, para que Japón tenga un rol más activo en la seguridad regional, que el peso recae sobre los Estados Unidos, pero a nuestro modesto entender, esta política, tenía que ver con la visión aislacionista de Trump y su gobierno, sin medir las consecuencias estratégicas, y las lecturas que hacen de ello sus adversarios. China y Rusia siguieron subiendo la apuesta, ya sea a través de demostraciones de fuerza, o apoyando al régimen de Pyongyang, con su programa de armas nucleares, llevando a Estados Unidos y aliados a una posición defensiva, siendo ejemplo de ello, la postura de Corea del Sur, que optó por dialogar con su incómodo vecino del Norte, dejando de lado a la Casa Blanca, que a pesar de sus amenazas y sanciones, poco y nada han hecho mella en duro régimen norcoreano, que consideramos que es un mero agente desestabilizador patrocinado por China y Rusia, que lo “activan” cuando es necesario y obtener concesiones en la pugna global con Estados Unidos.

El comportamiento de la Casa Blanca con sus aliados, durante la era Trump, generó desconfianza en el liderazgo japonés, sobre el grado de compromiso de Estados Unidos en caso de un conflicto abierto con Corea del Norte o China. Esta percepción también fue sentida en Taiwán y otros países del Asia Pacífico. Tokio, apostó a un acercamiento con otros actores, de Europa como del Sudeste

de Asia, incluso con países iberoamericanos, como Perú, México, y Chile. Incluso el cambio de legislación, permite a Japón exportar tecnología militar – por cierto puntero y al nivel de los países líderes en dicha materia – ofreciendo aviones de patrulla marítima a países de Europa Occidental, e incluso Filipinas. En este último país, donde los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, generaron siempre cierta distancia entre Manila y Tokio, no ha impedido, ante el deterioro de las relaciones entre Washington y el polémico presidente filipino Rodrigo Duterte, que Japón se ofreciera a modernizar la estratégica base de Subic Bay, en uso por las Fuerzas de Estados Unidos, pero cuyo futuro es incierto. Pero Tokio, sigue avanzando, creando lazos y mecanismos de confianza, que incluyen a Vietnam, donde pareciera que Japón sirve de interlocutor entre Hanoi y Washington ante un enemigo común: China. Los acuerdos de defensa y cooperación tecnológica se extendieron a la India, país con el cual se han llevado ejercitaciones navales. Estas maniobras geopolíticas están estrechamente relacionadas, con afianzar vínculos con países atravesados por las líneas de comunicación marítima que conectan a Japón, con áreas que proveen especialmente petróleo para alimentar su poderosa economía. Australia, es otro actor relevante en el Asia Pacífico, y como potencia regional emergente, para Tokio, tiene un importante valor, que llevó al primer ministro Abe a visitar este país, como tomar acciones destinadas a exportar tecnología puntera para el programa de submarinos australianos, llevar a cabo ejercicios militares y acuerdos de cooperación tecnológica.

Corea del Sur, país llamado a ser el aliado clave para la seguridad del Japón, mantiene relaciones distantes. Existen diferendos en materia de fronteras marítimas, el control de islas, de valor estratégico, como comerciales, y la postura en torno a Corea del Norte. Seúl tiene una fuerte dependencia en materia tecnológica, en materia de determinados componentes de alta tecnología para el gigantesco tecnológico surcoreano Samsung. El volumen de negocios entre ambos países es mas de US$ 80.000 millones y por ende hablamos de un importante grado de interdependencia, pero el intercambio ha sido hacia la baja, dado que en 2001 el comercio surcoreano con Japón era del orden del 15% pasó a la mitad en 2018, observándose un incremento de los vínculos con China, cuyo comercio bilateral saltó del 10% al 25% en el mismo período. Es indudable que hay clima de desconfianza entre ambas partes, y requiere de una revisión de estas relaciones, pero ello precisa, de un liderazgo como el de Estados Unidos, aliado de ambos países, para promover medidas de confianza y cooperación.

