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Argentina, entre el realismo mágico y los “espejitos de colores”

El Minuto | El 19 de noviembre de 2023, Javier Milei, ganó la segunda vuelta en las elecciones presidenciales. No cabe duda que el apoyo brindado por el ex presidente Mauricio Macri fue clave. El electorado argentino, canalizó su enojo por la gestión de la coalición Unión por la Patria, apoyando un candidato, completamente ajeno a la política de los grandes partidos, no exento de polémicas.

Por: Jorge  Suárez Saponaro | Director de El Minuto de Argentina.

El nuevo mandatario, genera en sectores políticos y sociales, más que nada incertidumbre, al carecer de estructuras políticas suficientes para hacerse con el gobierno, lo que lo lleva a estrechar lazos con Mauricio Macri, el gran ganador de estas elecciones.

Explicar la política argentina, resulta complejo, dada las peculiaridades de la cultura e idiosincrasia del país. Un ejemplo, de ver este comportamiento volátil, exitista, que pasa del triunfalismo al derrotismo extremo, lo tenemos en la crisis de Malvinas de 1982.  El histórico 2 de abril de aquel año, cuando el régimen militar anunció la recuperación de las islas citadas, fue recibido por una movilización espontánea de miles de argentinos. La euforia inundó al país. Horas antes, el gobierno había ordenado una dura represión a la primera protesta de los sindicatos – de carácter abierto – en la Plaza de Mayo, ante las consecuencias de la política económica, de tinte monetarista y favorable a intereses del sector agroexportador, que generó una crisis en la industria argentina, del cual nunca podrá recuperarse. Aquel pueblo eufórico, el 14 de junio de 1982, al conocer la caída de Puerto Argentino, bramó por la salida del gobierno militar y quienes participaron de la guerra, fueron condenados al ostracismo.

1991-1999. El primer experimento neoliberal.

En 1983, la euforia de millones, luego del triunfo del Dr. Alfonsín como presidente, en poco tiempo se transformó en enojo. Quienes aplaudieron, pronto le dieron la espalda. El oportunismo político, impidió generar consensos para crear un gobierno de unidad nacional, usual en los países, donde padecieron regímenes dictatoriales. El país terminó en una crisis inflacionaria y con la salida anticipada del gobierno. 

El gobierno del Dr. Menem, sin definiciones claras en lo económico, adhirió a los mentores ideológicos del llamado “neoliberalismo”, y muchos de los cuáles, estaban influenciados por el intento fallido del Dr. Martínez de Hoz en el régimen militar.

El resultado fue el plan de convertibilidad, estabilizando la moneda, quedando en paridad con el dólar – ilusión que se vendría abajo en 2001- con una política de privatizaciones, desregulación y la llamada “reforma del Estado” sin atacar los males de fondo: la mala gestión de los recursos públicos y niveles de corrupción de vértigo. 

La incapacidad de emitir dinero, los problemas de recaudación fiscal, y otros factores, llevó al gobierno apelar al endeudamiento externo.  Al respecto cabe agregar lo que nos dice el Dr. Emilio Magnaghi: Más concretamente, en el período 1991/2000 la política fiscal arrojó un déficit promedio anual de 4,1% del PBI, con un total acumulado de 108.634 millones de pesos/dólares. En forma paralela, se adoptó una política de endeudamiento que llevó la deuda externa pública de 45 mil M de dólares en 1989 a 145 mil M en 2000.  

(Ver. https://deyseg.com/analysis/964).

El incremento de los costos productivos, resultado de las recetas del gobierno, llevó a la crisis del sector industrial, incapaz de competir con productos importados. El desempleo trepó al 20% y la herencia fue una pobreza estructural del 25%.  Sectores como servicios, finanzas, y el agroexportador, se vieron beneficiados. En las elecciones de 1995, el “modelo” como era llamado el proceso económico iniciado en 1991, tuvo su prueba de fuego.  Así triunfó el voto “cuota” dado que el temor a una devaluación, generaría serios problemas a sectores medios, endeudados en créditos para comprar viviendas, automotores, la decisión de ratificar al Dr. Menem en el gobierno.

