vie. Dic 6th, 2019

Los militares y la Argentina.

Cuando esta nota salga a la luz, sabremos los resultados de las elecciones primarias y también el destino de las Fuerzas Armadas argentinas.

Por: Jorge Alejandro Suárez Saponaro, Director Diario El Minuto para Argentina

En todos los casos: la indiferencia es pública y notoria con algunas excepciones, que más allá de buenas intenciones se basan en meros conceptos voluntaristas, pero de dudosa aplicación ante una dura realidad fiscal y social. Argentina tiene pendiente un debate profundo sobre que hacer con sus Fuerzas Armadas.

El 14 de junio de 1982, con al caída de Puerto Argentino, la batalla de Malvinas terminó con el intento argentino de recuperar las citadas islas de la ocupación británica. La maniobra de repliegue militar, no solo se extendió con la evacuación de las fuerzas en las islas por parte del Reino Unido, sino que acabó con el último gobierno militar y esa maniobra de repliegue continuó a lo largo de décadas.

El gobierno militar, conocido como “El Proceso” por la denominación que impuso la Junta Militar que asumió el poder en 1976 (Proceso de Reorganización Nacional), tuvo consecuencias muy negativas para el país. Deuda externa, una economía en crisis, un sector industrial seriamente afectado por políticas monetaristas y la pesada herencia en materia de derechos humanos.

Torturas a los soldados argentinos en Malvinas.

El gobierno constitucional de 1983, impulsó una serie de juicios para los responsables por los excesos cometidos durante el régimen militar 1976-1983, especialmente por la respuesta que dio el estado ante el fenómeno terrorista que asoló al país en los 70. Este proceso de búsqueda de verdad y justicia quedó inconcluso porque quienes fueron responsables de las organizaciones terroristas que fueron responsables de millares de muertes, no rindieron cuentas como debiera.

La clase política demonizó a las Fuerzas Armadas, comenzó la llamada “desmalvinización” al mostrar a los ex combatientes provenientes del servicio militar, como “chicos” que fueron movilizados a una muerte segura. Una visión de la historia sesgada, donde los responsables de la violencia tanto desde el Estado como de las organizaciones políticas, nunca asumieron realmente sus culpas, generó fracturas y el prestigio militar, de por si deteriorado, quedó en un nivel muy bajo. La presidencia del Dr Alfonsín fue claramente anti militar.

El presupuesto de defensa cayó y esto afectó la operatividad de las fuerzas armadas. El complejo industrial militar, un activo estratégico de alto valor, entró en un limbo y fueron creadas las bases para su destrucción tiempo después. Actos de indisciplina militar, terminaron en una serie de leyes, ligadas a las consecuencias del conflicto interno que vivió la Argentina entre 1960-1978, pero especialmente durante el régimen militar, creó condiciones contrarias a su espíritu. El terminar con una pesada herencia histórica.

En la década de 1990, vinieron indultos presidenciales y compensaciones económicas a quienes eran considerados víctimas del régimen militar. Esto generó un clima de constante reclamo por parte de organizaciones de derechos humanos sobre la revisión de los indultos. Durante casi dos décadas la Corte Suprema tuvo una postura al respecto, considerando constitucional la medida adoptada.

La presidencia del Dr Menem, en nombre de la “apertura económica” y una visión de “pesimismo periférico” llevó al país a cambio de créditos para hacer algo por la economía deteriorada un alineamiento con Estados Unidos. Asimismo fueron alcanzados acuerdos con el Reino Unido, que también tuvieron su impacto para los intereses nacionales a largo plazo. Los políticos empezaron a vociferar que el país no tenía hipótesis de conflicto, a pesar que frente a la Argentina, el Reino Unido desplegó una importante base militar, con una presencia activa de medios navales y aéreos. El alineamiento con Estados Unidos tampoco significó mejoras para las fuerzas Armadas.

Fueron adquiridos material de surplus, entre ellos helicópteros, aviones de patrulla marítima, embarcaciones, aviones de transporte, blindados y aviones caza A4, que fueron modernizados en el país, pero que llegaron con limitaciones en cuanto a su radar (no lo dice este autor, sino fuentes británicas). El gobierno de Menem fue mucho más hostil que Alfonsín en los hechos. Mientras halagaba en público a las fuerzas armadas, organizaba desfiles y los indultos, por otro lado el país desmanteló sus industrias de alto valor estratégico, como la planta de construcción de blindados, la privatización de la

industria aeronáutica, la crisis y cierre de astilleros, cancelación de diversos proyectos tecnológicos y la caída de las inversiones. El servicio militar perduró hasta la muerte del conscripto Carrasco en 1994, que dio origen al servicio voluntario. Esto pone en evidencia que nunca se pensó en serio una modernización y cambio en las fuerzas armadas. El oportunismo político fue utilizado a fondo. Es más durante la campaña de reelección por la presidencia, el menemismo utilizó la finalización del servicio militar obligatorio como un “logro”.

