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Guerra de Nervios: La crisis de Ucrania

El Minuto | En su momento, Henry Kissinger, sostuvo siempre, que Ucrania debía ser un estado tapón, entre Occidente y Rusia. Los estrategas de la Casa Blanca, hicieron oídos sordos, a los consejos del experimentado ex Secretario de Estado. la OTAN desde la disolución de la Unión Soviética, ha tenido como objetivo avanzar hacia el este, aunque ello implicara un conflicto abierto con Rusia. Una vez más, creemos que la Casa Blanca, está dando pasos en falso.

Por Jorge Alejandro Suárez Saponaro | Director de Diario El Minuto para Argentina

La historia de Ucrania ha estado históricamente ligada a Rusia. Por su posición geográfica, luego de la desaparición del Estado de Rus, las tierras ucranianas han sido escenario de conflicto entre potencias occidentales y Moscú. En siglo XVII, una alianza de ucranianos, tártaros y cosacos, permitió crear un estado independiente, pero el conflicto con los tártaros, lo llevó a un acuerdo de protección con Moscú. El acuerdo entre Rusia y Polonia, como resultado de la guerra entre los dos países, dividió a Ucrania en el río Dniepr, que marcó la historia del país, lo que provocó una diferenciación cultural entre las poblaciones occidentales y orientales. La llamada Gran Guerra del Norte en el siglo XVIII, terminó con la incorporación de gran parte de Ucrania al imperio de los zares. Los llamados “repartos” de Polonia, terminó con el territorio ucraniano controlado por este país en manos del imperio austríaco. Esta historia ha marcado hasta el presente a Ucrania.

El movimiento nacionalista fue intenso y con mayor base en las poblaciones del oeste, que en el este del país, sometidos a un intenso proceso de rusificación. Estas diferencias, quedaron de manifiesto con la caída de los imperios, ruso y austro húngaro, que dieron origen a una serie de estados ucranianos, de vida efímera. En 1921, la República Popular Ucraniana, quedó integrada a la Unión Soviética, siendo agregados a la frontera de la nueva republica soviética ucraniana, los actuales territorios del sur y el este del país, sometidos históricamente a una fuerte influencia rusa

Ucrania, como muchos países que formaban parte de la Unión Soviética, padeció las atrocidades de la dictadura de Stalin. La Segunda Guerra Mundial, trajo nuevos horrores en manos de los alemanes, con su política genocida. Las fronteras ucranianas se vieron expandidas a partir de 1945, como resultado de los cambios fronterizos que afectaron a Polonia y Checoslovaquia. En 1954, razones políticas, llevaron a que Crimea, parte integrante de Rusia desde los tiempos de los zares, fuera incorporada a Ucrania. Durante los 50, el país vivió un intenso proceso de industrialización, que se había iniciado en los 30, interrumpido por la guerra.

Las grandes industrias se desarrollaron en el este del país, teniendo estrechos lazos con Rusia, asimismo, el sector agrícola tuvo una rápida expansión, recibiendo el país el nombre de “granero de la Unión Soviética”. En 1991, Ucrania obtuvo la independencia, no como consecuencia de una lucha o resistencia más o menos intensa como fue el caso de los estados bálticos, sino por la implosión del régimen soviético. La nueva realidad generó expectativas. Las relaciones con Rusia no estuvieron exentas de tensiones, los primeros tiempos, especialmente por el reparto de los medios de la otrora poderosa Flota del Mar Negro de la extinta marina soviética, como la cuestión de Crimea, y el arsenal nuclear que había quedado en manos ucranianas. Superados estos escollos, la política exterior de Kiev estuvo marcada por un delicado equilibrio con Rusia y Occidente. Este breve repaso de la historia, nos permitirá saber las causas profundas de la actual crisis.

Ucrania una independencia por accidente intereses y geopolítica.

