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La diplomacia regia y Marruecos (IV)

El Minuto | Hasta que España no resuelva o al menos encauce adecuadamente su en verdad harto complicado expediente de litigios territoriales, no volverá a ocupar en el concierto de las naciones el lugar que corresponde a la que fue primera potencia a escala planetaria y cofundadora del derecho internacional al más noble de los títulos, la introducción del humanismo en el derecho de gentes.

Por:  Angel Ballesteros

Tras mi clásico frontispicio, si no una ley matemática desde luego que sí diplomática, y dejando para final de año el habitual Balance sobre los contenciosos diplomáticos españoles, entramos en materia. La crisis general de valores, que hipoteca la armonía (hasta con h, como la he escrito alguna vez y como puede escribirse) nacional, y en particular aquí la degradación, el déficit de nuestros contenciosos y diferendos en la globalidad, cierto que crónico, como la posición internacional de España, borrada prácticamente de los centros decisorios del poder siendo nada menos que la cuarta/tercera potencia de la UE, (“España no representa nada ni interesa en el planeta”, sin duda hiperboliza pero a nuestros efectos, y a otros, resulta citable, la académica y catedrática de Internacional Araceli Mangas) está alcanzando extremos inéditamente preocupantes, acentuados no ya por la coyuntura sino a causa de la ausencia bastante de respuesta. Con el agravante ya típico de que en materia de controversias territoriales Madrid sigue esgrimiendo una táctica pasiva, jugando con las negras en lugar de rentabilizar el empuje de las blancas, dejando a veces que los temas se deterioren hasta extremos de difícil reconducción, lo que en términos operativos aboca a una política exterior insuficiente en tan proceloso tablero.

Tratadistas y profesionales coinciden en el qué pero difieren en el cómo, que adolece de unanimidad y abunda en lugares comunes. Rosa Cañadas, que bien conoce los dos países y que pertenece al prestigioso Cercle de Economía, acaba de lanzar un excelente artículo aunque con una sugerencia quizá maximalista y tras reiterar que España y Marruecos tienen que redefinir su relación con diálogo y diplomacia, concluye que “hay que partir de cero”. Todos compartimos el que hay que redefinir la relación, aunque no parece que haya que llegar a ese punto de despegue.

Se reproducen aquí algunas consideraciones tal cual se mantuvieron en momentos anteriores, acerca de la posibilidad, de proseguir así las cosas, de la diplomacia regia, instrumento excepcional, semiclave y subsidiario antes que complementario, de la acción de gobierno, con el que a título casi singular cuenta y ha ejercido España, y si se la califica, para calibrar su incuestionable importancia, de factor semiclave, y no de clave, es sencillamente porque en política exterior la resolución no es privativa, sino que radica por definición en el plano bilateral o plurilateral. Depende de otros. Semiclave asimismo ya que sólo procede su aplicación a determinadas controversias.

Cuando la crisis Perejil, en julio del 2002, sostuve, amén del mejor, no el único pero sí el mejor derecho de España -dato que se reitera a efectos de cualquier eventual aunque asaz improbable según va la dinámica de nuestros contenciosos, disputa jurisdiccional sobre soberanía- que en lugar de acudir a mediaciones ajenas por efectivas que fueran como resultó la norteamericana, y a pesar de la crisis –circunstancial y por ende superable- en las relaciones oficiales, se debería de haber acudido resueltamente a la instancia regia, a la diplomacia de los tronos, ya consagrada por una tradición de décadas, en la que antes participó Don Juan con Hassan II, en unas reuniones cuyo entendimiento se acentuaba por el humo cómplice de dos empedernidos fumadores.

Don Juan era un mediador incisivo, como pondría de manifiesto de nuevo en 1978 en Trípoli, por la españolidad de las Canarias, mientras que el soberano alauita representaba las virtudes del negociador árabe, suave y pertinaz. Y se estaba en la fase del Sáhara, “las ciudades vendrán después”, “el tiempo hará su obra”, en la máxima hassaní y aunque el entonces titular de la corona nunca fue un defensor entusiasta del Sahara, manifestando en público que “nuestros intereses son simplemente los intereses de los capitales puestos allí en juego y por esos intereses hoy no se lleva a las gentes a pelear y morir”, ello no le impidió por supuesto desempeñar su cometido e incluso quejarse ante Hassan II por haber desencadenado la Marcha Verde, con el riesgo que suponía en los momentos iniciales de Juan Carlos en funciones de jefe de estado, según detalla el Tte.general Franco SalgadoAraujo, primo y secretario de Franco.

