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Del fuentón a la inteligencia artificial: la evolución tecnológica

Cuando casi todo requería tiempo y esfuerzo Hubo un tiempo, no tan lejano, en que lavar la ropa era prácticamente una jornada de trabajo. Nuestras abuelas llenaban un fuentón con agua, muchas veces calentada previamente en una olla. La ropa se enjabonaba a mano, se fregaba sobre una tabla, se enjuagaba varias veces y finalmente …

Cuando casi todo requería tiempo y esfuerzo

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que lavar la ropa era prácticamente una jornada de trabajo.

Nuestras abuelas llenaban un fuentón con agua, muchas veces calentada previamente en una olla. La ropa se enjabonaba a mano, se fregaba sobre una tabla, se enjuagaba varias veces y finalmente se retorcía con fuerza para quitarle el agua. Después venía otra tarea: tenderla al sol y esperar.

Por: Daniel Defant, Director Ejecutivo – DD Consultores Mentor & Consultor | Columnista para El Minuto

Hoy colocamos la ropa dentro de un lavarropas automático, agregamos jabón, elegimos un programa, presionamos un botón y continuamos haciendo otras cosas.

Entre aquel fuentón y ese botón hay mucho más que una evolución del lavarropas. Hay una extraordinaria historia de transformación de la vida cotidiana.

Durante generaciones, una enorme cantidad de actividades domésticas y laborales dependían directamente del esfuerzo humano. Para cocinar había que encender el fuego. Para conservar determinados alimentos se utilizaban técnicas como el salado, el secado o las conservas, porque no existía una heladera eléctrica en cada hogar.

Se barría y limpiaba manualmente. Se cosía y remendaba la ropa. Se calentaba agua para bañarse. Las compras se realizaban recorriendo personalmente los comercios.

La comunicación también tenía otros tiempos. Una carta podía tardar días o semanas en llegar a destino. Luego apareció el teléfono fijo, pero hablar con alguien significaba estar físicamente cerca de aquel aparato. Hoy llevamos el teléfono en el bolsillo y podemos hablar, escribir o realizar una videollamada prácticamente desde cualquier lugar.

La revolución silenciosa de los electrodomésticos

Durante el siglo XX ocurrió una transformación gigantesca dentro de los hogares.

Llegaron la electricidad masiva, la heladera, el lavarropas, la aspiradora, la cocina a gas o eléctrica, la plancha eléctrica, la televisión y muchos otros adelantos.

Cada uno parecía resolver solamente una tarea. Pero, vistos desde la distancia, hicieron algo mucho más importante: liberaron horas de trabajo humano.

La heladera permitió conservar alimentos durante más tiempo. El lavarropas redujo horas de esfuerzo físico. La aspiradora facilitó la limpieza. El automóvil acortó distancias. Y el teléfono comenzó a vencer una barrera que durante siglos parecía imposible: la distancia entre las personas.

Del papel a la computadora

Después llegó otra revolución.

Las oficinas estaban llenas de máquinas de escribir, archivos, biblioratos, fichas, libros contables, calculadoras y enormes cantidades de papel. Una carta que tenía un error podía significar volver a escribirla. Un contador realizaba registraciones que demandaban horas de trabajo manual. Buscar un documento podía significar revisar carpetas enteras.

Entonces apareció la computadora. Y nuevamente ocurrió lo mismo que había sucedido con el lavarropas: una máquina comenzó a encargarse de tareas que antes necesitaban gran cantidad de tiempo humano.

Llegaron los procesadores de texto, las hojas de cálculo, los sistemas administrativos y contables, las bases de datos y posteriormente Internet. La información comenzó a viajar a una velocidad nunca antes conocida.

Del banco en la esquina al banco en el teléfono

Durante muchos años pagar un impuesto, realizar una transferencia o consultar un saldo significaba trasladarse hasta un banco, esperar y realizar el trámite personalmente.

