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Sinología para Asintomáticos

Descripción y análisis de la economía, la política, la tecnología y la cultura de China dirigido a personas que les interesan estos asuntos, pero que aún no se han dado cuenta de ello.

Por: Sebastián Ianiero | El Minuto de Argentina


Si usted fuera un ciudadano chino que hubiese entrado en estado vegetativo persistente durante varios años a partir de la primera mitad de la década de 1970 y despertado milagrosamente más tarde, en la primera década del siglo XXI, se habría sorprendido con los increíbles avances de China en diversas esferas pero en particular en materia económica.

En este sentido, usted se daría cuenta que ahora vive en un país bastante diferente al que alguna vez conoció durante la era de Mao Zedong. Por consiguiente notaría que China ya no es mayormente un país rural atrasado  (aunque aún existen algunas zonas rurales cuyas poblaciones aún conservan algunas formas de vida que se podrían remontar al siglo XVlll), sino que la actual China vibra al ritmo de los incontables avances científico tecnológicos; posee una creciente infraestructura, una gigantesca producción manufacturera e industria de prestación de servicios de diversas índole incluso turísticos, ha creado importantes instituciones financieras y de crédito, y se ha  incorporado a diversos organismos multilaterales como la Organización Mundial del Comercio (OMC), entre muchos otros, por sólo mencionar algunos ejemplos.

Por su parte, apenas usted despierte y lea algún periódico actual quizás también perciba que la Guerra Fría ha finalizado hace algunas décadas atrás y que aquel orden bipolar existente entre EE.UU.-URSS fue reemplazado por un sistema multipolar donde China ha emergido como una gran potencia económica a nivel mundial con una gran influencia global y sobre las decisiones que toma EE.UU. Y el hecho de que China sea el mayor tenedor de bonos estadounidenses no es un detalle menor cuando el gobierno chino quiere negociar con su par estadounidense sobre diferentes asuntos que afectan sus intereses nacionales.

¿Cómo hizo China para integrarse al mercado mundial?

La respuesta a esta pregunta no es simple, ni existe un total consenso entre los intelectuales al respecto. Sin embargo, se puede afirmar que la economía de la República Popular China (en adelante RPCh) ha pasado a ocupar un lugar de crucial importancia en el sistema económico mundial.

Existe consenso –entre analistas y especialistas internacionales tales como Giovanni Arrighi, Loretta Napoleoni, Henry Kissinger, Oded Shenkar e Ignazio Musu, también entre estudiosos de China como Jacinto Soler Matutes; Eugenio Bregolat, Jorge Malena, Eduardo Oviedo, Xulio Ríos, entre otros- en que la integración de China al mercado global fue uno de los hechos más relevantes de la  historia del mundo de finales del siglo pasado y comienzos del siglo XXI.

La política económica externa de la RPCh es, desde hace unos años, un tema muy estudiado y analizado; sin embargo, aún se está lejos de llegar a un acuerdo explicativo de las razones que influencian el curso de la política económica exterior de China.

En este sentido, Oded Shenkar (2008), en su obra El siglo de China. La floreciente economía de China y su impacto en la economía global, en el equilibrio del poder y en los empleos, afirma que las aspiraciones económicas de China están fuertemente ligadas a sus ambiciones políticas, y esto –dice Shenkar- lo saben muy bien sus gobernantes.

China – continúa Shenkar- se ve a sí misma como una potencia económica emergente y está resuelta a superar cualquier obstáculo que se oponga a esa meta, ya sea reformando su sistema financiero o acelerando la privatización del sector estatal.

Desde que comenzó la reforma en China (1978), se ha seguido un ritmo cauteloso de desarrollo sostenido que se fue incrementando con el paso del tiempo, con el  objetivo de mantener la estabilidad y lograr al mismo tiempo una transformación sostenible macroeconómica, empresarial e individual, sostiene ese autor.

Haciendo referencia al auge económico y al nuevo modelo de desarrollo económico de la RPCh, Xulio Ríos (2012) en su libro China Pide Paso. De Hu Jintao a Xi Jinping expresa que coincidiendo con el comienzo del nuevo siglo, China asistía a un período de florecimiento excepcional, caracterizado tanto por la visibilización del elevado crecimiento de la economía del país desde la adopción de la política de reforma y apertura (1978) como por la intensificación de esa tendencia con índices de dos dígitos, el aumento exponencial de su comercio exterior (alentado por el ingreso a la OMC), de sus reservas de divisas (las mayores del mundo) y de su protagonismo internacional.
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Por su parte, Giovanni Arrighi (2007), en su libro Adam Smith en Pekín. Orígenes y fundamentos del siglo XXI, sostiene que con frecuencia se señala que la expansión económica de China difiere de la anterior expansión japonesa por estar más abierta al comercio y a la inversión extranjera.

Esta observación es correcta –indica Arrighi-, pero no lo es la inferencia que manifiesta que China se ha adherido así a las prescripciones neoliberales del Consenso de Washington, inferencia igualmente habitual tanto entre intelectuales de izquierda como entre los promotores de dicho Consenso.

