Jue. Jun 4th, 2020

El Minuto

El Primer Diario Social de Chile

Niñas convertidas en esposas

Como la boda era ilegal y secreta, excepto para los invitados, y como los ritos de matrimonio en Rajastán a menudo se llevan a cabo a altas horas de la noche, la tarde estaba ya muy avanzada cuando tres novias de una granja del norte de la India empezaron a prepararse para hacer sus votos sagrados. Se agacharon sobre el polvo, y un grupo de mujeres que sujetaba un sari a modo de cortina virtió sobre sus cabezas agua jabonosa de una palangana. Dos de las novias, las hermanas Radha y Gora, tenían 15 y 13 años, edad suficiente para entender lo que estaba pasando. La tercera, su sobrina Rajani, tenía cinco. Llevaba una camiseta rosa con una mariposa dibujada en el hombro. Una mujer la ayudó a quitársela para el baño.

Los novios llegaron en coche, y se esperaba que lo hicieran muy animados y algo bebidos

Los novios venían de camino desde su aldea, a muchos kilómetros de distancia. Ninguno se podía permitir un elefante ni los tradicionales caballos elegantemente enjaezados, por lo que llegaron en coche, y se esperaba que lo hicieran muy animados y algo bebidos. La única persona del lugar que los conocía era el padre de las dos niñas mayores, un granjero esbelto de cabello gris al que llamaremos señor M.

Al observar cómo los invitados subían por el sendero rocoso hacia las brillantes sedas que, enganchadas a unos pa­­los a modo de toldos, daban sombra, el señor M se sintió orgulloso, a la vez que precavido; sabía que si un policía insobornable descubría lo que estaba sucediendo, la boda podía interrumpirse a mitad de la ceremonia, lo que acarrearía detenciones y vergüenza para su familia.

Rajani era nieta del señor M, hija de la mayor de sus hijas casadas. Tenía los ojos marrones y redondos, una naricilla ancha y la piel del color del chocolate con leche. Vivía con sus abuelos. Su madre se había trasladado a la aldea de su marido, como deben hacer las mujeres casadas en la India rural, y se rumoreaba que su marido, el padre de Rajani, era un bebedor y un mal granjero. Los aldeanos decían que quien más quería a Rajani era el abuelo, el señor M; eso quedaba claro por el modo en que le había buscado un novio de la misma respetable familia que el novio de su tía Radha.

Así no se sentiría tan sola después de su gauna, la ceremonia india que marca el traslado físico de una novia, quien abandona la familia de su niñez para pasar a formar parte de la de su marido. Cuando las niñas indias se casan a corta edad, la gauna tiene lugar después de la pubertad, de modo que Rajani viviría unos años más con sus abuelos. Y el señor M había hecho bien al proteger a su nieta hasta que llegara ese momento, decían los aldeanos, al dejar claro públicamente que estaba casada.

En la India las chicas no pueden casarse antes de los 18 años, pero se hace la vista gorda ante las bodas ilegales

Estábamos en una aldea de Rajastán y era la época del Akha Teejun festival que tiene lugar durante los meses más cálidos de la primavera, justo antes de las lluvias del monzón, y que se considera un momento propicio para las bodas. Contemplamos con tristeza a la pequeña Rajani, de cinco años, cuando comprendimos que aquella niñita que correteaba descalza con unas gafas rosas de plástico sería también una de las novias de la ceremonia de medianoche. El hombre que nos había llevado a la aldea, un primo del señor M, nos había informado sólo de que iba a celebrarse la boda de dos hermanas adolescentes. Esta revelación ya era de por sí muy arriesgada, porque en la India las chicas no pueden casarse antes de los 18 años. Pero las técnicas utilizadas para que se haga la vista gorda ante las bodas ilegales (el silencio de los vecinos, la llamada al honor familiar) se manejan mejor cuando las prometidas han alcanzado al menos la pubertad. Las hijas más pequeñas suelen añadirse a la boda discretamente, sus nombres no aparecen en las invitaciones, y son la segunda o tercera novia no anunciada en su propia boda.

Rajani se durmió antes de que empezara la ceremonia. Uno de sus tíos la sacó de la cuna y la llevó en brazos bajo la luz de la luna hasta donde se encontraban el sacerdote hindú, el hu­­mo del fuego sagrado, los invitados en sillas de plástico y su futuro marido, un niño de 10 años con un turbante dorado en la cabeza.