Las Fuerzas Armadas y sus desafíos en el marco de la nueva política de defensa y las tensiones regionales. Las fuerzas armadas japonesas comenzaron en los 90, a tener una activa participación en la seguridad internacional bajo el mandato de Naciones Unidas. Lideraron con éxito la misión en Camboya, pero en 2003, hubo una ruptura de esta tradición, con el apoyo abierto, a la aventura de Bush en Irak. Asimismo, en 2001, hubo un antecedente, la ley Antiterrorista, que habilitó el despliegue de las fuerzas armadas, o JSDF, por sus siglas en inglés, para despliegues en el exterior en apoyo a la lucha contra el terrorismo trasnacional.

La necesidad de garantizar la seguridad a las extendidas líneas de comunicaciones marítimas niponas, llevaron al despliegue de fuerzas navales en el Golfo de Adén, dado el ataque de piratas a buques mercantes japoneses. En 2019, no exento de polémicas públicas, el gobierno de Tokio, desplegó medios navales y un avión de patrulla marítima, en apoyo a buques mercantes que transitaban las peligrosas aguas del Golfo de Adén. Esto llevó a instalar una base permanente, en 2010, en la pequeña república de Yibuti, para apoyar estas operaciones.

En estos últimos años, ante el envejecimiento de la población japonesa, afecta la capacidad de reclutamiento de voluntarios, lo que ha llevado a extender el límite de edad de las incorporaciones a 32 años, apostar a la inteligencia artificial, robótica, e modificar el rol de la mujer en las fuerzas japonesas. Recordemos que el país, tiene un alto nivel de desarrollo tecnológico, que no se ha volcado del todo al ámbito militar, lo que genera incertidumbre en países como China, dado existe el temor, es que la enorme capacidad japonesa en materia de innovación se vuelque en mayor grado al ámbito militar.

Las Fuerzas de Autodefensa de Japón, cuentan con unos 230.000 efectivos. El comando en jefe recae en la figura del primer ministro. El Ministerio de Defensa, no tiene tantos años de existencia, anteriormente, las fuerzas militares, dependían directamente del Primer Ministro por medio de la Agencia de Defensa. Las fuerzas japonesas cuentan con un Jefe de Estado Mayor Conjunto, que asume el comando operacional de las fuerzas que sean asignadas en caso de crisis. Los jefes de estado mayor de las tres ramas de las fuerzas armadas, tienen potestades de carácter administrativo sobre el personal y medios asignados. Las fuerza japonesas están desplegadas en cinco ejércitos, cinco distritos marítimos y cuatro regiones aéreas. Japón esta apostando a mejorar la capacidad de llevar operaciones conjuntas.

El Consejo de Seguridad Nacional es el órgano de debate estratégico, que asiste al Primer Ministro. Fue creado en 2013, donde surgen las directivas de defensa, que son aprobadas en conjunto por el gabinete japonés. Esto pone en evidencia que en materia de política de defensa, intervienen todas las ramas del gobierno, y las medidas adoptadas se basan en el consenso. La gestión de Shinzo Abe como jefe de gobierno, ha significado el incremento sustancial del presupuesto de defensa, proyectándose un gasto del 57.000 millones para el 2024. En 2020 el presupuesto era de US$ 47800 millones, siendo las prioridades en el programa de inversiones, son el incremento de capacidades de transporte táctico, aviones de lucha antisubmarina, construcción de nuevos submarinos convencionales, adquisición de aviones de combate F35, de reabastecimiento.

Esto forma parte de un ambicioso programa de inversiones de US$ 250.000 millones, que abarcan aviones de alerta temprana, misiles antibuque de alta velocidad, sistemas de defensa contra misiles balísticos (basado especialmente en sistemas sobre buques de la marina japonesa), modernización de los buques portahelicópteros para poder operar con aviones F35B; modernización de la flota de aviones F15J; incorporación de aviones F35 (programa que forma parte industrias japonesas). Los programas de inversión favorecen especialmente el sector aeronáutico, agregándose los trabajos realizados para la puesta en servicio de un caza nacional de quinta generación. El sucesor de Abe, Yoshihide Suga, aprobó en 2021, nuevos aumentos del presupuesto militar por más de US$ 5000 millones en materia de inversiones.

