mié. Oct 16th, 2019

La Tormenta Perfecta, ¿una alegoría de la Argentina por venir?

Por: Agusitin Dragonetti.

“She`s comin`on boys, and she`s comin` on strong”. Esta fue la última comunicación de radio que realizó William Billy Tyne, capitán del barco pesquero Andrea Gail, antes de ser devorado por una gigantesca ola de más de 30 metros que mandó la embarcación al fondo del Océano Atlántico en octubre de 1991 y que nunca fuera encontrada. La tragedia del Andrea Gail fue plasmada en el libro de Sebastian Junger, The Perfect Storm: A True Story of Men Against the Sea, de 1997, y posteriormente en el film The Perfect Storm, del año 2000, con George Clooney como actor principal.

Por: Agustin Dragonetti. Corresponsal del Diario el Minuto para Argentina

La traducción del mensaje radial del capitán Tyne es: “Ahí viene muchachos, y viene fuerte”. Tyne hacía referencia posiblemente a la ola que finalmente hundió su barco a unos 300 kilómetros al noroeste de la isla Sable, en el límite entre Estados Unidos y Canadá.

Un rápido resumen del suceso del Andrea Gail indica que el capitán William Billy Tyne resuelve salir del puerto de Gloucester, Massachusetts, y cambiar las usuales aguas de pesca del pez espada en cercanías de la isla Sable a una zona llamada Flemish Cap, mucho más alejada. La navegación transcurrió normalmente mientras se formaban dos feroces tormentas, una de origen frío en el continente y otra de origen caliente en las cercanías de la isla Sable, en las costas de Canadá, frente al puerto de Halifax, en Nueva Escocia, sin que los experimentados tripulantes siquiera imaginaran. La fusión de ambas anomalías meteorológicas desata una supertormenta que se interpone entre el pesquero Andrea Gail y la ciudad de Gloucester, Massachusetts. Mientras el pesquero atiborra sus bodegas de los codiciados pescados, el temporal comienza a dar cuenta de yates y barcos contenedores que son castigados por olas de más de 25 m de altura.

Finalmente, el capitán Tyne da el viaje por terminado cuando recibe el mensaje de una colega, notificando acerca de la llamada “Tormenta del Siglo” (una tempestad que absorbió al huracán Grace y que posteriormente se convirtió en un huracán menor al final de su existencia) que se estaba desatando. Capitán y tripulación resuelven afrontar la tormenta sin apreciar la magnitud de las fuerzas que se han desatado en esta, cuya brutalidad echa a pique navíos diez veces superiores al Andrea Gail.

La decisión equivocada se basó en la falla de la máquina de hielo que imposibilitaba una buena conservación de la carga, por lo que se tomó la aventurada medida de bordear la isla Sable e intentar salirse de la zona peligrosa. Cuando el vendaval se abatió sobre ellos, se vieron obligados a pedir auxilio a la Guardia Costera de los Estados Unidos, que envió un helicóptero Sikorsky SH-60 Seahawk para rescatarlos, pero este se estrelló contra el mar por falta de combustible, dejando a los pilotos del aparato que sobrevivieron a merced de la brutal tormenta.

El Andrea Gail, su capitán y sus cinco tripulantes nunca fueron encontrados. Veintisiete años después, en la otra punta del continente, distintas condiciones adversas -y no precisamente climáticas- nos remiten a aquella “Tormenta Perfecta” de 1991…

En un casi furcio, el presidente Mauricio Macri dijo el jueves pasado en una miniconferencia de prensa sin derecho a repregunta: “Estamos enfrentando una tormenta, pero hemos sabido arriar la ban…, las velas”. El presidente argentino por poco no deslizó la frase “arriar las banderas”. ¿Casi una mala pasada del inconciente?

El presidente, durante la conferencia de prensa que brindó en la Quinta Presidencial de Olivos (en la que solo pudieron preguntar 10 periodistas sorteados, de los más de 70 acreditados), no realizó anuncios y solo se limitó a explicar a medias tintas algunos puntos de la requisitoria periodística donde volvió a reiterar su mensaje optimista de cara al futuro. Macri utilizó en ocho ocasiones la palabra “tormenta”, para detallar el actual escenario económico argentino.

Ahora bien, ¿estamos en medio de una tormenta o la tormenta se está gestando a pasos agigantados y el Gobierno argentino está haciendo una pésima lectura de los indicadores socioeconómicos? Los datos económicos y sociales para los próximos meses no son ciertamente alentadores.

A un contexto socioeconómico como el actual -devaluación, inflación, shock tarifario, retracción del mercado laboral, caída del salario real y desplome del consumo-, se le suma el ajuste extra que tendrá que hacer el Gobierno nacional para cumplir con las metas acordadas con el Fondo Monetario Internacional (FMI) de reducir el déficit fiscal al 1,3% en 2019. Esto significa una reducción de $300.000 millones, de los cuales $100.000 millones deberán hacerlo las provincias, para reducir el déficit fiscal de cara al presupuesto de 2019.