Hoy una operación bancaria puede hacerse desde un teléfono en segundos. Compramos sin entrar a un comercio, pedimos comida sin llamar por teléfono, reservamos hoteles sin visitar una agencia de viajes, compramos pasajes sin acercarnos a una terminal, leemos diarios sin comprar papel y utilizamos mapas digitales que nos indican exactamente dónde estamos.

Llevamos en un pequeño teléfono funciones que décadas atrás hubieran requerido una cámara fotográfica, una filmadora, una calculadora, una agenda, un teléfono, un mapa, una radio, un reloj, una biblioteca y hasta una oficina.

Y entonces llegó la inteligencia artificial

Hoy estamos atravesando otra transformación.

Durante años creamos máquinas destinadas principalmente a reemplazar esfuerzo físico. Ahora estamos creando herramientas capaces de ayudarnos también en determinadas tareas intelectuales.

La inteligencia artificial puede colaborar para analizar información, redactar textos, traducir idiomas, organizar datos, generar imágenes, programar, estudiar alternativas o asistir en procesos profesionales.

Es otro capítulo de la misma historia. Primero buscamos reducir el esfuerzo de nuestros brazos. Después intentamos reducir distancias. Luego aceleramos los cálculos y el acceso a la información. Ahora comenzamos a automatizar también determinadas tareas relacionadas con el conocimiento.

La gran paradoja del tiempo

Si cada nueva tecnología fue creada para ahorrarnos tiempo, surge una pregunta interesante: ¿por qué sentimos que cada vez tenemos menos tiempo?

Nuestras abuelas podían pasar horas frente a un fuentón lavando ropa. Nosotros tenemos un lavarropas automático. Ellas escribían cartas. Nosotros enviamos mensajes instantáneos. Ellas recorrían negocios. Nosotros compramos desde una pantalla.

Sin embargo, muchas veces vivimos apurados.

Tal vez el verdadero desafío tecnológico del siglo XXI ya no sea solamente inventar máquinas capaces de hacer las cosas más rápido. Quizás sea aprender qué hacer con el tiempo que esas máquinas nos devuelven.

Podemos utilizarlo para trabajar todavía más, producir más y consumir más. O podemos utilizar una parte para conversar, aprender, crear, descansar, acompañar a nuestros mayores, encontrarnos con amigos y desarrollar aquello que le da sentido a nuestra existencia.

Del fuentón al algoritmo

Si pudiéramos sentar hoy a una de aquellas abuelas frente a un lavarropas automático, seguramente quedaría maravillada. Pero imaginemos algo todavía más extraordinario: mostrarle un teléfono celular y explicarle que desde ese pequeño aparato podemos ver a una persona que se encuentra a miles de kilómetros, conocer inmediatamente qué sucede del otro lado del planeta, pagar una cuenta, sacar una fotografía, escuchar música, estudiar o conversar con una inteligencia artificial.

Probablemente parecería magia.

Sin embargo, detrás de toda esa evolución existe una constante: el ser humano intentando superar sus propios límites.

Pasamos del fuentón al lavarropas; de la escoba a la aspiradora robot; de la carta al mensaje instantáneo; de la máquina de escribir a la computadora; del mapa de papel al GPS; de la libreta bancaria al dinero digital; de la enciclopedia a Internet; y de buscar información durante horas a poder dialogar con una inteligencia artificial.

Pero existe algo que ninguna tecnología debería reemplazar: la capacidad de emocionarnos, el abrazo, la conversación, la amistad, la experiencia, la memoria y los afectos.

Quizás el verdadero progreso no pueda medirse solamente por la cantidad de tareas que una máquina logra realizar por nosotros. El verdadero progreso debería medirse por lo que somos capaces de hacer los seres humanos con el tiempo que conseguimos liberar.

Después de todo, aquella abuela frente al fuentón y nosotros frente a una inteligencia artificial estamos unidos por la misma búsqueda: vivir un poco mejor.

La tecnología cambió las herramientas, la velocidad y nuestra manera de trabajar y comunicarnos. Pero el gran interrogante continúa siendo profundamente humano:

¿Estamos utilizando todo este progreso para tener más cosas que hacer… o para tener una vida mejor?