Los cuadros del Museo del Prado que quedaron en Cuba

En noviembre último y en relación con las conmemoraciones del 200 aniversario del Museo del Prado, a celebrar este 2019, a la pregunta de la jefa de Cultura de ABC, al director del Museo ¿cuántas obras tiene el Museo perdidas? responde que muy pocas y en concreto sólo cita que durante la independencia de Cuba allí quedaron 16. La historia es como sigue y así la cuenta Investigart. en Más se perdió en Cuba…, en noviembre del 17, en un bien trabajado, documentado e incisivo artículo (Investigart, Gloria Martínez Leiva, con María Alonso et alii) A solicitud del diputado Manuel Crespo y para la provincia de Santiago de Cuba, al igual que se hacía con otros lugares de la corona de España, el director de la institución Federico de Madrazo, accedió a que se enviaran 16 obras, en 1894, ¨en calidad de depósito¨. Y hacia allí salieron los Juan Pantoja de la Cruz, Matías Gimeno, Guido Reni, Johann Carl Rössler, José de Madrazo, Salvador Martínez Cubells, Rafael Tejeo…El 10 de diciembre de 1898, España, perdida la guerra, en el tratado de París  renuncia a sus derechos y por lo que se refiere a los cuadros, 12 quedaron en Santiago, en el museo Bacardí y 4 han desaparecido, al parecer trasladados a colecciones particulares en territorio norteamericano. Hace poco más de un año, Investigart publica el artículo citado, en el que entre los agradecimientos destaca a Eduardo Puerto, ¨que les recordó la historia¨ y concluye: ¨ El por qué continúan allí las obras es algo que particularmente se me escapa. Entiendo que si el propio museo Bacardí reconoce en sus carteles que sus obras proceden del Prado deberían poder reclamarse pero quizá hay motivos jurídicos que lo impidan. Así pues, parece que definitivamente mucho más se perdió en Cuba… E Investigart prosigue: ¨Nadie ha solicitado su devolución ni se dice nada en España. Simplemente creo que están en un limbo legal y nos gustaría que dejara de ser así. Y se aclarase su status.¨.

Por Angel Ballesteros García

En el verano del 80 se me destinó a Cuba, tras cuatro años y medio en Rabat en los que fui el primer y único diplomático que se ocupó de los 335 compatriotas que quedaron en el Sáhara, a los que censé, siendo felicitado y condecorado también con la orden de Isabel la Católica por tan relevante misión, quizá una de las mayores operaciones de protección de españoles del siglo XX. Fueron tres los años que pasé en la Cuba castrista –parece difícil imaginar que alguna vez haya sido otra cosa- con los interminables, casi eternos crepúsculos azules en el malecón habanero contemplando el Morro desde el balcón de la biblioteca, con los libros y la memoria de María Teresa Velasco, la gran dama a cuyos pies me pongo, donde yo instalé mi despacho, del palacio Velasco, en cuya puerta principal labrada algún que otro cubanito no tenía el menor empacho en miccionar generosamente cuando urgidos por el alcohol ingerido regresaban a sus pobres hogares, con una mirada que a veces me parecía más triste que nublada.

Tras la independencia, quedaron ¿indebidamente? en Cuba una quincena de cuadros de artistas clásicos pertenecientes al museo del Prado. Ya con el castrismo, la embajada de España en La Habana, a requerimientos del museo, solicitó información sobre su paradero sin que el gobierno de Fidel se dignara nunca responder y ello a pesar del inapropiado tono mendicante de alguna que otra nota verbal: “sólo deseamos información”. Sería a finales de los 80, cuando acabé localizando los cuadros en el extremo opuesto de la isla.

En la histórica Santiago de Cuba, con el lacerante recuerdo de la flota patológicamente hundida, cuando había buscado por instituciones y casas particulares y aunque me quedaban aún los museos por visitar,  casi a punto de abandonar, sin más estímulos que los restos del deber y el ánimo gentil de Nenita, la abnegada vicecónsul honoraria que ya  sexagenaria iba vendiendo para subsistir las escasas pertenencias que quedaban en la antigua casa señorial, mientras me narraba  la llegada de Fidel de Sierra Maestra entre el fervor popular, opté por el más próximo e importante, el Emilio Bacardí, el del ron, que en su mecenazgo había formado una institución cultural que alberga la mayor pinacoteca de Cuba y que cuenta con tres salas dedicadas al arte, la historia y la arqueología y culturas precolombinas.

Fue allí, donde, magníficos e ignorados, terminaron apareciendo colgados en una pequeña sala bajo la mención “cuadros que pertenecieron al Museo el Prado”. Los fotografiamos, los lienzos y el cartel e informamos a Madrid, a Servicio Exterior, donde fungía mi viejo amigo el bueno de Silos, Manso como su apellido y como yo le azuzaba ¡Silos Manso! culto y diligente, que nos había enviado un recordatorio sobre los cuadros. Recibí el consiguiente escrito de agradecimiento y aquí concluye el acto primero, que no el asunto por supuesto.