Los números rojos que pueden empeorar la tormenta

Si bien es cierto que el kirchnerismo dejó plantadas bombas que finalmente estallaron (la llamada “herencia K”, que incluyó el clásico programa populista de ampliación de subsidios de todo tipo; incremento de los empleos públicos y beneficiarios de planes asistenciales; ampliación en el número de jubilaciones -aun sin haber aportado un solo peso- y pensionados por invalidez , lo que produjo que la actual población económicamente activa de 12 millones de personas deban sostener a 19 millones; destrucción de la matriz energética del país y, ni que decir, una extraordinaria cuota de corrupción y saqueo de las arcas del Estado), también es cierto que el gobierno de Cambiemos no pudo o no supo manejar el desarme de las mismas.

Es más, en algunos casos los empeoró, como fue la ampliación de ministerios, secretarías y subsecretarías, con el consiguiente aumento de funcionarios públicos y partidas presupuestarias que luego, en una verdadera mise-en-scène, el presidente Mauricio Macri se vio obligado a reducir un 25%, en enero de este año. Ese 25% fue el mismo porcentaje de empleados públicos que el Gobierno había ampliado desde que asumió en diciembre de 2015.

La pobreza creció en el primer semestre de este año hasta ubicarse nuevamente en niveles del 30% (cuando finalizó el kirchnerismo, el índice real de pobreza era del 29,7%), el nivel de ocupación laboral cayó fuerte y el poder adquisitivo de la población se derrumbó por el cóctel letal de alta inflación, elevados aumentos tarifarios (servicios básicos y transporte) y devaluación. En síntesis, el bolsillo del argentino se está enflaqueciendo de manera sostenida.

Los números no mienten y son crudos: desde que comenzó el año, el dólar aumentó más del 50% y hoy se ubica en torno a los $28, siendo la moneda argentina la que más se devaluó en el mundo en lo que va de 2018. En este primer semestre se registró una inflación acumulada del 16%, por encima de la meta del 15,7% que marcó el Gobierno nacional para todo el 2018.

¿Cómo se trasladó la inflación y la devaluación a los argentinos? Según el informe del Instituto de Estadísticas y Censos (INDEC), las subas de precios y tarifas se dieron primordialmente en los rubros transporte (5,9%, a raíz de los aumentos en pasajes de trenes y ómnibus), alimentos y bebidas no alcohólicas (5,2%, como consecuencia de la devaluación), salud (4,3%, por aumentos en la medicina prepaga) y equipamiento y mantenimiento del hogar (4%, también causada por la devaluación).

En relación al impacto en los programas de desarrollo y contención social, los beneficiarios de planes asistenciales tales como “Argentina Trabaja” y los que perciben la Asignación Universal por Hijo (AUH) y la jubilación mínima sufrieron un detrimento del 13% y 3% en términos reales, respectivamente, durante el primer semestre del año.

El poder adquisitivo de los trabajadores en relación de dependencia (tanto del sector privado como del público) cayó 2,7% en términos interanuales con el mismo período de 2017. Según el último informe de Barómetro de Deuda Social de la Infancia de la Universidad Católica Argentina (UCA), que midió la situación en 2017, indica que crece de forma persistente la asistencia a comedores infantiles.

Hoy la pobreza en Argentina alcanza al 48,1% de los niños (en el Conurbano bonaerense se registró el mayor índice, que alcanza al 54,2% de los niños): un 17,6% tiene déficit en sus comidas y un 8,5% pasó hambre durante 2017. El informe 2018 de la UCA todavía está en confección, pero se estima que los números podrían ser aún peores que los registrados durante el año pasado

Juan Nápoli, presidente del Banco de Valores y presidente de la firma Nápoli Inversiones, advirtió que la economía “no puede funcionar” con el elevado nivel de tasas de interés de la actualidad y pronosticó que “vienen meses muy duros”. “Veo al empresariado confundido y aturdido por la situación”, sentenció.

Nápoli culpó al Gobierno del aumento del dólar y la consiguiente devaluación de la moneda argentina. “Hace un mes el dólar valía 20 pesos y hoy vale 28. Más allá de la pesada herencia, si vos pasás de 20 a 25 pesos el dólar en una semana es mala praxis”, evaluó Nápoli.

“Espero, como todos, que sea lo menos doloroso posible”, afirmó y señaló: “Tenemos que rezar para que la recesión dure lo menos posible”.

Y por si el país tuviera pocos problemas, los efectos meteorológicos sobre la producción agrícola produjeron una caída en las cosechas de maíz y soja del 18% y 29%, respectivamente. La cosecha de soja, el principal commoditie que exporta Argentina y que le genera enormes entradas de divisas, se redujeron a 36 millones de toneladas, 37% menos que el ciclo agrícola anterior. También la calidad del poroto de soja fue inferior, a raíz de la combinación producida por las persistentes lluvias, el calor inusual y la alta humedad. Esto supuso dos cosas: las exportaciones de soja sin procesar cayeron y, a su vez, Argentina tuvo que importar entre 4 y 5 millones de toneladas de la leguminosa de Paraguay, Brasil y Estados Unidos para la producción local de aceite.

