Salud Mental Urgente Para Salvar a Una Generación
¿Los centros educativos perdieron el alma en el siglo XXI? El contexto de una generación formada en un universo crítico en valores, con racismo, exclusión socioeconómica, supremacía de género y burla por discapacidad física frente a otros compañeros e incluso irrespeto hacia el profesor anuncia ya un tipo de sociedad. Tolerar esta situación que incluye una polarización gobierno-ciudadanía es un factor que perpetúa el desamparo de estos estudiantes. El estremecedor caso de abuso sexual de 10 jóvenes contra un menor en un bus del Liceo Naval de San Borja (distrito residencial de Lima, Perú) advierte que tratar la salud mental y la fractura de la moral humana es un deber ético y político de prioridad A-1.
Por: Gary Ayala Ochoa, director de El Minuto Perú
El aula, concebida como un lugar de aprendizaje y de socialización para el desarrollo, atraviesa una crisis real. Cuando la violencia se normaliza en estos pasillos, el problema deja de ser solo normativo para convertirse en un síntoma de descomposición estructural en sus principios fundamentales. Actualmente, el bullying, no se limita a rencillas comunes. Se ha transformado en el reflejo crudo de un estado psicosocial que refleja desprecio por el origen étnico de las personas, su procedencia regional, capacidad económica, contextura corporal y otros parámetros discriminatorios ejecutados por estudiantes con mentalidad hostil.
Esta preocupante realidad se expande en la impunidad de la indiferencia cotidiana. El acoso sistemático denota una preocupante carencia de empatía elemental específicamente entre un sector de las nuevas generaciones. Las intimidaciones abiertas hacia maestros evidencian una preocupante pérdida de respeto por la autoridad pedagógica que potencialmente puede convertirse en pérdida de respeto contra la autoridad pública, el Estado y toda instancia de la sociedad que estimen que no se somete a su interés particular. Un triste antecedente de esta figura son los insultos y graves amenazas entre políticos, sin consecuencias legales.
La psicología ha demostrado que los adultos o padres son formadores elementales de todo ser social. Sus vacíos, temores, frustraciones y sentimientos adversos pueden influir en las conductas de los hijos quienes pueden cultivar anti-valores de peligrosidad para otros.
Convergencia por la salud mental
Reducir el bullying a un simple tema policial y judicial, constituye un error que desvía la atención del verdadero núcleo del conflicto. La salud emocional de un adolescente agresor y de otro en calidad de agredido no es agenda exclusiva de un ministerio, el problema constituye un deber social para todos. Al promover la concepción ideológica de “libertades” como aborto, transgénero a cualquier edad y “hago lo que quiero” se abandona a los menores al desamparo. La violencia juvenil no es de izquierda ni de derecha, ni de barrio marginal ni de suburbio selecto; es alarma respecto a una sociedad construida por adultos que ignoraron la igualdad humana, el diálogo y la honestidad.
La raíz de estas conductas violentas se anida frecuentemente en afecciones de salud mental no atendidos como depresión, ansiedad o traumas familiares que se canalizan a través de agresividad hacia el prójimo. El adolescente que discrimina u hostiliza suele replicar patrones de abandono emocional o sobreexposición a discursos de odio y carentes de solidaridad desde instancias pre-escuela. La coyuntura requiere pronto de psicólogos, orientadores y de un sistema integral que detecte a tiempo comportamientos de riesgo para evitar que aquellos resentimientos provoquen acciones negativas irrecuperables. Esta atención debe incluir necesariamente a los padres de los estudiantes.
El silencio colectivo
El estremecedor caso de la agresión sexual grupal ocurrida en un bus del Liceo Naval de San Borja, en Lima, donde un estudiante de 16 años fue víctima de parte de sus propios compañeros de colegio (hay seis internados en un centro para rehabilitación socioeducativa) es una consecuencia fatal de ese silencio institucional, del Estado y de la sociedad civil. Muchos padres de familia vestidos de blanco manifestaron su justa preocupación en un plantón pacífico frente al Liceo. Ojalá se tomen medidas para que no vuelvan a ocurrir hechos similares allí, ni en ningún otro centro educativo del país.
Para evitar que historias inhumanas producidas por el bullying se repitan, es imperativo implementar una política nacional basada en el rescate de los valores universales como el respeto a la dignidad de la persona humana, la familia y al Estado de derecho. Los textos académicos deben contener unidades de formación directa para formar ciudadanos saludables mentalmente. Además, se debe contar con departamentos académicos y profesionales especializados para el ejercicio de una óptima convivencia social.
Hacia una responsabilidad compartida
La solución integral exige un compromiso real y coordinado entre el hogar, las escuelas y el Estado. Las familias deben asumir el rol protagónico de educar con el ejemplo y no permitir el cultivo de la discriminación en el seno familiar. Las instituciones educativas, aparte de brindar los protocolos de salud mental rigurosos, deben establecer un acompañamiento sostenido con instituciones públicas y privadas especializadas en la conducta cívica y moral de los estudiantes.
Cuidar la mente de un joven es salvar el futuro de la sociedad. Las aulas no se limpian con discursos políticos, se transforman con el respeto a la dignidad humana. Que el dolor de las víctimas no sea vano, que sea motivo para reflexionar y actuar. Y, no se trata de querer pulverizar a quienes cometen una barbaridad, solo que debe aplicarse la ley rigurosamente.
Pensar en los jóvenes no es solo observar el lado pedagógico, es asegurar que las aulas vuelvan a ser espacios de paz, respeto, protección y trampolín al éxito. Que ningún adolescente vuelva a sentir miedo de acudir al lugar donde debe aprender a construir una mejor sociedad.










