Mar. Jun 2nd, 2020

El Minuto

El Primer Diario Social de Chile

Un apunte sobre Enrique Larreta, escritor y diplomático

“Diplomática recibe el despacho de manos del Rey que la tuvo en brazos cuando era niña”, recogían varios medios, alguno con fotos, sobre la grata e inédita circunstancia en la octogenaria historia de la Escuela Diplomática.

“Diplomática recibe el despacho de manos del Rey que la tuvo en brazos cuando era niña”, recogían varios medios, alguno con fotos, sobre la grata e inédita circunstancia en la octogenaria historia de la Escuela Diplomática.


Por: Angel Ballesteros, escritor y diplomático | Columnista del diario el Minuto de España.


Tras el acto de entrega de despachos, Felipe VI hizo un aparte con nuestra familia y recordamos que durante su primera visita a Córdoba, en el consulado general de España, mi mujer, cordobesa, le pidió que se hiciera una foto con nuestra hija Sonsoles, que tenía diez meses. Y, ahora, veintitantos años después, le entregaba el título de secretaria de embajada.

Ante la cercanía natural de Don Felipe de Borbón, María Eugenia comentó al entonces Príncipe de Asturias su mayor afinidad ya que también descendía de franceses y que un Vexenat acompañó al derrotado Francisco I en Madrid. La conexión francesa, dominante en la cultura de principios de siglo, simbólicamente englobaría a Enrique Larreta, quien desde París, imbuido de la cultura gala, como tantos patricios argentinos de su época, fue a Avila, donde deslumbrado por la historia de España, que como historiador (fue profesor de Historia, no diplomático de carrera, puntualización quizá tan obligada como inoperante, a quien de la misma manera que a otros de la alta y culta sociedad porteña se le encomendaron funciones diplomáticas, siendo nombrado ministro plenipotenciario (embajador) en París y luego ante la Exposición Universal de Sevilla, y todas las biografías le citan correctamente como escritor y diplomático) bien conocía, escribió La gloria de don Ramiro.

Libro máximo del autor -tan sobresaliente que en alguna ocasión se ha esgrimido su nivel en relación con el resto de su obra, ciertamente menor, para insinuar la posibilidad de un ”negro”, Luis de Répide, pero lo cierto es que Larreta invirtió cuatro años en su confección y no es el único autor de una sola obra- figura entre las novelas cumbres del modernismo hispanoamericano, que une de manera magistral el simbolismo francés con el clasicismo castellano, de la España de la Contrarreforma, del Siglo de Oro, del tan poderoso como atormentado Felipe II y I monarca universal.

Escrita con un deslumbrante estilo barroco,”que incluye palabras castellanas en desuso y galicismos de la élite porteña así como arcaismos de la Pampa”, Larreta era al igual que otros de su generación argentina, un renacentista, con amplia cultura más valiosa por lo inusual en aquellos tiempos, escritor, pintor, ilustró algunos de sus libros, dirigió un película, diseñó el jardín de la Casa Museo Larreta, y en fin, dotado de una gran sensibilidad, que le permitió escribir su obra inmarcesible.

Cuando tuvo lugar el viaje del Príncipe a la “docta”, la ciudad más hispánica de Argentina, que marcó un jalón en la historia de la ciudad y de la colectividad española, la primera familia que ofreció su casa para una recepción fue la de Enrique Larreta, que pusieron a nuestra disposición la estancia de Potrerillos.

Testimoniaron así una vez más su alto e inveterado afecto hacia España, hacia Avila. Su nieto, el arquitecto Ignacio Zuberbuhller Larreta, restauró el casco diseñado por el escritor en 1920, al adquirir la estancia en Alta Gracia, en las Sierras Chicas de Córdoba. Y allí, y más, claro está, en la finca de estilo renacentista español en el barrio de Belgrano en Buenos Aires, hoy Museo de Arte Español Enrique Larreta, perviven sus libros, rodeados por obras de arte hispánico. Y flota el alma clásica abulense, envuelta en música religiosa, desde el retrato que le hizo Zuloaga, con la ciudad al fondo, hasta la grabación en la que lee La gloria de don Ramiro.

Enrique Rodriguez Larreta, descendiente de acomodada familia uruguaya, que procedían del guipuzcoano Acelain, se casó con Josefina Anchorena, una de las familias emblemáticas argentinas, originarios del Baztán, en Navarra, llegados a Argentina a mediados del XVIII, quien heredó el palacio de San Martín, sede de ceremonial del ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, que recibió como regalo de boda la Casa Museo Larreta, y que tanto influyó en el escritor, desde los mismos inicios cuando, tras recorrer Francia e Italia – Larreta al parecer planeaba ser pintor y escribir de pintura- vienen a España donde Josefina tenía gran interés en conocer la obra y la tierra de Santa Teresa.

El matrimonio llega a Avila, en una tarde otoñal, ”!qué suerte haber llegado a Avila en otoño!”, se alojan en la Fonda del Inglés, enfrente de la Catedral, próxima a la calle de la Vida y la Muerte, sobre la que escribiría un libro de sonetos, y Larreta queda impactado por la histórica ciudad, por sus murallas, por sus calles, ”por su alma”. Así nació La gloria de don Ramiro.

PS. En alguna ocasión se ha pedido en Avila un mayor y actualizado realce de Enrique Larreta, “porque Larreta, porque La gloria de don Ramiro, son Avila” y es desde luego quien más ha impulsado culturalmente en tiempos modernos, el nombre de nuestra ciudad por esos mundos de Dios, a ambos lados del Atlántico, en la Hispanidad. Una calle, una placa y casi pare usted de contar, parecen eximir de ulterior comentario. Este modesto apunte quisiera sumarse a la petición.

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