El atraso cambiario trajo aparejada caída del poder de compra, especialmente a los sectores populares, caída del empleo, agregándose, la nota citada del Dr. Magnaghi: En mayo de 1991, a un mes de iniciado el plan, la pobreza en la ciudad de Buenos Aires y zonas aledañas del conurbano bonaerense era de 28,9%. Al terminar el régimen de convertibilidad, diez años después, la cifra era del 35,4%.

El “espejito de color” de la convertibilidad, era una realidad que tenía un final. El déficit fiscal, especialmente para sostener los subsidios a empresas privatizadas de servicios públicos, el sistema de seguridad social, afectado por el régimen de jubilaciones privadas, era financiado con deuda externa.  En el período entre los años 1991 – 2000 la política fiscal arrojó un déficit promedio anual de 4,1% del PBI. El total acumulado en dicho período fue de 108.634 millones de pesos/dólares.  La política de endeudamiento, llevó la deuda externa de US$ 45.000 millones a US$ 145.000 millones en el 2000. Por cierto, esto no se tradujo en la modernización de infraestructuras o inversiones en políticas de desarrollo. El desempleo, la pobreza, que apenas tenían un régimen de contención, con los famosos “planes trabajar”, resultado del famoso “piquete” llevado a cabo por trabajadores desempleados en Cutral Co.  Estos son detalles, que los nostálgicos de los 90, parecieran querer olvidar.

El gobierno de la Alianza, liderado por el Dr. Fernando de La Rúa, el primer gobierno de coalición de la historia argentina, formado por la Unión Cívica Radical y la coalición de centro izquierda, Frepaso, siguió aferrado a los “espejitos de colores”. La conflictividad social era una realidad, y el gobierno, llamó al Dr. Domingo Cavallo, el “padre” de la convertibilidad, para darle aspirinas a un enfermo terminal.  El resultado, la crisis de 2001 y el inicio de una transición, que derivó en el krichnerismo, proceso político que controló los destinos de la Argentina entre 2003-2015.  El crecimiento exponencial de los planes de asistencia social y empleo público, eran la respuesta a un país, que generaba empleo de mala calidad e informal. Una vez más los “espejitos de colores” bajo el amparo del célebre “relato”, sobre el crecimiento a “tasas chinas” y una negación de la realidad, especialmente ante el crecimiento de la criminalidad urbana, los problemas habitacionales. En los últimos años, los planes de asistencia se duplicaron.  El gobierno convirtió este escenario en una poderosa estructura clientelar, como los gobernadores, utilizaron la expansión del empleo público, para garantizar lealtades.  

La expansión explosiva del gasto público, serios problemas de gestión, que desaprovecharon miles de millones de dólares de superávit fiscal.  No hubo políticas de desarrollo, la corrupción estuvo a la orden del día, y el estilo de hacer política, creando adversarios reales o ficticios terminó en un clima de crispación y hartazgo. Esto se tradujo en la creación de centro derecha Cambiemos, que llevó a Mauricio Macri a la presidencia.

Los años perdidosEl cansancio de la sociedad frente al “relato”

El nuevo gobierno también estuvo teñido de realismo mágico y espejos de colores. La sociedad exigía mejoras rápidas en su situación. Especialmente en materia de inflación, empleo y seguridad. Desde Cambiemos señalaban que esto podía darse rápidamente.  Por razones políticas, no fue expuesto la situación heredada y fue explotado por la oposición kirchnerista. La decisión del gobierno de polarizar con el kirchnerismo, fue una clara maniobra para encubrir falencias propias. El gobierno de Cambiemos se aferró a una serie de “espejos de colores” como “la inserción en el mundo”, la “lluvia de inversiones”, además de sostener al ministro Dujovne, que claramente había fracasado en la gestión económica. 

En 2017, la sociedad apoyó en las elecciones parlamentarias la gestión del ingeniero Macri, pero en el marco de “polarizar” o buscar un adversario, permitió que la ex presidente Cristina F. de Kirchner, recuperara su papel en la política, aglutinando a corrientes críticas de la gestión de Macri, a pesar que no hacía mucho, bregaban por que fuera al banquillo de los acusados, como el caso de Sergio Massa.  Era el comienzo de Unión por Todos, o mejor dicho “unidos por el espanto” donde el actual presidente Alberto Fernández, que no hacía mucho era un crítico severo del gobierno de Cristina F. de Kirchner, se transformó en aliado. 

