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Bahréin: Un País de Contradicciones en el Medio Oriente


“Bahréin, un pequeño archipiélago en el Golfo Pérsico, ha sido escenario de fascinantes contradicciones a lo largo de su milenaria historia. En este artículo, exploraremos la riqueza cultural de Bahréin, sus antecedentes históricos y su papel en las relaciones diplomáticas de la región”.


El Minuto | En 2020 en el marco de los llamados “Acuerdos de Abraham”, Israel normalizó relaciones diplomáticas con los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin. Este último país, es considerado en varios aspectos como uno de los más “liberales” de la región, dado que el consumo de alcohol está permitido, como la práctica de otras religiones fuera del islam.

El alto estándar de vida, oculta otra realidad, la situación de la mayoría de la población chiita, protagonista de la revuelta de 2011, que terminó en la intervención militar de los países del Consejo de Cooperación del Golfo.

Por Jorge Alejandro Suárez Saponaro | Director de Diario El Minuto Argentina

El Reino de Bahréin, tiene 760 km2 y 1.5 millones de habitantes (46% son nativos). El país es un archipiélago con 50 islas naturales y 33 artificiales. Está ubicado entre Qatar y Arabia Saudita. En el caso de este último está conectado por una serie de puentes de 25 km con Bahréin. 

El país tiene una historia milenaria, que lo conecta con las antiguas civilizaciones de la Mesopotamia y el Indo. La civilización Dilmun, cuyos restos arqueológicos, destacándose miles de túmulos funerarios, fueron declarados Patrimonio de la UNESCO en 2019.  Se estima que en el segundo milenio a.C., en el actual Bahréin, fue sede de la citada civilización.  En los restos encontrados, se destaca el sitio arqueológico Qal’at al-Bahrein, que no solo fue un puerto, sino también un área poblada con su templo.

Esta civilización basó su prosperidad en el comercio y la agricultura.  Los manantiales subterráneos que abastecen la isla, fueron elementos que ayudaron al desarrollo de esta civilización. Su nombre viene de los sumerios.  Las minas de cobre de Omán, le permitieron a Dilmun desarrollarse y tener un rol importante en el comercio de este metal en la Mesopotamia y Siria.

Desde el 1500 a.C al parecer el reino estuvo en manos extranjeras, destacándose los casitas que gobernaban Babilonia.  Asirios y caldeos ejercieron el control sobre el actual Bahréin.  La evidencia arqueológica ha permitido identificar la existencia de tráfico comercial entre Dilmun, y las civilizaciones en Siria, Mesopotamia y el Indo.  La principal actividad el comercio de perlas, lapislázuli, maderas, cobre.

La población estaba claramente influenciada por el mundo mesopotámico, hablaban una lengua     semítica oriental, similar al acadio. Usaban la escritura cuneiforme.  Se conoce poco de la civilización, dado que los investigadores, no hay controversia sobre la ubicación de la capital del reino de Dilmun, como también se sabe muy poco de sus monarcas.

Bahréin fue parte del imperio persa, para luego durante las conquistas de Alejandro Magno, la población, especialmente las clases altas sufrieran un proceso de helenización. Luego vinieron los Partos y el imperio sasánida.  Dado la posición de la isla, el cristianismo en su rama nestoriana tuvo cierto grado de desarrollo al escapar de las persecusiones en el Imperio bizantino. 

El Bahréin preislámico estaba habitado por poblaciones arabizadas, persas y una minoría judía. Algunos autores consideran que la población local, es consecuencia de la arabización de los antiguos habitantes de habla aramea, con aportes persas.  El islam llegó de manera temprana y hacia 628, el gobernante local a instancias del mismo Profeta Mahoma, convirtió el país la fe musulmana.  En el 899, llegaron los qármatas, una secta ismaelita, que proponía una sociedad igualitaria, tomaron la isla y entraron en conflicto con los abasíes que gobernaban el Califato desde Bagdad. 