El país, como la mayor parte de las antiguas repúblicas soviéticas, estaba – y lo sigue estando – afectado por el azote de una corrupción endémica. En 2005, la debilidad institucional ucraniana quedó en evidencia con la Revolución Naranja. El nuevo gobierno, no exento de polémicas, por corrupción, inició un acercamiento a Occidente, especialmente con el objetivo de incorporarse en algún momento a la OTAN y la Unión Europea, dando las espaladas a una realidad geopolítica e histórica respecto a Rusia. Estas “revoluciones de colores” estuvieron claramente vinculadas a intereses occidentales, como se pudo observar en Georgia. Los estados bálticos, fueron los primeros en abrazar la “causa” occidental, incluyendo su incorporación a la OTAN, algo que Moscú percibió como una verdadera amenaza. Históricamente, la defensa y seguridad de las fronteras occidentales de Rusia ha sido una de las grandes fuentes de preocupación de los líderes rusos, desde tiempos de los zares, unido con la búsqueda de accesos marítimos, que impulsaron en su momento el avance hacia el Báltico y el Mar Negro, no solo por cuestiones de seguridad, sino para impulsar el desarrollo económico de Rusia, y acceder a nuevos mercados, sin ser condicionado por terceros actores.

Rusia siempre ha sido sensible en torno a sus periferias, al respecto el Dr Alberto Hutschenreuter, reconocido académico argentino en materia de relaciones internacionales, nos dice El almirante Alfred Mahan fue uno de los geopolíticos que como nadie supo advertir esta situación geopolítica rusa que combinaba, al mismo tiempo, fortaleza y debilidad: en efecto, Rusia era un poderío terrestre sin igual, pero se encontraba rodeado por poderes marítimos: Inglaterra, Japón, Estados Unidos, etc., que no solamente podían contener sus pulsos expansionistas, sino adentrase desde sus vulnerables periferias (como de hecho ocurrió tras la Revolución Soviética, cuando aún no se había desarrollado el penetrante poder aéreo).

Era evidente que el avance de la OTAN hacia determinadas áreas sensibles para los intereses rusos, iba generar la reacción de Moscú. También cabe agregar la experiencia poco feliz del acercamiento de Rusia con Occidente en los 90. Mientras Moscú de la mano de Yeltsin cedía, los Estados Unidos aplicaron la lógica del vencedor, avanzando sobre espacios, tradicionalmente de influencia rusa/soviética., teniendo como objetivo rodear a Rusia e impedir su resurgimiento como poder regional. La llegada de Putin al poder en el año 2000, significó romper con la política de los 90, que solo fue contraproducente para los intereses de Moscú.

El siglo XXI, significó para Rusia, volver a una lógica geopolítica, que viene de tiempos de los zares, “conquistar para no ser conquistado”. Mejor dicho, una política defensiva, no de carácter estático, sino con una fuerte dinámica, que tiene que ver con el control de territorios o espacios, como mecanismo de defensa avanzada para negar el acceso al espacio propio al adversario. La guerra contra el terrorismo, liderada por Estados Unidos, bajo la presidencia de George W. Bush Jr, con la ocupación de Afganistán, fue una clara amenaza para Rusia. Las endebles repúblicas de Asia Central, fueron objeto de un intento de Estados Unidos de proyectar su presencia. La región del Cáucaso, no fue la excepción. Así observamos una serie de manobras por parte de Moscú: poner fin al conflicto chechenio; un entendimiento con China en materia de seguridad, con la finalidad de evitar que la OTAN avanzara sobre Asia Central, algo que afecta también a los intereses de Pekín; la creación de un sistema de seguridad colectiva liderada por Rusia con antiguas repúblicas soviéticas, y guerra con Georgia, dando un mensaje claro, a quienes quieran avanzar sobre espacios de interés ruso.

En 2014 durante el llamado Euromaidán, donde la sociedad ucraniana se vio dividida entre optar por Rusia o integrarse a la Unión Europea, aunque solo fuera un objetivo difícil de alcanzar, Estados Unidos subió la apuesta y apoyó a los partidarios de firmar el Acuerdo de Asociación con la UE. Hubo graves desórdenes, el presidente Yanukovich, terminó exiliado en Rusia, y el parlamento dictó una ley de Lenguas donde claramente perjudicaba al 40% de la población, que es rusoparlante. Este abismo, abrió las puertas para un conflicto de mayor magnitud. El gobierno interino reprimió con dureza a la movilización de las poblaciones del este, con la nueva ley de idiomas. Los medios occidentales guardaron silencio, pero Rusia tomó nota de lo acontecido. Era una realidad que el nuevo gobierno en Kiev, insuflado de nacionalismo, quisiera desalojar las bases rusas de Crimea. Algo inaceptable desde la lógica de Moscú.