Como podría entenderse y más todavía ante el consenso actual mundial de respeto a la propiedad artística, impulsado feliz, progresiva y nemine discrepante por la UNESCO, que “le siguen perteneciendo”, inicié, ya hace cuatro décadas, más que una batalla, lo que posiblemente hubiera procedido, una escaramuza diplomática muy menor, hoy aún – quiero creer- no concluida. Parece claro que ningún Estado en el mundo actual puede quedarse con obras de arte, con cuadros, que son patrimonio cultural del país expoliado. Las pinturas y más de un museo no tienen nada que ver con los derechos de soberanía y de propiedad –se trata obviamente de otro tipo de propiedad- a los que renunció España en 1898- Es más, como recoge Investigart, en el tratado no se habla de bienes muebles y sí, claro está, de inmuebles.

¿Por qué no se han reclamado los cuadros? ¿Cuál es la razón de que, tras tanto tiempo, ni siquiera se haya pedido la apertura de una negociación por poco prometedora que parezca? ¿Se ha contemplado la posibilidad de compra como salida más factible? ¨ Están en un limbo legal y nos gustaría que dejara de ser así¨, ya se ha visto la rotunda y lógica expresividad  de la conclusión de Investigart.

Hace años que en la abundante propaganda turística cubana, se encuentran numerosas referencias a los “cuadros del Museo del Prado” o a “pinturas europeas procedentes del afamado Museo del Prado de Madrid” o a “valiosos exponentes que pertenecieron al Museo del Prado” o, más raramente, a “cuadros donados por el Museo del Prado”, así como a su ubicación en la planta segunda en el museo del ilustre prócer Emilio Bacardí, que ocupa un espléndido edificio neoclásico en Santiago de Cuba y que es el museo de pintura más antiguo del país. Ya no puede invocarse, por tanto, ningún desconocimiento de su paradero como hace años reflejaba la petición de información de nuestra embajada enfatizando que “sólo se solicitaba información”.

Proseguí con el tema como pude. No era fácil ir a ver los lienzos haciendo los casi mil kms. que separaban La Habana de Santiago, en el extremo opuesto de la isla hacia el oriente, por una carrera en lamentable estado aunque prácticamente sin tráfico dada la escasa cantidad de coches que había en Cuba. El Mercedes CD-1-16 -el 16 es el número que corresponde a la embajada de España- automático, blanco impoluto, pronto sucumbió en aquellas travesías con el motor sobrecalentándose, el chófer desesperándose y los buitres dejándose caer sobre el techo con unos tremendos golpes secos que nos hacían perder la dirección al, en más de una ocasión, resquebrajarse el parabrisas. Luego venía la segunda parte: reparar un coche moderno hubiera sido tarea poco menos que imposible en un país con tamañas falencias pero el ingenio cubano, producto igualmente de la necesidad, era capaz de superar cualquier obstáculo aunque, en cualquier caso, la diligencia en el arreglo estaba en función del impulso financiero.

Con Nenita una de las veces encontré en Santiago a Wilfredo Lam, algunos de cuyos cuadros figuraban en el Bacardí, como lo hacían en todos los museos cubanos. El gran vanguardista, del que se ha explicado que combinaba el surrealismo y el cubismo con el arte caribeño, admirador de Picasso, con cuadros también en el Bacardí, es el pintor cubano que tiene mayor cotización internacional. La circunstancia de haber estudiado pintura en España le llevaba a frecuentar la embajada, donde en una dependencia secundaria colgaba un cuadro suyo, en tonos oscuros y marrones, posiblemente de sus primeros años. Por entonces ya estaba enfermo y su mujer, como se ve en una foto que guardo, le llevaba en silla de ruedas. Poco después, en septiembre del 82, iría a París a morir.

He escrito bastantes páginas sobre los cuadros; los he novelado; los he citado en entrevistas y conferencias; me he dirigido a patronos, a un presidente del Patronato, a más de un director… y hasta los he puesto como caso práctico en el Colegio de Abogados de Madrid, en el cursillo organizado por Favero and Kolschinske, justo la semana pasada. Por mí que no quede, que diría el clásico. Entre las condecoraciones y distinciones que jalonan las paredes de mi biblioteca, en La Serradilla, en la vieja casona familiar de granito rodeada de pinos centenarios, que se van cayendo, desde la que se ven las murallas de Avila, tras cuarenta años al servicio de España, en condiciones no siempre fáciles y en parajes a veces duros aunque con buenas gentes agradecidas, cuyo reconocimiento es el mejor título que se puede obtener – y todavía con alguna que otra batalla profesional abierta como la del Sáhara-  figura, junto con el ¨excelente¨ en el curso sobre Análisis histórico de América Latina del Instituto cubano de Relaciones Internacionales, la encomienda del Mérito Civil que se me otorgó en Cuba. Seguro que en buena parte por los cuadros del Museo del Prado.

Se me antojan palmarios los pasos a dar. Primero, solicitud de devolución con el argumentarlo que corresponda. En su defecto, negociación a la búsqueda de lo que se pueda conseguir. Y en su caso, agotadas las instancias anteriores, proceder directamente a su compra. Da la impresión de que no está el erario cubano, ni parece que vaya a estarlo en el horizonte contemplable, para renunciar a moneda fuerte.

Ahora, no habrá necesidad de recordar que este 2019, marca el 200 aniversario de la fundación de la hoy formidable pinacoteca hispánica, que antaño no gozaba de avalanchas de visitantes y es bien sabido cómo el gran mecenas Francesc Cambó rememoraba que ¨a principios de siglo, XX eran tan pocos los visitantes que muchas veces tan solo nos encontrábamos el marqués de Comillas y yo¨. Qué mejor ocasión que el 200 aniversario para la suerte de los siempre añorados cuadros.