Las fuerzas qármatas se apoderaron de la célebre Piedra Negra y finalmente fueron derrotados en el 976. En el año 1076, llegaron los uyuníes. En el siglo XIII, el país fue tributario del reino iraní de Ormuz. En el siglo XIV, la isla estaba en manos de una dinastía chiita. A mediados del siglo XV, la dinastía de los Jabrids, que controlaban la región de Al Hasa en la actual costa saudita, controlaron el país.  En 1521, llegaron los portugueses que controlaron Bahréin, por medio de gobernantes persas.  En el siglo XVII, el imperio safávida se hizo presente la presencia persa y con ella, el chiismo duodecimano, declarado rama oficial del islam en la antigua Persia. 

En el siglo XVIII, con el declive de los safávidas, abrió las puertas para la llegada de nuevos actores a Bahréin.  En 1783, el clan Bani Utbah invadió la isla definitivamente, a este clan, procedente de la región del Najd en el interior de Arabia, pertenece la tribu de los Al Jalifa, la dinastía gobernante del país. A partir de este momento, los suníes se convirtieron en la elite gobernante del país.  Los gobernantes, conocidos como “hakim” buscaron la protección tanto británica, persa y otomana, con el claro objetivo de buscar alguien que les garantice estar en el poder.  Los lazos con Persia quedaron rotos en 1868, cuando fue firmado un acuerdo de protección con Gran Bretaña, luego de la guerra con Qatar, que significó la independencia de facto de los Al Thani de los Al Jalifa.  Las tensiones con la población chiita, mayoritaria contra los Al Jalifa y los británcios, terminaron en revueltas, destacándose la de 1895, por su gravedad.

En 1926, los británicos ejercieron un mayor control en los asuntos internos del país, impulsando la creación de la primera escuela de mujeres, la abolición de la esclavitud en 1937 y mejoras en la pesca de perlas, actividad tradicional del país.  En 1927, Persia formalizar su reclamo sobre Bahrein, rechazado por los británicos, lo que no impidió que se enviaran notas de protesta a la Liga de las Naciones. En esta etapa, los británicos fomentaron mayores divisiones entre sunitas y chiitas, agregándose con políticas para delimitar la influencia persa en la cultura local. Incluso fue fomentada la inmigración de árabes provenientes de otros protectorados. 

En 1932, es descubierto petróleo, que transforma la economía del país.  En 1948 las tensiones nacionalistas fueron creciente, y la comunidad judía fue una de las víctimas de los ataques de elementos radicalizados, que obligó a muchos a emigrar a Israel.  En 1957, el sha de Irán, decretó que Bahréin era una provincia persa en el marco de su política de reclamos sobre la isla.  En 1965, un levantamiento nacionalista duró un mes, paralizando la industria petrolera, como consecuencia del despido de empleados locales de la Bahrain Peotroleum Company.

Los británicos preocupados por Irán y sus reclamaciones territoriales, impulsó que los distintos protectorados se unieran en una federación. Esto generó un hondo rechazó de Teherán, al consideraron una solución neocolonial. Finalmente, en 1968, aceptó un referéndum de autodeterminación.  El jeque gobernante Isa bin Salman al-Jalifa, se opuso al referéndum, por temor de perder su poder, aceptó que un grupo de expertos de Naciones Unidas, consultara a sectores representativos de la sociedad sobre un escenario de independencia. El 15 de agosto de 1971 el sha de Irán reconoció el resultado de la consulta llevada a cabo por Naciones Unidas, dando paso al Estado de Bahréin.  La guerra civil libanesa convirtió al país en un centro financiero, agregándose con el boom del petróleo, permitió altas tasas de crecimiento.

La Constitución de 1971, pero el nuevo parlamento controlado por sectores de izquierda entró en choque con el emir Isa bin Salman al-Jalifa, que finalmente ante el rechazo de su proyecto de ley de seguridad del estado. Esta habilitaba al arresto por tres años sin juicio. El Emir ante la crisis institucional optó por disolver el parlamento, implantar la ley de seguridad, crear un tribunal de seguridad con sentencias inapelables, y gobernar de manera autocrática. Los expertos consideran que ahí está la fuente del conflicto interno del país.  La principal fuente de oposición al régimen autocrático del Emir serían los líderes religiosos chiitas, que, en 1979, vieron en el triunfo de la Revolución en Irán, la posibilidad de hacer lo mismo en Bahréin.