Las hermanas de 13 y 15 años iban a ser transferidas como mercancías

La reacción de un extraño ante una boda infantil puede ser rotunda: agarrar a la novia, dar un puñetazo a cualquier adulto que intente detenerlo y salir corriendo. Rescatar a la niña a toda costa. En la pared encima de mi escritorio he colgado una foto de Rajani tomada al atardecer, seis horas antes de la boda. Su rostro está vuelto hacia la cámara, los ojos abiertos y despreocupados, ajenos a lo que estaba ocurriendo, con el principio de una sonrisa. Recuerdo que mis propias fantasías rescatadoras estuvieron persiguiéndome aquella noche, por Rajani y por las hermanas de 13 y 15 años que iban a ser transferidas como mercancías requisadas de una familia a otra porque unos cuantos varones adultos habían organizado su futuro por ellas.

La gente que trabaja con cuerpo y alma tratando de evitar los matrimonios infantiles, y de mejorar la vida de las mujeres que viven en so­­ciedades de tradiciones rígidas, son los primeros que rechazan la absurda idea de que el propósito de acabar con este tipo de prácticas sea una empresa fácil. Las bodas forzadas a temprana edad son habituales en muchas regiones del mundo, dispuestas por los padres para sus propios hijos, a menudo desafiando las leyes nacionales, y consideradas por comunidades enteras como un modo adecuado de que una joven prospere cuando las alternativas, especialmente si suponen un riesgo de perder la virginidad con alguien que no sea su marido, son inaceptables.

Las bodas infantiles se dan en cualquier continente, idioma, religión o clase social. Lo normal en la India es que las niñas se prometan a niños cuatro o cinco años mayores; en Yemen, Afganistán y otros países con tasas altas de matrimonios tempranos, los maridos pueden ser hombres jóvenes, viudos de mediana edad o secuestradores que violan primero y reclaman después a sus víctimas como esposas, como se hace en ciertas regiones de Etiopía

Algunos de estos matrimonios son transacciones comerciales: una deuda saldada a cambio de una novia de ocho años, un conflicto familiar resuelto con la entrega de una virginal prima de 12 años. Cuando estos casos llegan a aflorar públicamente, se convierten en noticias que, procedentes de lugares muy lejanos, escandalizan al mundo. El drama de Noyud Ali, una niña yemení de 10 años que se abrió paso sola hasta un tribunal urbano para pedir el divorcio de un hombre de treinta y tantos con el que su padre la había obligado a casarse, generó en 2008 titulares en todo el mundo, y después, un libro, traducido a 30 idiomas: Me llamo Noyud, tengo 10 años y estoy divorciada.

Al margen de los matrimonios concertados, resulta infinitamente más difícil determinar la naturaleza de los males que se causa a estas ni­­ñas

Pero en el seno de algunas de las comunidades en las que las bodas tempranas organizadas por los padres son una práctica común (entre las mujeres de la comunidad de Rajani, por ejemplo, a las que escuchamos las tristes canciones que cantaban a las novias mientras las bañaban), resulta infinitamente más difícil determinar la naturaleza de los males que se causa a estas ni­­ñas. 

Su educación se verá truncada no sólo por el matrimonio sino también por los sistemas es­­colares rurales, que suelen ofrecer una escuela cercana sólo hasta primaria; a partir de ahí hay que hacer un viaje diario a la ciudad en un autobús atestado de hombres. La escuela secundaria que está al final del viaje en autobús puede que no tenga unos servicios privados que permitan a una adolescente cubrir sus necesidades higiénicas. Y la escolarización cuesta dinero, un dinero que las familias guardan casi siempre para los chicos, ya que éstos les reportarán unos beneficios directos más fáciles de medir.

En la India, donde según la antigua tradición la mayoría de las recién casadas abandona su hogar para trasladarse con las familias de sus maridos, el término hindi para referirse a las hijas que aún viven con sus padres es paraya dhan, que literalmente significa «la riqueza de otro».

Recordemos también esto: la idea de que las jóvenes tienen derecho a elegir a sus parejas (escoger con quién casarse y dónde vivir debería ser una decisión personal, basada en el amor y la voluntad individual) sigue considerándose en algunas partes del mundo como una locura ab­­surda. 

En gran parte de la India, por ejemplo, la mayoría de los matrimonios todavía son organizados por los padres. Se considera que un ma­­trimonio fuerte es la unión de dos familias, no de dos individuos. Eso requiere una cuidadosa negociación por parte de numerosas personas mayores, y no debe dejarse en manos de jóvenes que siguen los impulsos pasajeros del corazón.

Por: National Geographic .

es Spanish