Con Franco, el soberano alauita sólo se entrevistó una vez, en el aeropuerto de Barajas, en 1963, a su regreso de París, exultante por su entente con de Gaulle, y el encuentro –siempre según su primo y secretario, el mismo que tilda de “cara de pocos amigos” la expresión de Mohamed V “cuando vino a Madrid a llevarse la independencia de Marruecos” en 1956- más almuerzo, fue cordial, con ambos de civil y Franco con sombrero. Y fácil de traducir, contó el barón de las Torres, el mismo diplomático que hizo de intérprete por parte española en la entrevista Franco-Hitler en Hendaya, “porque el jefe del Estado se limitó en bastantes ocasiones a monosílabos”. Con pragmática diplomacia, el gran dosificador de los tiempos con España, ante la independencia de Argelia, con la que hay que negociar la problemática de las fronteras, tiene que contemporizar ante España, y disocia así los temas del Sahara e Ifni, del de Ceuta y Melilla. Le Monde especulaba y al parecer especulaba rayando en el acierto, que según fuentes españolas, Madrid estaría dispuesto a hacer concesiones sobre Ifni -que se trasferiría a Marruecos en 1969- y los islotes, si Rabat consentía en perpetuar el statu quo sobre los presidios.

Por su parte, Felipe VI, de quien no habrá necesidad de subrayar que personaliza asimismo la proyección de la corona en Iberoamérica, con nuestra acción exterior siempre a la búsqueda del efectivo lobby iberoamericano, la gran e irrenunciable baza todavía pendiente de nuestra diplomacia, está, en el ámbito al que aquí nos limitamos de los contenciosos, en condiciones de mantener la relación entre las monarquías en términos no tan cercanos, desde luego, como Juan Carlos I con Hassan II y después con Mohamed VI, pero en este caso menos espontáneas por la diferencia de edad, sí desde luego suficientes para ejercer la diplomacia de las coronas. Aunque por alguna que otra razón, incluidas la personalidad y el carácter diferente de ambos, así como costumbres del alauita, y la no frecuencia en los contactos, la nota “fraternal” que se predicaba en los tiempos del hoy emérito, no parece jugar ciertamente demasiado, el nivel resulta operativo con una interlocución más que cómoda “pragmática”, como se la ha denominado en alguna ocasión en Marruecos.

De ahí que puedan desestimarse con la mayor tranquilidad de conciencia moral y administrativa, esto es, de técnica diplomática, algunas que otras aproximaciones surgidas cuando yo apelé al recurso a la diplomacia regia: “las relaciones entre los reyes ya no son como antes, les falta la fluidez que había entre Hassan y Juan Carlos” y otras consideraciones de atingencia similar. Por supuesto, como serán todavía menores con sus herederos. Pero el activo, “la interlocución pragmática”, sigue jugando en grado bastante.

Ya en el plano técnico, se precisa, a efectos de la asepsia de la exegesis, que el ámbito en los contenciosos de la diplomacia regia se circunscribe prima facie al vecino del sur. En efecto, las dos controversias con Portugal, Las Salvajes y Olivenza, con quien las relaciones tienen que ser, como con Iberoamérica, las mejores, deben solventarse a nivel de gobiernos, como corresponde y como se analiza en nuestros Balances. Tampoco se nos antoja factible la aplicabilidad de la diplomacia de los reyes en nuestro contencioso más histórico. Es cierto que

Alfonso XIII y Eduardo VII hablaron de Gibraltar cuando el monarca español fue a buscar esposa a Inglaterra. Pero eso fue en 1905. Y ochenta años después, Juan Carlos I, con su expresividad típica, resaltaría un flanco estratégico: “No está en el interés de España recuperar pronto Gibraltar, porque inmediatamente Marruecos reivindicaría Ceuta y Melilla”.

Son precisamente las ciudades, las que focalizarían en un horizonte contemplable, ya inmediato o próximo, la posibilidad, la conveniencia de la diplomacia de los tronos, la intervención de las casas reales. La hipostenia de la posición y el animus españoles en Ceuta y Melilla prosigue agravándose ante las medidas “para asfixiarlas”, tema recurrente aunque nunca llevado al extremo actual, ”ya están en coma vegetativo”, ha sentado Ignacio Cembrero, acentuando su manifiesta fragilidad, sin que las quejas de sus sufridos habitantes parezcan resultar audibles en grado vinculante para Madrid. Tal vez sea ocioso explicitar más tan delicado y erosionante asunto (“Marruecos nos zarandea”, remacha por si la evidencia tuviera necesidad de apoyatura, la internacionalista Mangas) que queda, pues, ahí, no sin añadir un dato estratégico mayor: el reconocimiento por la Casa Blanca de la soberanía rabatí en el Sáhara, con todo lo que eso comporta empezando por el reforzamiento de la quizá primera alianza vigente a ambos lados del Atlántico, debilita en grado imprecisable pero nítido, el principio de solidaridad atlantista para las intervenciones fuera de zona, como supletorio de la falta de cobertura por la OTAN para Ceuta y Melilla.

En esta panorámica, resulta innecesario enfatizar que el Pentágono ha hecho de Rabat un aliado de primer nivel como terminan de reconfirmar las maniobras conjuntas en área tan próxima a las Canarias que el Partido Popular ha interpelado al gobierno, sin base técnica cierto por desarrollarse en aguas internacionales, pero cuya cercanía a zona española sin que Madrid logre negociar la delimitación marítima ante los avances unilaterales de los alauitas, legitima la intervención del primer partido de la oposición. En línea próxima se reitera también el dato geoestratégico de que la RASD atenuaría el riesgo de un país tachado de expansionista y único, ante las Afortunadas: Cuidemos las Canarias, nuestra solidaridad en estos duros momentos, y los canarios los primeros, como les vengo repitiendo.

