mar. Nov 19th, 2019

Yemen. La Guerra Olvidada

En los medios masivos de comunicación poco y nada se habla de una tragedia humanitaria que es Yemen, que vive una dura guerra hace años, que a semejanza de Siria, intervienen una serie de actores externos, particularmente dos potencias regionales que buscan la supremacía: Arabia Saudita e Irán, que actúan a través de terceros actores estatales y no estatales.

Yemen durante décadas fue un país dividido, el norte en manos de un régimen sin partidos políticos, donde el veterano presidente Saleh ejerció el poder por largos años y el sur, que durante más de un siglo estuvo bajo la órbita colonial británica, se transformó en un estado socialista pro soviético.

 

 

Los cambios con el fin de la guerra Fría, terminó con esta situación y los dos estados, se unificaron. Asi dentro del nuevo estado, quedaron unidos dos realidades distintas, con graves problemas de subdesarrollo y un poderoso vecino, Arabia Saudita, que le preocupa tener en sus fronteras un país con casi treinta millones de habitantes, republicano y con una importante minoría chií, de la rama zaidí, agregándose la existencia de petróleo en zonas disputadas entre ambos Estados y la creciente influencia iraní en la región.  

La crisis sobrevino por el desgaste del presidente Saleh en el poder, los conflictos tribales entre el norte y el sur, y un contexto político explosivo en general.  En el marco de esta crisis – con choques armados y la presencia de la poderosa al Qaeda – Naciones Unidas negoció un régimen de transición de dos años, para garantizar una salida ordenada del presidente Ali Abdalá Saleh en noviembre de 2011, su sustitución por un líder provisional, el vicepresidente Abd Mansur al Hadi en febrero de 2012, y una Conferencia de Diálogo Nacional (NDC, por sus siglas en inglés) concebida para guiar la reforma constitucional antes de las nuevas elecciones al cabo de dos años.

( Revista de Estudio de Política Exterior). Lo que en apariencia era una solución, resultó el “talón de Aquiles”. Los ganadores en principio eran el nuevo presidente Hadi, y su círculo cercano, además de algunas otras personalidades.  Ello fue muy mal visto por sectores juveniles, el influyente movimiento hutí – en verdad se denominan Seguidores de Dios o Ansar Allah – que veían el acuerdo como el triunfo de las elites tradicionales,  y el movimiento al Hirak, que reivindica la independencia, que consideró los acuerdos como una maniobra de las elites del norte para perjudicar al sur. 

En este panorama complicado, el ex presidente Saleh pactó con sus antiguos enemigos, los Huties, para mantenerse vivo políticamente y quien sabe, pretender volver al poder, además de saldar cuentas con sus enemigos políticos.

El caos generado por la competencia de quien controlaba un Estado empobrecido, perjudicó aún más la gente, que veía como la corrupción carcomía la endeble economía del país.  En 2014 la NDC terminó, sin llegar a ningún lado, abriendo las puertas al conflicto armado.  Luego de duros combates, los milicianos huzíes o hutíes, tomaron la capital, Saná. Ese mismo año los hutíes impusieron un acuerdo, que nadie cumplió.

Los combates siguieron alegando que el avance de al Qaeda amenazaba al país. Los intentos de establecer una constitución federalista por parte de Hadi y de conservar como sea el poder, no resultaron y los hutíes formaron un consejo revolucionario.  Hadi retiró la renuncia a la presidencia y desde el sur, en Adén, con apoyo saudita pasó a la ofensiva.

La llegada del rey Salman en 2015,  al trono saudita y muy especialmente su joven y ambicioso hijo Mohamed bin Salman, príncipe heredero y ministro de defensa, lideró una coalición de seis países árabes (todos sunitas) contra los hutíes, temeroso que el país se convirtiera en un bastión pro iraní. Washington hizo la vista gorda.  El bloqueo naval y los ataques aéreos, a pesar que generaron contratiempos a los rebeldes del norte, desencadenaron un drama humanitario, con millares de víctimas.   

Un actor relevante en este conflicto ha sido los Emiratos Árabes Unidos o EAU, preocupados por el poder irani (las célebres ciudades de dicho país, Abu Dabi y Dubai, están próximas a Irán y son blancos potenciales de su poder militar). Este país lideró la invasión terrestre, que desde el punto de vista militar ha sido desastrosa. La guerra está en punto muerto.  A ello se suma las diferencias crecientes entre Arabia Saudita y sus aliados, especialmente los EAU.

El partido Al Islah del presidente Hadi, es una rama de los poderosos Hermanos Musulmanes. Integristas y antimonárquicos, a pesar de verlo como mal menor el rey saudi, Salman, el gobierno de EAU no lo ve igual. En la importante batalla de Taíz, las tropas de este país, permanecieron ajenas a los combates librados por sauditas y el ejército leal a Hadi.

 

 

Los contendientes no pueden imponer una victoria decisiva, a ello se agrega el caos donde el país está en manos de verdaderos feudos controlados por las milicias que responden en cierta medida a dos gobiernos: el de Saleh y sus incómodos aliados hutíes en Saná en el norte, y Hadi en el sur con base en Adén. A ello se une la llegada de elementos del Estado Islámico, además de al Qaeda, que son rivales entre sí. El sur, apuesta claramente por la independencia y busca el apoyo de las monarquías conservadoras del Golfo.

La guerra es un gran negocio para Estados Unidos, los saudíes, empantanados en una guerra de desgaste, precisan armamento moderno y servicios logísticos que se tradujo en contratos de US$ 21.000 millones. Los generosos contratos que Washington autoriza para armar las fuerzas sauditas y de sus aliados, tiene que ver con el apoyo de Riad en su momento en las delicadas negociaciones por el plan nuclear iraní.

Que pronto Trump tirará por la borda, y contribuirá a entorpecer aún más las cosas. La idea de una paz, es algo aún lejano. Consideramos que Arabia Saudita busca a toda costa reducir la influencia política de Irán y tampoco ve con buenos ojos la idea de un estado republicano en el sur, con ciertos tintes democráticos.  

Mientras ambos bandos buscan imponerse de alguna manera, con posturas irreductibles que impiden llegar, por lo menos, a una mesa de negociaciones, millones de yemenitas viven en el marco de una tragedia humanitaria.  “Millones de yemenitas enfrentan hoy una triple tragedia: el espectro de la hambruna, el mayor brote de cólera en un año y las carencias y la injusticia derivadas de un conflicto brutal que el mundo ha permitido que se prolongue y que es completamente evitable. Esta tragedia humana es deliberada y lasciva, es política y se puede detener con voluntad y coraje”, dijo Stephen O´Brien, coordinador de la ONU para Asuntos Humanitarios. UNICEF indicó que 14 millones de yemenitas (de 26 millones) están en riesgo alimentario y donde muere un niño cada diez minutos por causas evitables. Los desplazados suman unos dos millones de personas, que viven miserablemente en campos de refugiados.

La destrucción del puerto de Hodeida, en el norte, limita seriamente la poca ayuda que viene del exterior.  El impedimento por parte de Arabia Saudita de facilitar el ingreso de corresponsales extranjeros limita aún más la información disponible, pero los expertos juzgan que es dramática. Por ejemplo los bombardeos han generado muchas bajas civiles, con tímidas críticas internacionales.

Los daños generados, no solo son a nivel humanitario, sino también un rico patrimonio histórico – cultural está siendo destruido. Yemen es un país con una rica historia milenaria, preciados edificios de siglos y otras construcciones han sido devastadas por los ataques aéreos devastadores, en un intento, sin mucho éxito de hacer mella la moral de los rebeldes del norte.  

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