A 25 años de la muerte del conscripto patagónico que marcó el fin de la colimba
El 3 de marzo de 1994, hace 25 años, el joven Omar Octavio Carrasco, de 18 años, un chico modesto, silencioso, nacido en la ciudad neuquina de Cutral Co, se incorporó al Servicio Militar Obligatorio (SMO) en el Grupo de Artillería 161 de Zapala.

Durante la década del 90, a pesar de la modernización en parte de la Fuerza Aérea, esta comenzaba quedarse atrás de sus pares regionales. La Armada tuvo un retroceso aún mayor. La baja del portaaviones, la pérdida de la capacidad anfibia y largo etc, llevaron a una situación crítica desde el plano estratégico. Las fuerzas armadas conservaron el despliegue de 1980, cuando sumaban unos 180.000 efectivos, pero con un presupuesto mucho menor y con menos de la mitad de personal.

El presupuesto, era y lo sigue siendo fagocitado por el pago de retiros, pensiones, servicios sociales y salarios. El servicio militar voluntario no fue acompañado por un presupuesto especial, tuvo que ser pagado de los gastos de operaciones de cada fuerza, con sus consecuencias. En el caso del ejército que precisaba unos 30.000 voluntarios, a duras penas pudo reclutar y pagar 15.000. Dándose la curiosa situación de fuerzas armadas que tiene más efectivos del cuadro permanente que tropa.

En 1998 fue debatida la ley de reestructuración militar, un intento de hacer algo por las fuerzas armadas. Una vez más la política falló. Sin Estrategia Nacional, sin objetivos claros, no se puede hablar de que tipo de fuerzas armadas requiere el país. Mientras tanto Brasil y Chile iban por caminos bien distintos a la Argentina. Especialmente Chile que comenzó con una reducción en materia de efectivos de sus fuerzas armadas, pero compensada con un nuevo despliegue, inversiones en materia de equipamiento y una visión de largo plazo. La ley prometió un fondo de US$ 1.000 millones, que quedó en letra muerta.

El menemismo, dejó otro legado, la venta de armas a Croacia, abiertamente ilegal, que significó que los arsenales fueran vaciados. Las industrias militares prácticamente desaparecieron y solo se limitó a capacidades para producir munición, explosivos, reparaciones. En 1984 el país contó con industria militar de base, comparable a lo que tenía Sudáfrica, Israel, y Corea del Sur. Miremos donde están estos países…y donde la Argentina…

Luego de la crisis de 2001 hubo intentos de cambios, la gestión del general Brinzoni en el ejército, trajo aparejado intersantes acciones como el sistema de incorporación siglo XXI, para atraer a estudiantes y profesionales para ingresar a la carrera militar, recordando a grandes rasgos el RTOC de Estados Unidos (mecanismo por el cual universitarios ingresan a la carrera militar fuera de West Point), la autorización para incorporar helicópteros de ataque Cobra y un nuevo diseño de fuerza. También la Armada gestó el Plan Apolo y desde el Estado Mayor Conjunto nacieron dos programas, que sobre la base de la ley de reestructuración militar, preveia un plan de equipamiento con apoyo de la industria nacional, que hubiera generado nada menos que 28.000 empleos.

Luego de la crisis de 2001 hubo intentos de cambios, la gestión del general Brinzoni en el ejército, trajo aparejado intersantes acciones como el sistema de incorporación siglo XXI.

Todo ello fue tirado por la borda en la gestión de 2003. El presidente Néstor Kirchner, que asume luego que Menem renunciara a la posibilidad de presentarse en la segunda vuelta, escaso de legitimidad, buscó apoyo en sectores de la izquierda. Esto tuvo directa repercusión en su vínculo con los militares.

El país hizo verdadero viaje al pasado, donde todos loa males residían en el régimen militar de 1976-1983. Hábilmente con esta suerte de revanchismo, donde se anularon indultos – algo que consideramos de dudosa constitucionalidad – y fueron reabiertos procesos, que llevó a un sector de la opinión pública, especialmente jóvenes ajenos aquellos años tan difíciles a quedarse atrapados en un debate de cuestiones pasadas. Esto se desarrolló en una política propia del kirchnerismo. La confrontación permanente, la búsqueda de enemigos políticos. Esta estrategia muy hábil les permitió tener base social y distraer a la clase política del debate sobre la realidad del país.

El tema militar quedó sesgado por lo ideológico a niveles casi patéticos – cosa que vivió el autor en la Escuela de Defensa Nacional – que llevó mantener a las fuerzas armadas en un estado lamentable. El mismo despliegue de los 70, un enorme patriomonio difícil de sostener, sin inversiones sustantivas y un una serie de reformas, que no eran más que meros actos voluntaristas, muchas veces al margen de la propia Ley de Defensa Nacional. Brasil y Chile seguían por caminos

distintos. Mientras que la Fuerza Aérea argentina volaba veteranos aviones de combate, los vecinos compraban los modernos F16. La fábrica de aviones, en manos de militante políticos, que se convirtió en un pozo sin fondo, y sin capacidad de producir aviones a escala, era una realidad muy distinta a Brasil, donde Embraer se coronó como un gigante de la industria mundial. En 2015 con el cambio presidencial, la Argentina llegó con fuerzas armadas en un nivel lamentable. Sin aviación de combate, con gran parte de su flota amarrada en el puerto y un ejército que apenas podía llevar a cabo ejercitaciones adecuadas.