La industria de defensa, está recibiendo mayor grado de atención. La tradicional dependencia de Estados Unidos se está reduciendo, a favor de diversificar proveedores, especialmente de Europa, como desarrollos propios. El gobierno ha impulsado la creación de la Agencia ATLA, destinado a centralizar en una entidad un modelo de desarrollo de la industria de defensa, aprovechar racionalmente capacidades e impulsar que las grandes empresas formen parte de programas militares. En materia de investigación y desarrollo, el estado ha puesto especial interés en materia de inteligencia artificial, ciberdefensa, submarinos, sistemas aéreos no tripulados, defensa contra misiles balísticos, capacidades anfibias, inteligencia y reconocimiento, y tecnología espacial.

Japón una nueva potencia militar en ascenso

Las limitaciones legales como políticas, condicionan el desarrollo de las fuerzas armadas, agregándose el factor demográfico y económico. Es por ello, que de manera inteligente, las inversiones están orientadas a fortalecer aspectos tales como la ciberdefensa, guerra electrónica, lucha antisubmarina, defensa contra misiles balísticos, alerta temprana, vigilancia y control, defensa del espacio aéreo, como potenciar la capacidad de proyección de las fuerzas japonesas, especialmente con la creación de una potente brigada anfibia y el empleo de aviación de combate embarcada en los buques tipo Kaga e Izumo.

El incremento de las capacidades aludidas, están estrechamente ligadas al incremento del poder naval chino, especialmente de su poderosa arma submarina, cada vez más presente en aguas japonesas, y ante la preocupación de Tokio sobre la seguridad de Taiwán. Aunque no existe acuerdo formal de defensa, es sabido en círculos especializados, que una crisis militar, llevaría a Japón apoyar decididamente la libertad del gobierno de Taipeh, no en vano la capacidad de proyección naval, se está incrementando, de manera modesta, pero suficiente para brindar una cobertura aérea a una fuerza de tareas, que eventualmente pueda desplegarse en apoyo a fuerzas de Estados Unidos, o para garantizar la seguridad de las líneas de comunicaciones marítimas propias.

La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca, ha limado asperezas, siendo muestra de ello, la renovación de los acuerdos militares por US$ 1900 millones, pero ello no impide que los líderes en Tokio, apuesten a una estrategia autónoma, con sus costos asociados, dado la situación económica del país, con bajas tasas de crecimiento, problemas de envejecimiento poblacional, la competencia de Corea y China, pero pareciera que las cartas han sido echadas.

Los cambios en materia de política de defensa, están estrechamente vinculadas, con la posición de Estados Unidos en Asia Pacífico, que pareciera estar a la defensiva, ante el ascenso de China.

Ante las dudas generadas por la reacción de Washington en una crisis de magnitud en la región, Tokio, apuesta a incrementar sustancialmente capacidades defensivas y de manera limitada, de proyección de fuerzas, para la protección de islas, disputadas y eventualmente Taiwán. Estas acciones se llevan a cabo con maniobras geopolíticas, destinadas a generar lazos con países que tienen escenarios de tensión con China, o que perciben a este país como un factor de riesgo a sus intereses. La falta de liderazgo de Estados Unidos, ha impedido reforzar lazos con Corea del Sur, no obstante ello, Tokio, ha buscando generar canales de diálogo con países como Filipinas, Vietnam, Australia, India y dar señales claras a Taiwán, sobre el rol de Japón en la seguridad regional y la necesidad de contener a China.

La política de seguridad de Tokio, es manejada con cautela, pero con pulso firme, evitando escalar el conflicto de manera innecesaria. Pero dado el contexto internacional, no cabe duda que estamos ante un proceso de ascenso, con sus limitaciones, de Japón como poder militar en la región Asia Pacífico.

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