El impacto de la sequía le produjo al país pérdidas por US$ 5 mil millones, es decir, el 1% del PBI nacional.

Ante estas situaciones, el Fondo Monetario Internacional recortó las previsiones de crecimiento económico de Argentina al 0,4% para este año y 1,5% para 2019, en gran parte debido al importante ajuste fiscal acordado dentro del plan de ayuda financiera con el organismo crediticio tras la devaluación del peso en mayo y junio.

El frente de tormenta internacional

A los malos indicadores nacionales, se les suman los internacionales. Brasil, el gigante económico sudamericano y principal socio comercial de Argentina, redujo de 2,5% a 1,6% la previsión de crecimiento de la economía este año, según el informe bimestral de evaluación de ingresos y gastos, divulgado el viernes pasado por el Ministerio de Planificación.

La producción industrial se contrajo en mayo un 10,9%, la segunda mayor retracción de la serie histórica, mientras que el sector servicios, responsable de cerca del 70% del PBI, bajó un 3,8% en mayo, su peor resultado desde 2011.

El Banco Central de Brasil aumentó su perspectiva de inflación para 2018, que subió del 3,60% al 3,65%, porcentaje que continúa por debajo de la meta marcada por el Gobierno, que espera una tasa del 4,5% en este año.

Si bien el fortalecimiento global de la moneda estadounidense provocó la devaluación de varias monedas de países emergentes, ninguna se devaluó tanto como la argentina.

Y si algo nos faltaba, estamos asistiendo a una guerra comercial entre los Estados Unidos y China, las dos principales economías mundiales -a los que sumaron la Unión Europea, Japón, México y Canadá-, cuyas consecuencias hoy no pueden ser vislumbradas con certeza, ya que China está respondiendo con bastante prudencia. Si bien los efectos de una guerra comercial no serían apreciados de inmediato, deprimiría la economía mundial y reduciría la demanda por las exportaciones latinoamericanas.

Afortunadamente, Estados Unidos anunció que eximiría del aumento de aranceles a las exportaciones de acero y aluminio a Argentina, Brasil y Corea del Sur. En el caso argentino, Estados Unidos tiene balanza comercial superavitaria. Un respiro en medio de la tormenta.

Los coletazos de la tormenta

La pésima situación socioeconómica argentina se ve traducida en el derrumbe del optimismo y la confianza de la población (que inicialmente fue muy alto a consecuencia del corrupto gobierno de Cristina Kirchner), y en la caída de la imagen positiva del presidente Mauricio Macri, que según algunos encuestadores llega tan solo al 40%.

Por supuesto, la oposición política (principalemte el kirchnerismo y la izquierda trotskista) y el sindicalismo (tanto el peronista como el de izquierda) apuestan al derrumbe del Gobierno. Su vocación golpista y destituyente es algo propio de su ADN. Y con un Gobierno que no comunica bien -o directamente comunica pésimo-, y condiciones socioeconómicas muy deterioradas, todo el arco opositor se está haciendo un festín con las torpezas de un Gobierno que consideran neoliberal y que gobierna solo para empresarios y millonarios, aunque sea el que mayor inversión social realizó en los últimos 50 años.

Todos, inclusive los mismos funcionarios del Gobierno, consideran que vienen meses muy complicados. Y entre ellos diciembre, el mes más conflictivo en Argentina desde 2001, con los partidos de izquierda, los mal llamados “movimientos sociales”, los sindicatos trotskistas, los estudiantes universitarios y algunos aprovechadores motorizando las protestas sociales de cara a las fiestas de fin de año. De hecho, la gobernadora de la Provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, y la ministra de Desarrollo Social de la Nación, Carolina Stanley, ya han empezado a diagramar acciones tendientes a paliar el descontento social a través de planes de contingencia, como por ejemplo la entrega de bolsones de alimentos.

El país necesita un verdadero piloto de tormentas que no recurra a la fe y el optimismo sobre un futuro promisorio para afrontar los meses por venir y que tenga a mano múltiples opciones para campear la tormenta. Sin embargo, de boca del presidente escuchamos dos frases poco felices. La primera fue el año pasado, cuando un periodista de Bloomberg consultó a Macri acerca de un Plan B en caso que no se acelerara la economía argentina. La respuesta fue contundente: “No hay Plan B”.

La segunda sucedió el viernes pasado. Mauricio Macri realizó por primera vez un vivo en Instagram, donde aceptó responder variadas preguntas enviadas con anterioridad. Pero una respuesta me provocó mucha inquietud. ¿Le gusta ser presidente?, inquirió un usuario de la red social. Cuando esperaba una respuesta tajante, que me generara confianza y determinación por parte del presidente, luego de algunos segundos de silencio todos escuchamos: “Te lo contesto más adelante”… Toda una definición de lo que podría venir.

Parafraseando al capitán Tyne, la tormenta en Argentina viene muchachos, y viene fuerte. Veremos si el presidente toma el timón y conduce el país hacia aguas seguras y elude lo peor de la tormenta. Se los confirmo más adelante…

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