Quizá sea oportuno igualmente rememorar mi modesta contribución sobre las ciudades con la recopilación ya clásica de una veintena de salidas, término más apropiado en este punto que el de soluciones, que con prudentes criterios de previsión, quizá aconsejables en cualquier política exterior que se precie, recogí hace más de treinta años y he venido reiterando en numerosas páginas y conferencias. Dentro de ese argumentario, todavía académico, latente el Estatuto de Territorios no Autónomos, “pendiendo cual espada de Damocles sobre la cabeza del gobierno español hasta que Rabat decida reactivarla”, en la frase un tanto efectista pero autorizada de Francisco Villar, parece ineludible asignar una de las potencialidades emergentes a la vertiente autonomista, al factor personal, a la voluntad de su habitantes, centro nuclear de cualquier derecho internacional que se proclame moderno. Y ahí, a la modalidad de la libre asociación, en el estado políticamente casi puro de Puerto Rico con Estados Unidos o en los más peculiares pero similarmente operantes, seguimos con Charles Rousseau, de la “amistad protectora” de Francia con Mónaco o Italia y San Marino. Y dentro de esos regímenes, interesarían los aspectos económicos, es decir, las uniones aduaneras del tipo Liechtenstein/Suiza o Mónaco/Francia.

Madrid lleva persiguiendo el ponerse a negociar desde hace tiempo, así en genérica técnica diplomática. Sabedor el gobierno español de que la reunión constituye paso imprescindible a fin de comenzar a desbloquear la situación, ahí está en ese incómodo papel a la espera de la preceptiva invitación para sentarse a la mesa. A la negociadora y a la de Palacio, desde donde Mohamed VI, quién sabe si más urgido que su predecesor, parece orientarse hacia lo que he

denominado “diplomacia acelerada”, quemando etapas, a diferencia del manejo de los tiempos de Hassan II, impelido por el blessing USA sobre el Sáhara, el “negocio” más importante que afronta en la actualidad el vecino del sur, sobre el que planea la reciente sentencia de la justicia europea y la ruptura que les ha endosado Argel ¿algún mediador, de preferencia árabe, ya que estos países para sus cosas, tantas veces subproductos coloniales, son muy suyos? y presiona a Madrid mediante acciones no fácilmente catalogables, tensando la doble cuerda propia de la emigración y sobre Ceuta y Melilla, amén, desde otro ángulo, de hacer valer su condición de dique ante la omnipresente amenaza terrorista.

La Moncloa, la problemática excede a Santa Cruz, tiene que superar el momento en o bajo mínimos de las relaciones con el vecino del sur y sacar adelante la esperada reunión de alto nivel. Ahí, ante la probada incapacidad del gobierno, se diría indicada la diplomacia regia a fin de conseguir que se sienten las partes, en la seguridad de que constituye el medio más directo, más diplomático, para desbloquear la situación. “Que se sienten las partes” y poco más. Cualquier otra lectura ha de desestimarse de forma taxativa por no profesional, concepto que debería de tener mayor entidad en el campo de los contenciosos.

No conozco el equipo negociador que llevará Madrid, al que me he puesto a disposición, claro. Pero sí he subrayado que será en verdad una operación de alta diplomacia, casi modélica, la que tendrán que sacar adelante Moncloa, Santa Cruz et alii, para compatibilizar el objetivo central de revitalizar y antes de reconducir, los seculares lazos con el añorado Marruecos en su polícroma globalidad, la de mayor complejidad de los países limítrofes, con la firmeza en los principios.

Doble adenda para hispánicos recalcitrantes.

Uno, el titular de Exteriores termina de declarar que lo importante no es si España es potencia administradora; lo importante es que pertenece al Grupo de Amigos del Sáhara. Nosotros creíamos modestamente, seguimos creyendo y creeremos siempre que como ya alguien ha puntualizado, “España es para el Sáhara, algo más que un miembro del Grupo de Amigos”.

Y dos. Amigos marroquíes y saharauis, con los que tanto he hablado y sobre todo escuchado, las imperfecciones, servidumbres incluidas, de la política exterior y las insuficiencias del derecho internacional, parecen abocar indefectiblemente a la realpolitik. Ustedes saben mejor que nadie, que el Sáhara, ese drama cercano a lo inconcebible, sólo se resuelve mediante acuerdo directo de las dos partes, sin terceros, de la mano imperfecta pero actuante de la realpolitik. Y la solución, la fórmula mágica si se prefiere ya que estamos en el mundo oriental, pasa por la partición, la número tres de las cuatro propuestas de Koffi Annan, séptimo secretario general de Naciones Unidas, hace dos décadas. Ni Rabat puede ceder más porque esta vez, a la tercera, el trono no escaparía al golpe de estado. Ni el Polisario aceptar menos: la ofrecida autonomía conllevaría, quiérase o no, el riesgo de irse difuminando la entidad de “los hijos de la nube” absorbida dentro del reino. De la desaparición, a la más corta que larga, de la nación saharaui.

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