Estos últimos, dice Arrighi –el Banco Mundial, el FMI y los Departamentos del Tesoro estadounidense y británico, respaldados por medios conformadores de la opinión pública como los diarios Financial Times y The Economist-, han proclamado que la reducción de la pobreza y la desigualdad en la renta mundial, que ha acompañado al crecimiento económico de China desde 1980, puede atribuirse a la adhesión china a sus prescripciones políticas.

Las características del regreso de China a una economía de mercado, según Arrighi (2007), son más acordes con la concepción del desarrollo basado en el mercado que con la concepción marxista del desarrollo capitalista según la cual el gobierno desempeña el papel de comité que gestiona los asuntos comunes de la burguesía y como tal facilita las separación entre productores directos y los medios de producción, así como la tendencia de los acumuladores capitalistas a descargar las presiones competitivas sobre los trabajadores.

Otra visión, sobre las razones que influencian las decisiones tomadas en el ámbito de la política económica exterior de China, es la aportada por Jacinto Soler Matutes (2003) cuando explica el proceso de toma de decisión política en China.

El mencionado autor, en su libro El despertar de la nueva China. Implicaciones del ingreso de China en la Organización Mundial del Comercio, afirma que este proceso ha estado tradicionalmente marcado por confrontaciones a dos niveles: por un lado, entre los partidarios y los detractores de la apertura económica y, por otro, entre la administración central y las regionales o locales.

En China, sostiene Matutes (2003), los principales grupos de presión proteccionistas han estado vinculados a las empresas estatales, en desmedro de los campesinos y los grupos liberales –esencialmente consumidores, empresas extranjeras y empresarios Las características más relevantes son el relativo gradualismo con que el gobierno chino ha llevado a cabo las reformas económicas, y las acciones compensatorias por medio de las cuales se ha tratado de fomentar la sinergia entre el creciente mercado nacional y la nueva división social del trabajo. privados chinos- quienes al ser más numerosos y dispersos no cuentan con un alto grado de coordinación y presión a nivel nacional.

En el segundo tipo de conflicto, Matutes (2003) sostiene que los gobiernos regionales y locales han tratado de potenciar sus respectivas economías, tanto con incentivos al capital extranjero como con desvíos de fondos a empresas protegidas y la frecuente imposición de barreras el comercio intra – regional, en otras palabras, mediante el empleo de un arancel que grava los productos transferidos de una región a otra se logra elevar su precio, hacerlos menos competitivos y en definitiva restringir el ingreso de esos productos provenientes de otras regiones del país que se consideran dañinos para el comercio local.

Un punto de vista diferente es el que aporta Henry Kissinger (2012) quien intenta explicar en su libro China los diferentes razonamientos tanto del gobierno de los EE.UU. como de su par chino en lo relativo a su política económica externa. El mencionado autor señala que los Estados Unidos abordan las cuestiones económicas desde el punto de vista de las necesidades del crecimiento mundial. China, por su parte, considera las implicaciones políticas tanto internas como internacionales. Cuando Estados Unidos – dice Kissinger- exhorta a China a consumir más y a exportar menos, formula su sentencia económica.

En efecto, para China la reducción de las exportaciones significa un aumento importante del desempleo, algo que tiene consecuencias políticas. Curiosamente, manifiesta Kissinger (2012) desde una perspectiva a largo plazo, “si China adoptara el buen juicio convencional estadounidense tal vez reduciría los incentivos que le proporcionan los vínculos con los Estados Unidos, pues no dependería tanto de las exportaciones y podría fomentar un bloque asiático, ya que implicaría una mejora de los lazos económicos con sus países vecinos”.

Así pues, Kissinger (2012) afirma que para alcanzar un entendimiento en materia económica entre los países arriba mencionados se debería comprender que la cuestión fundamental es política y no económica. Tendría que surgir –dice Kissinger- una idea de beneficio mutuo en lugar de las recriminaciones sobre supuestas conductas indebidas.

Esto daría realce a la idea de coevolución y de “comunidad del Pacífico”. Esta comunidad a la que refiere Kissinger, vale aclarar, presentaría relaciones tanto comerciales y financieras, como también políticas y estratégicas. Loretta Napoleoni (2011) en su libro Maonomics.

La amarga medicina china contra los escándalos de nuestra economía, realiza otro aporte teórico importante al destacar cómo influye sobre las decisiones políticas adoptadas en China la imagen que tenían los chinos sobre el actual ex primer mandatario estadounidense, Barack Obama. En este sentido, cabe resaltar, según Napoleoni, que para los chinos y la mayor parte de los asiáticos, la figura del mencionado presidente estadounidense, considerado tiempo atrás el hombre más poderoso del mundo es, a su vez, el símbolo de un país que ha vivido, y continúa haciéndolo, por encima de sus posibilidades.

Es decir, consume más de lo necesario y aporta recursos económicos provenientes de los ahorros de los chinos para financiar incursiones armadas y guerras estratégicas en Medio Oriente.

China por el contrario, dice Napoleoni, gracias a la globalización, es infinitamente más fuerte; pero esto el norteamericano medio no lo sabe, mientras que el público chino lo intuye y le cuesta mirar a Estados Unidos y ver en ese país la superpotencia que era en el siglo XX y lo cataloga más bien como una nación rehén de Wall Street y de los fantasmas neoconservadores del pasado.

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