Desconocedores de la historia y geopolítica rusa, los líderes ucranianos, subestimaron la reacción rusa, ante la intención de afectar los intereses de Moscú en su periferia y los vitales accesos marítimos. Crimea y la Ciudad de Sebastopol, ámbitos mayoritariamente rusos, proclamaron su independencia de Kiev y por abrumadora mayoría sus poblaciones pidieron la integración a Rusia. Un golpe maestro, permitió a Moscú recuperar territorios que consideraba que le habían sido arrebatados en 1954, por un capricho de Jruschov. Las poblaciones del este, optaron por la secesión, que terminó en un conflicto armado, y la creación de facto de dos estados, que mantienen las históricas relaciones económicas y culturales con Rusia.

Guerra de nervios.

En los medios occidentales, nos hablan de concentración de fuerzas de Moscú, en la frontera ruso ucraniana. Incluso Estados Unidos ha enviado armamento en apoyo a la presunta amenaza de invasión. Le nivel de discurso, especialmente desde el Reino Unido, Francia, y Estados Unidos es claramente hostil, con amenazas directas. Pero al parecer no todos los socios de la OTAN están de acuerdo, como la Casa Blanca está escalando el conflicto. Prueba de ello, las declaraciones del jefe de la marina alemana, que luego renunció, donde claramente advirtió del grueso error estratégico de buscar un conflicto con Rusia. El presidente de Croacia, Zolan Milanovic, el pasado 26 de enero dijo que en caso de escalada retiraría todas las tropas croatas en Ucrania, en caso de escalada con Rusia, además rechazó la idea que Kiev fuera parte de la OTAN y lo consideró un país subdesarrollado.

El primer ministro croata Anrej Plenkovic, desmintió al jefe de estado croata, con duros términos, y que las tropas de su país, no estaban en Croacia, sino en Polonia, en el marco de unos ejercicios. Dejando de lado la interna que existe en el gobierno croata, pone en evidencia, que no todos los líderes en Europa estén de acuerdo con esta situación.

La concentración de tropas rusas, es una respuesta natural, ante la creciente presencia de la OTAN en los países bálticos, el incremento de la ayuda militar – aún discreta – de dicha alianza militar a las fuerzas ucranianas. Esto obligó’ a la Casa Blanca a sentarse a dialogar con Rusia. Fue el prime éxito obtenido por Moscú a fines del 2021, para un diálogo directo con Washington y debatir sobre la seguridad europea. Otro éxito, que no muchos dicen, que por primera vez desde la unificación alemana de 1990, Estados Unidos se sienta a dialogar sobre seguridad en Europa con Rusia, además de tratar la cuestión de alcanzar algún tipo de acuerdo sobre armas nucleares de alcance medio. Recordemos que Estados Unidos se retiro de este acuerdo, conocido como INF por sus siglas en inglés, durante la presidencia Trump, incrementando el nivel de desconfianza entre la Casa Blanca y el Kremlin. Las condiciones rusas son elevadas, y por ende las conversaciones están estancadas, dado que ha planteado terminar con la extensión de la OTAN hacia el este, no situar armamento ofensivo en Europa que alcance territorio ruso, y retirar infraestructura militar de la OTAN en Europa del Este desde la firma del Acta Fundacional sobre Relaciones con Rusia de 1997.

El nivel de desconfianza es elevado, dado que Estados Unidos en las últimas dos décadas se ha ido retirando de acuerdos sobre misiles, cielos abiertos, y el acuerdo nuclear con Irán. Esto genera incertidumbre en Moscú, lo que lo obliga a pasar a la acción. Pero en el Kremlin, saben que Biden no tiene muchos frentes de tormenta. En el plano externo, debe superar el desastre de Afganistán, con una salida apresurada, que terminó en una contundente derrota geopolítica, y la creación de un foco de inestabilidad, donde actores como China, Rusia e Irán, pasan adquirir una especial relevancia. El conflicto con Ucrania, con el intento de mostrar por lo menos algún tipo de victoria diplomática, reforzaría a Biden y el liderazgo de Estados Unidos frente a sus aliados.