El intento de golpe de 1981, a través de una organización de fachada, el Frente Islámico de Liberación, con apoyo del entonces poco conocido Cuerpo de Guardianes de la Revolución iraní, fue frustrado, pero puso en evidencia las tensiones entre la mayoría de la población chiita y la elite sunita.  Las Fuerzas Armadas y agencias de seguridad, como puestos gubernamentales de alto nivel, estaban reservados a la población sunita en desmedro de los chiitas.   

El gobierno de Bahréin, decidió declarar terroristas a diversos grupos radicalizados y otros no tanto, chiitas, por temor que se encuentre la mano de Irán, país que, a pesar del cambio de régimen, mantiene sus aspiraciones como potencia regional y reclamos territoriales de los tiempos del sha. A ello cabe agregar, algo más complejo, que deriva del concepto shu’ubiya, que fue la respuesta de las poblaciones no árabes, al proceso de arabización durante el Califato de Bagdad, especialmente la pugna entre las elites árabes y persas.

Este movimiento buscaba la igualdad de todos los creyentes, más allá de ser árabes o no. Este conflicto fue “exhumado” por Saddam Hussein, el dictador de Irak, a los fines de evitar las simpatías de los chiitas iraquíes por el ayatolá Jomeini, al hacer hincapié que no era árabe y representantes de los disidentes del islam.  Por ende, la pugna de Irán por tener un rol central dentro del mundo islámico, tiene que ver con este conflicto tan antiguo, como complejo, y en este juego, se inserta el pequeño Bahréin.

La “sombra” de Arabia Saudita y la Primavera de 2011

Bahréin, se benefició en parte del recurso petrolero, pero dado que sus reservas se van agotando, obligaron a sus dirigentes a buscar otras fuentes para su economía. En los 90, el reino apostó a un proceso de industrialización, además de convertirse en un centro financiero. En pleno siglo XXI apostó al turismo, lo que ha resultado ser todo un éxito.  Arabia Saudita tiene una influencia política y económica muy importante. Esto viene de vieja data, siendo ejemplo de ello el acuerdo de explotación petrolera de 1958, por el cual el reino bareinita cedió sus aspiraciones sobre el área de Abu Safa -situado sobre la frontera marítima de ambos países- a cambio de la mitad de las ganancias netas de su explotación que quedaría en manos saudíes.

En momentos de baja del precio, Riad ha compensado a su Bahréin los ingresos de la totalidad del área off shore de Abu Safa.  En cuanto a la producción de gas natural, ya no quedan excedentes exportables, dado que es utilizado no solo para comercios, viviendas, sino para las industrias siderúrgica y del aluminio. Por otro lado, el régimen de Manama, para tener legitimidad, ha realizado fuertes inversiones en educación, salud, mejores servicios sociales y públicos, en el marco de un mecanismo de compensación por años de autoritarismo. En tres décadas, se estima que el reino deberá importar este recurso para sostener sus industrias y abastecer la producción de energía eléctrica a su población.

La población chiita debe enfrentar por un lado, la rígida estratificación social, que impide acceso a empleos calificados, están marginados de la toma decisiones del país y un agregado, la competencia de la mano de obra extranjera, que son la mayor parte de la población del país. Sin ninguna duda el reino apoya la llegada de inmigrantes, en la búsqueda de balancear poder frente a la mayoría chiita, que históricamente tiene una relación muy conflictiva con el poder real.  Esta política contradictoria de marginar al 70% de la población nativa, convive con un aperturismo que permite que se llevara a cabo el primer servicio religioso en una sinagoga judía después de 70 años, en 2019, la apertura de iglesias católicas y templos hinduistas.

