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Las indígenas transexuales que encontraron un refugio en Santuario de Colombia

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En las profundidades de las exuberantes montañas verdes del Eje Cafetero, la región occidental de Colombia llena de plantaciones de café, un singular grupo de mujeres trabaja en los campos.


Cuando estas trabajadoras indígenas emberá acaban su jornada, vuelven a sus residencias. Allí, se maquillan, se ponen joyas y ropa tradicionalmente de mujer que coinciden con su verdadera identidad de género.

Como estas mujeres son transgénero, no son aceptadas en sus propias comunidades. Suelen ser castigadas o las obligan a abandonar sus aldeas, aunque tengan familia e hijos. Pero en estas plantaciones de café, las mujeres dicen sentirse reconocidas por quienes son.

De acuerdo con datos de la Alcaldía de Santuario que “no se tiene un registro exacto sobre el número de indígenas trans que ha llegado al lugar en los últimos años”. Sin embargo, se calcula que al menos 20 de ellas llegan cada sábado al pueblo para gastar en licor, fiestas o maquillaje lo ganado durante la semana recolectando café.

Históricamente, algunas culturas indígenas han reconocido la presencia de dos energías dentro de un mismo cuerpo.

Los indígenas Berdaches de Norteamérica, por ejemplo, aceptaban y honraban a los miembros portadores de dos espíritus: uno femenino y otro masculino. No obstante, los emberá en Colombia consideran antinatural la homosexualidad y rechazan a las personas trans.



Según lo relatan algunas mujeres indígenas trans en entrevista con Univisión, en sus comunidades son castigadas por vestirse o comportarse como mujer. Además, son sometidas a rituales de limpieza en los que las amarran a los árboles durante largas horas y les cortan el cabello, para finalmente expulsarlas del resguardo indígena.

Esto último con el objetivo de evitar la propagación del “flagelo” y librar a la comunidad de posibles desastres naturales o tragedias que puedan ocurrir como castigo a tales comportamientos. 

El objetivo ahora es crear una comunidad propia, algo para lo que necesitan que haya un número de familias que comparten las mismas prácticas y tradiciones. Después tendrán que enfrentarse con la burocracia.



Un camino que saben que puede ser largo, pero que ya han emprendido. Un nuevo hogar para aquellas que fueron expulsadas del suyo.

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