Rusia ha obtenido una victoria política con la reciente crisis de Kazajstán, donde se ha convertido en actor relevante en la seguridad y estabilidad de este gran país de Asia Central. Ahora queda pendiente la crisis de Ucrania, que aunque el grado de optimismo de los lideres rusos sea limitado, el objetivo de esta verdadera guerra de nervios, es evitar que la OTAN despliegue medios militares en dicho país y reduzca la asistencia militar, ganar tiempo, y generar condiciones para debatir sobre medidas de confianza mutua y niveles de certidumbre, especialmente para la vulnerable periferia rusa, donde se encuentra Ucrania.

Los papeles de la UE y Ucrania

Kiev en estos años de conflicto, continúa con serios problemas en su economía, altos niveles de corrupción. La posibilidad de integrarse a la UE, o por lo menos llegar a un acuerdo de libre comercio, genera incertidumbres por los problemas de competitividad que tiene una economía, que no logró adaptarse a los nuevos tiempos. La pérdida del control de la región del Donbas, significó el 15% del PIB y el 25% de la industria. La pérdida de Crimea y Sebastopol, significó nada menos que el 4% del PIB, el 80% de las reservas de petróleo y gas del Mar Negro, además del 10% de la infraestructura portuaria. El sentimiento antirruso ha crecido, fomentado por sectores políticos ucranianos, negando una realidad histórica, dejándose llevar por un nacionalismo, que impide, llevar a cabo, las aspiraciones de integrar en algún momento las regiones separatistas del Donbás. Los líderes ucranianos, por razones internas, están siendo condicionados cada vez más al juego político de Estados Unidos en su conflicto con Rusia. Sin ninguna duda, el negar una realidad geopolítica, histórica y cultural, ha llevado a Ucrania a una situación delicada, y supeditada a intereses externos (Rusia, UE, Estados Unidos), con los riesgos asociados para su estabilidad e integridad territorial. La opción que tiene Kiev, es reconocer su rol de estado – pivote, y asuma una condición neutral.

Algo que percibieron con suma inteligencia en su momento Suecia y Finlandia. Asimismo, el estado ucraniano debe replantear su sistema constitucional, aceptando un régimen especial de autonomías para las poblaciones del este. Posibilidad que aún vemos muy lejanas.

En lo que respecta a la Unión Europea, una vez más es un actor subordinado a la Casa Blanca. El retorno de una postura tradicional de la política exterior de Estados Unidos, por parte de Biden, terminando con el aislacionismo de Trump y sus efectos negativos para los intereses de Washington respecto a sus aliados, ha significado un rol limitado en esta crisis, ante un actor, que tiene un papel importante en la seguridad de Europa. La principal economía de la UE, Alemania, tiene una importante dependencia del gas ruso, como otros países del Este, como Polonia, que llevó a cabo una nueva y costosa conexión con yacimientos de gas desde el Mar del Norte, a fin de reducir la dependencia del gas ruso, y sus derivaciones políticas. Las tensiones crecientes con Bielorrusia, aliado tradicional de Moscú, llevó a que observáramos una nueva edición de una crisis de refugiados. Rusia es una opción, para evitar depender del volátil Próximo Oriente en materia de energía. Otra cuestión, que la UE mira hacia otro lado, son las minorías rusas en los estados bálticos, donde en el caso de Estonia, su situación es compleja, dado que existe una negativa de otorgarles ciudadanía de pleno derecho. El crecimiento del sentimiento de hostilidad a Rusia en Europa, puede derivar en tensiones internas para dichos estados, un as en la manga que tiene Moscú y que pocos consideran. Mal que les pese a muchos, Rusia es un actor clave para la seguridad y estabilidad de Europa, cuestiones asiladas, como la energía, los refugiados, ponen en evidencia el grado de vulnerabilidad de la UE en ciertos asuntos.

La guerra de nervios continúa, Rusia y Estados Unidos, tienen en juego cuestiones vinculadas a su frente interno y razones de prestigio. Estamos ante una partida de ajedrez, donde cada movimiento es fríamente calculado, para evitar males mayores. Un error de cálculo, y los jugadores pueden quedar expuestos a situaciones sumamente delicadas, y con un alto coste político, donde el fracaso no es la opción.

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