En 1999, llegó al poder el actual monarca Hamad bin Isa al Khalifa, quién emprendió una serie de reformas, de cierto tinte aperturista, que se materializó en 2002, con el reemplazo del título de emir por el de rey, la apertura de un parlamento. Los cambios incluyeron la liberación de presos políticos, el voto a la mujer, pero el rey se reservó la designación del gobierno y la cámara alta, como contrapeso a la cámara de diputados. Los partidos no están permitidos, pero existen de facto por medio de asociaciones, y la mayoría de la población chiíta – conocidos como baharma – siguió excluida de los servicios de seguridad, fuerzas militares y altos puestos de dirección del país.

Entre 2012-2021, casi un millar de bareinitas chiitas fueron despojados de su ciudadanía, mientras que, por otro lado, se crean facilidades para que ciudadanos árabes sunitas, obtengan la ciudadanía tras 15 años de residencia, que se amplía a 25 años, para otras nacionalidades. Un aspecto poco tratado, es el empleo de extranjeros en las fuerzas armadas y de seguridad.  Por ejemplo, la Guardia Nacional, una suerte de gendarmería, recluta personal no solo entre la minoría sunita, sino de gentes provenientes de Pakistán, Jordania, Siria, Yemen, Arabia Saudita. Personal de origen extranjero, especialmente de Pakistán, provee personal a la Policía, especialmente unidades antidisturbios, también en su momento hubo sospechas que antiguos cuadros del ejército iraquí, fueron reclutados para las estructuras de seguridad y defensa local.

El aparato de seguridad local, tiene a la Agencia Nacional de Seguridad, como un organismo, destinado a llevar a cabo operaciones de inteligencia interior, cuenta con amplias atribuciones y no rinden cuentas al parlamento, sino al Consejo de Defensa, presidido por el rey. Sus integrantes tienen inmunidad judicial y solo pueden ser sometidos a la justicia militar. Algo que es muy poco frecuente. Cuenta con su brazo ejecutivo, el Comando de las Fuerzas Especiales de Seguridad. Este organismo, está nutrido básicamente por personal extranjero.

Las tensiones latentes explotaron en 2011, mucho más violentas que en otros países de la región.  El temor que detrás de ello, estuviera la larga sombra de Teherán, motivó la intervención armada de Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. En una primera instancia los reclamos eran de carácter social y económico, para luego imponerse el problema de base del país, la cuestión sectaria.  La intervención, no era para restablecer el orden en Bahréin, donde el ejército local asumió un rol central en la represión de las protestas, sino por su valor estratégico.  En el reino, tiene base la Quinta Flota de la Armada de los Estados Unidos, además el 33% del petróleo destinado al mundo, pasa frente a las costas de Bahréin. Que dicho país caiga en manos de un régimen a imagen y semejanza como Irán, es inadmisible para los saudíes y sus aliados, incluyendo Estados Unidos.

El gobierno de Manama, históricamente ha tenido una política pro occidental, firmemente alineada a Washington. Esto se ha materializado en el plano militar, dado que las fuerzas armadas locales operan con sistemas de procedencia estadounidense, como los modernos F16 o la única fragata que tiene la marina bareinita, que pertenece a la clase O.H Perry. En 2014, Bahréin, apoyó la coalición internacional contra el siniestro Estado Islámico. Respecto a sus relaciones con Riad, los vínculos son muy cercanos. En 2015, Bahréin apoyó la intervención saudita en Yemen y en 2017, el bloqueo a Qatar. La relación con este último país ha sido históricamente compleja, por disputas territoriales de las islas islas Hawar, Fasht Al Azm, Fasht Dibal, Qit’en Jaradah, y Zubarah.  La Corte Internacional de Justicia finalmente puso fin a la disputa el 16 de marzo de 2001, otorgando a Bahréin las Islas Hawar Qit’at Jaradah y Fasht al Azm. Qatar recibió Zubarah, Fasht Dibal, y la Isla de Janan. Recién en 2019, fueron reabiertas las embajadas en ambos países.