El presidente Mauricio Macri hizo grandes anuncios, pero que en la práctica significaron recortes de gastos, la cancelación del contrato de compra de aviones Kfir de Israel. Los recortes de presupuesto, llevaron por ejemplo que no se cumplieran los trabajos de mantenimiento del submarino ARA San Juan, que terminó en el fondo del lecho marino con sus 44 tripulantes. Una vez más como en el menemismo, hubo un discurso conciliador, desfiles, pero la situación siguió siendo la misma. Una vez más el pernicioso discurso que no hay hipótesis de conflicto, las fuerzas armadas hay que buscarles una misión.

Así observamos como en tiempos del kirchnerismo, cientos de militares fueron llevados a las fronteras y comenzó una bajada de línea donde las amenazas a considerar son el narcotráfico y el terrorismo. Incluso fue dictada una Directiva de Política de Defensa Nacional, sin el correspondiente debate estratégico en el seno del Consejo de Defensa Nacional – organismo que nunca se reunió – y como siempre fue consecuencia de un grupo de “iluminados” cercanos al poder de turno.

La tragedia del submarino ARA San Juan, para muchos fue considerada como un antes y un después, La muerte de sus 44 tripulantes, pareció ser el alto precio que debía pagar el país para que su clase política tomara conciencia del estado lamentable de las Fuerzas Armadas. Pero la reacción fue todo lo contrario…indiferencia e incluso el ministro de defensa no dudó en echar responsabilidades sobre los tripulantes perdidos con el buque. Una Comisión Bicameral emitió un dictamen, pero creemos que una vez más la clase política no tuvo el valor de asumir las responsabilidades de dejar a la Nación inerme ante un mundo cada vez más peligroso. Asimismo cabe agregar que la falta de inversión, ha costado muchas vidas a personal militar. , pero pareciera que ello a nadie le interesa.

Mientras que en redes sociales algunos medios aplauden que Argentina compraría – algo que dudamos – cazas ligeros de origen surcoreanos, mientras que los países principales de la región, cuentan con cazas como el Gripen, F -16, Mig 29 o el Mirage 2000. Los países de la región hablan de defensa de sus espacios soberanos, de intereses nacionales. En estas latitudes el discurso es bien distinto. La Armada argentina centra sus inversiones en buques de patrulla para ejercer funciones policiales en el mar, mientras que los vecinos apuestan a comprar fragatas y submarinos. ¿Acaso Brasil, Perú, Chile, Colombia y Venezuela van por la senda equivocada? Creemos que los equivocados, casualmente no son dichos países en sus políticas de defensa. El Reino Unido apuesta nuevamente a tener un poder naval de proyección regional y deja bien en claro sus intereses en el Atlántico Sur. Mientras que Londres moderniza y apuesta, aún en clima de recortes de gastos, a su base en Malvinas. La Argentina pareciera que mirara para otro lado y se niega a ver la realidad.

La Argentina en materia de defensa pasa por dos situaciones. Por un lado por una mentalidad atrapada en el pasado. El Sistema de Defensa Nacional debe activarse y adaptarse a la realidad del siglo XXI. Gastamos lo mismo en defensa que Chile, pero la situación de ellos es bastante distinta a la nuestra. Perú es otro ejemplo, donde sus fuerzas armadas salieron de un largo período de penurias. Estamos ante un mundo multipolar, donde la competencia por el control de espacios de valor estratégicos como de recursos se ha incrementado sustancialmente.

La región no estará exenta de esa competencia. Los mares sin ninguna duda serán el gran campo de batalla a largo plazo, por los recursos allí existentes. No en vano la ministro de defensa alemana – hoy al frente de la comisión de la UE – habló que debería haber un esfuerzo para el desarrollo de un portaaviones “Made in Europe”. Incluso Rusia hizo una importante demostración del poder naval recientemente.

La defensa de los intereses argentinos, exige algo más que cazas ligeros de limitado valor militar, patrulleros oceánicos de origen francés armados con un simple cañón. La defensa del siglo XXI precisa un cambio cultural y mental importante, comparable con el que tuvo la Argentina con la Generación del 80. El ejército formado por un núcleo de veteranos forjados en la dura vida cuartelera y la lucha en la frontera, apoyado por milicias, como de una armada fluvial, fueron reemplazados por fuerzas armadas modernas, con escuelas de formación profesional, una sólida infraestructura y material moderno. Los políticos deben superar el fantasma de la derrota de Malvinas en el ya lejano 1982. Los militares también deben adaptarse a un nuevo contexto y prepararse para el campo de batalla del siglo XXI. Si la dirigencia no está dispuesta a discutir en serio y plantear una verdadera transformación…el futuro de Argentina será muy sombrío.

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