Montañismo invernal: las lecciones de Portillo sobre la nieve y la prevención de avalanchas
La reciente tragedia ocurrida en Portillo, en el sector de Laguna del Inca, donde tres montañistas perdieron la vida tras una avalancha, nos invita a reflexionar nuevamente sobre la seguridad en montaña y la importancia de comprender los riesgos que enfrentamos durante nuestras actividades.
Por Pablo Espinosa Guerra | Profesor de Ciencia y Tecnología.
Cuando hablamos de montañismo invernal, muchas veces la conversación se concentra en el pronóstico del tiempo, el equipamiento o la experiencia de quienes participan en una actividad. Todo eso es importante, pero hay algo que considero fundamental desde mi experiencia como instructor: aprender a interpretar las condiciones de la montaña y entender que estas no dependen solamente de lo que está ocurriendo en ese momento.
Los accidentes que lamentablemente conocemos cada cierto tiempo deberían llevarnos a reflexionar sobre la importancia de la formación y la prevención. No se trata de buscar responsables ni de juzgar decisiones sin conocer los antecedentes. Se trata de aprovechar estas experiencias para fortalecer nuestros conocimientos y mejorar la manera en que nos preparamos para salir a la montaña.
El manto nivoso tiene memoria: comprender la nieve y el riesgo de avalanchas
Hay una expresión que utilizamos en montaña y que me parece especialmente importante: el manto nivoso tiene memoria.
¿Qué significa esto? Que la nieve que encontramos durante una ascensión no se formó necesariamente ese día. Es el resultado de lo que ha ocurrido durante jornadas anteriores y, en ocasiones, durante varias semanas.
Una nevada, un período de altas temperaturas, la acción del viento o los ciclos de congelamiento y deshielo van modificando la estructura de la nieve. Se forman distintas capas, algunas más resistentes que otras, y bajo determinadas condiciones pueden aparecer planos de debilidad que favorecen el desencadenamiento de avalanchas.
Por eso, cuando planificamos una actividad invernal, no basta con revisar cómo estará el tiempo el sábado o el domingo.
En mis actividades de formación insisto en la importancia de revisar los antecedentes meteorológicos de los días anteriores. Considerar unas dos semanas de evolución puede ayudarnos a comprender mejor qué ha ocurrido en la montaña, aunque ese período no constituye una garantía de estabilidad ni reemplaza la información nivológica y la evaluación en terreno. Algunas capas débiles pueden persistir durante períodos considerablemente más prolongados.
Hay que observar cuánto ha nevado, si hubo lluvia, cómo se han comportado las temperaturas y, especialmente, qué ha ocurrido con el viento. Este último puede transportar grandes cantidades de nieve de una ladera a otra, formando acumulaciones importantes incluso cuando no está nevando.
La nieve tiene una historia, y parte de nuestra responsabilidad como montañistas es aprender a leerla.
Montañismo invernal: una ventana de buen tiempo no significa que la nieve esté estable
Este es probablemente uno de los conceptos que más me interesa transmitir.
Podemos tener una jornada despejada, sin precipitaciones, con poco viento y temperaturas agradables. Desde el punto de vista meteorológico, puede parecer una excelente oportunidad para realizar una ascensión.
Pero eso no significa necesariamente que el manto nivoso esté estable.
Son dos cosas distintas. Una es el tiempo atmosférico que esperamos durante nuestra actividad y otra es el comportamiento de la nieve que se ha acumulado y transformado durante los días anteriores.
Después de una nevada pueden persistir capas débiles. El viento puede haber formado placas de nieve en determinadas orientaciones y un aumento de temperatura puede modificar las condiciones de estabilidad.
Por eso, siempre debemos distinguir entre una ventana meteorológica favorable y una condición nivológica favorable.
Que tengamos buen tiempo no significa que tengamos una montaña segura.
Y aquí aparece algo que considero esencial: no debemos tomar una decisión solamente porque el pronóstico anuncia sol. Necesitamos comprender qué ha ocurrido antes y continuar observando lo que sucede durante nuestra marcha.
Equipamiento para montañismo invernal: preparar la mochila también es prevención
En montaña invernal, el equipamiento no debería elegirse por costumbre. Cada elemento que llevamos tiene una función y debemos conocerla.
El casco, los crampones y el piolet responden a necesidades específicas de progresión y protección. La vestimenta por capas nos ayuda a regular la temperatura corporal, mientras que los sistemas de orientación y comunicación forman parte de nuestra planificación y capacidad de respuesta ante una emergencia.
Cuando hablamos de terreno con exposición a avalanchas, también debemos conocer el detector de víctimas de avalanchas (DVA), la pala y la sonda. No basta con tenerlos en la mochila: es necesario saber utilizarlos y entrenar periódicamente.
Estos elementos son herramientas esenciales para una respuesta entre compañeros ante un enterramiento, pero no impiden que ocurra una avalancha ni garantizan la supervivencia de una persona alcanzada por ella.
Hay otra práctica que me interesa mencionar y que forma parte de la preparación habitual del equipo: estancar la mochila.
Esto consiste en utilizar una bolsa seca en su interior, donde guardamos elementos propios de la actividad, especialmente aquellos que necesitamos mantener protegidos de la humedad.
Además de ayudar a organizar el equipo y mantenerlo seco, la bolsa puede retener aire en su interior. Sin embargo, esta característica no debe confundirse con un sistema de protección frente a avalanchas ni considerarse una garantía de flotabilidad o supervivencia.