En 2020 en el marco de la crisis COVID, el gobierno fue objeto de críticas por medidas severas para aplicar normas de confinamiento y libertad de movimiento. El sistema de salud respondió bien, pero la economía se vio afectada, dado que los planes de austeridad, dado el creciente déficit fiscal, quedaron en un segundo plano. A pesar que no es una potencia petrolera como sus vecinos, el oro negro aporta el 80% de su economía, especialmente en materia de refinación y productos derivados. Los sectores más dinámicos son las tecnologías de información, turismo, servicios y finanzas. El sector bancario es uno de los pilares de la economía y el considerado un centro confiable para los inversores. En los últimos años se ha impulsado el libre comercio, facilidades para las inversiones extranjeras directas. El nivel de informalidad del sector laboral abarca una tercera parte de la fuerza de trabajo, generalmente son extranjeros.

En 2020 la justicia local condenó a 51 personas, entre cinco años a cadena perpetua, por una serie de actos de protestas, además de ser acusados de participar en acciones más violenta con apoyo del Cuerpo de Guardianes de la Revolución iraní.  El aceitado sistema represivo de Bahréin, ha logrado marginar a la oposición chiita, desarticularla, quedando reducida a protestas de pequeña escala, incapaz de llevar a cabo la movilización de 2011.

El régimen saudita tiene un papel relevante en la estabilidad de Bahréin, dado que forma parte desde la visión de Riad, una pieza clave en su confrontación con Irán. A pesar de los graves problemas que atraviesa el régimen de Teherán, como consecuencia de las sanciones internacionales, su plan nuclear es motivo de preocupación.  Los iraníes cuentan con un programa balístico muy desarrollado y una estrategia de defensa, que incluye el control directo o indirecto de actores desestabilizadores en la región, ya sea por medio de milicias, como grupos terroristas. El gran miedo de los regímenes árabes conservadores, son las población chiitas, marginadas y oprimidas, que puedan ser utilizadas por los bien entrenados agentes iraníes, para promover revueltas y maniobras desestabilizadoras. Esto ha impulsado a una intensa represión, que de alguna manera es funcional a la estrategia de los ayatolás, de convertirse llegado el caso, en opción para los descontentos.

La crisis de Ucrania, ha llevado a Estados Unidos a dejar en segundo plano la cuestión de Irán. Esto impulsó a Israel a tomar la iniciativa y de manera muy pragmática, promover medidas de acercamiento, que tuvieron sus frutos en los Acuerdos de Abraham, destacándose los casos de Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos. Esto sin ninguna duda mejora la imagen del régimen de Manama, frente a Estados Unidos, el principal interesado, junto con los saudíes, que la familia Al Jalifa siga en el poder, dado que el país tiene un rol importante en la estrategia de seguridad de la Casa Blanca, al contar con importantes bases, entre ellas las instalaciones de la Quinta Flota.

El Reino Unido en 2018, luego de haberse retirado de la región en 1971, regresó y firmó un acuerdo para la instalación de una base naval. Incluso como muestra de la relación cercana, la Marina Real transfirió el patrullero de altura HMS Clyde a la Armada de Bahréin.   Israel también ha firmado acuerdos en materia de seguridad y defensa. El reino, tiene una posición privilegiada, apenas 200 km lo separan de Irán. Es otras palabras es un gran “puesto de vigilancia” para los israelíes.

La política exterior del rey Hamad, ha permitido, mantener estrechos lazaos con potencias regionales, el Reino Unido y Estados Unidos, para preservar su régimen. Es un país contradictorio, por un lado buenas prestaciones de salud, educación, desarrollo económico, mayor libertad religiosa que sus vecinos, mejor situación de la mujer, en comparación con los saudíes o cataríes, conviven con un régimen autoritario, donde la toma de decisiones está en pocas manos y a puertas cerradas y un poderoso aparato de seguridad, que tiene como objetivo mantener neutralizada a la población chiíta, completamente marginada y discriminada, lo que generará siempre tensiones, ante la negativa de cualquier apertura democrática.

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