También existen mochilas con sistemas de airbag para avalanchas, diseñados específicamente para aumentar el volumen efectivo de la persona cuando se activan. Son elementos diferentes, con funciones y características propias, y su utilización tampoco elimina los riesgos asociados a una avalancha.
Lo importante es que la preparación de nuestro equipo responda a una planificación consciente. No deberíamos llevar elementos simplemente porque aparecen en una lista, sino porque comprendemos para qué sirven, cómo se utilizan y cuándo pueden ser necesarios.
Aprender a observar el terreno y reconocer las zonas de avalanchas
Otro aspecto que trabajamos durante la formación es la lectura del terreno.
En montaña invernal debemos observar mucho más que la huella que estamos siguiendo. Hay que mirar las pendientes, las orientaciones, las acumulaciones de nieve y lo que existe por encima y por debajo de nuestra ruta.
Las avalanchas de placa se producen con frecuencia en pendientes de aproximadamente 30 a 45 grados, pero también pueden alcanzar terrenos de menor inclinación situados bajo las zonas de desprendimiento.
Por lo tanto, no basta con decir que estamos caminando por una pendiente suave. Debemos preguntarnos qué tenemos sobre nosotros y si estamos atravesando una posible trayectoria de avalancha.
También importa cómo se desplaza el grupo. La separación entre integrantes, la elección de lugares de descanso, el reconocimiento de sectores expuestos y la identificación de alternativas de recorrido forman parte de una progresión responsable.
Y hay algo que nunca debemos olvidar: las condiciones pueden cambiar mientras estamos en la montaña.
Una decisión que parecía razonable al comenzar la jornada debe volver a evaluarse si aparecen nuevos antecedentes. La planificación no es algo que hacemos una sola vez antes de salir; continúa durante toda la actividad.
La formación y el liderazgo en montaña van de la mano
Como profesor de Ciencia y Tecnología, instructor de montaña e instructor de Wilderness First Responder (WFR), considero que uno de nuestros principales desafíos es transmitir conocimientos, pero también desarrollar criterio.
Mi experiencia vinculada a la formación en actividades de montaña y primeros auxilios en zonas remotas refuerza una convicción: las habilidades técnicas son fundamentales, pero deben estar acompañadas de la capacidad de evaluar situaciones, reconocer nuestras limitaciones y tomar decisiones responsables.
Podemos enseñar técnicas de progresión, orientación, uso del equipamiento o interpretación meteorológica. Sin embargo, todo ese aprendizaje debe servir para algo más importante: tomar buenas decisiones.
El liderazgo en montaña no consiste solamente en ir adelante, conocer una ruta o tener más experiencia que los demás.
Un buen líder debe saber escuchar, observar las condiciones, reconocer sus propias limitaciones y estar dispuesto a modificar una decisión cuando las circunstancias lo exijan.
También considero importante que cada integrante de una cordada asuma su responsabilidad. Si alguien observa una condición peligrosa, tiene dudas o siente que sus capacidades están siendo superadas, debe poder expresarlo.
La seguridad no debería depender del criterio de una sola persona. Se construye con preparación, comunicación y responsabilidad compartida.
Y hay una decisión que debemos aprender a valorar: saber regresar.
Suspender una actividad o modificar una ruta no significa que la planificación haya fracasado. Muchas veces demuestra precisamente lo contrario: que fuimos capaces de reconocer las condiciones y actuar en consecuencia.
Prevención de accidentes: aprender antes de que ocurra una tragedia
En prevención hablamos mucho de los accidentes graves, pero creo que también debemos prestar atención a esas situaciones en que algo pudo salir mal y finalmente no ocurrió nada.
¿Cuántas veces regresamos de una montaña diciendo que tuvimos suerte? ¿Cuántas veces interpretamos que una decisión fue correcta solamente porque logramos completar la actividad?
Que no haya ocurrido un accidente no significa necesariamente que hayamos gestionado bien el riesgo.
Es importante revisar nuestras experiencias, conversar sobre los incidentes, reconocer los errores y compartir lo aprendido. No necesitamos esperar una tragedia para mejorar nuestras prácticas.
La montaña nos ofrece enormes oportunidades de aprendizaje, pero exige preparación y respeto por sus condiciones.
Por eso, cuando hablamos de prevención invernal, mi principal mensaje es que debemos dedicar tanto esfuerzo a comprender la nieve, estudiar el terreno y evaluar nuestras decisiones como el que dedicamos a preparar una ascensión.
Conclusión | La experiencia también consiste en saber regresar
El manto nivoso tiene memoria. Nosotros también debemos tenerla, especialmente cuando se trata de aprender de nuestras experiencias.
Al final, la experiencia en montaña no debería medirse solamente por la cantidad de cumbres alcanzadas, sino también por nuestra capacidad de reconocer los riesgos, cuidar a quienes nos acompañan y regresar de manera segura.
Sobre el autor
Pablo Espinosa Guerra es profesor de Ciencia y Tecnología, instructor de montaña e instructor de Wilderness First Responder (WFR), con vinculación formativa a ECSI, de Estados Unidos, y AIDER, de Canadá.
Es director académico de Zapador Andino, proyecto dedicado a la formación en actividades de montaña, primeros auxilios en zonas remotas, gestión del riesgo y prevención de accidentes.
Su labor se orienta al desarrollo de competencias técnicas, la seguridad, el liderazgo y la toma de decisiones responsables en entornos naturales y de difícil acceso.
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