Este peculiar experimento político, donde parte de su agenda, era que la ex presidente, ahora devenida en candidata a vicepresidente, pudiera eludir responsabilidades ante la justicia federal. La clave de la campaña electoral, fue “llenar la heladera” y volver a comer asado los domingos.  El electorado “compró” ese discurso, como la promesa de aumentar las jubilaciones, con el dinero para responder a los títulos de deuda interna, LELIQ.

La crisis sanitaria de 2020, creó las condiciones necesarias para el avance “libertario”.   Los abusos de la cuarentena eterna, alimentó el individualismo, el rechazo al Estado y sobre todo, el desgaste de un gobierno que usó la crisis sanitaria para su propia agenda. Los medios de comunicación, también perdieron credibilidad y las redes sociales emergieron como fuente de información, donde la teoría de la conspiración se convirtió en verdad revelada.

El escándalo de las vacunas, el vacunatorio VIP, el relato y una oposición, que mostró signos de cobardía para criticar la emergencia sanitaria, terminó con la gente en la calle.  La agenda del gobierno se centró en cargar culpas sobre el gobierno de Mauricio Macri, para ocultar sus propias falencias y la necesidad imperiosa de Cristina F. de Kirchner, de liberarse de sus “pecados” ante la Justicia.  En este contexto, en los medios aparecía Javier Milei, un personaje para muchos, extravagante, anarco capitalista, con exabruptos contra aquellos que no pensaban como él y con duros ataques al kirchnerismo, y sectores del Cambiemos.

En 2021, Juntos para el Cambio, el nuevo “yo” de Cambiemos, obtuvo su triunfo en las elecciones legislativas. Era previsible que el gobierno de Alberto Fernández, agobiado por la inflación, el pésimo manejo de la crisis sanitaria, que hizo que la “Argentina real” de pobreza y desempleo, saliera a superficie, no iba ser reelecto. Agregándose las pugnas entre el poder real de la coalición oficialista, entre Cristina F. de Kirchner y un presidente cada vez más desdibujado, alejado de la realidad. Incluso, el mismo tuvo que dar cuentas a la Justicia de haber violado la “cuarentena eterna” que impuso. Su credibilidad cayó por los suelos.

Juntos para el Cambio se transformó en un duelo de egos, creyendo seguro el camino la Casa Rosada. La inflación se hizo imparable, junto con niveles de criminalidad alarmantes, donde Rosario, se transformó en protagonista de los grandes medios, por la escalada de un proto narcoterrorismo. Los sesgos ideológicos, la falta de decisión política, e intereses creados, impidieron tomar cartas en el asunto. El Gran Buenos Aires, se transformó en un espacio sumamente peligroso, a pesar del relato del gobierno, de minimizar o negar el problema. 

El factor ideológico, llevó a la Argentina en su derrotero, desde diferencias con Uruguay por el tipo de integración económica, el restablecimiento de relaciones con el régimen venezolano de Maduro, el clamor de Alberto Fernández por poner fin al bloqueo a Cuba – una suerte de viaje en el tiempo – la negativa de apoyar la iniciativa de declarar al grupo libanés Hezbollah, como terrorista, a pesar de su implicación en el atentado de la AMIA. Idas y venidas, en manos del canciller Cafiero, ajeno a cuestiones de política exterior.

En mayo de 2023, Cristina Fernández de Kirchner, renuncio abiertamente a ser candidata a presidente. Una imagen de un popular canal de noticias local, donde al entrevistar a jóvenes militantes, que al ser preguntados por quién votarían si, la candidata Cristina, no se presentaba, todos hablaron de votar a Milei. Un hecho realmente increíble. Pero estamos en la Argentina, un país inexplicable en muchos aspectos, donde el comportamiento voluble de su sociedad, lleva a que un personaje como Javier Milei terminara en el “Sillón de Rivadavia”. El gobierno sin rumbo, con un presidente, sin poder real, decidió llamar a Sergio Massa, como ministro de Economía.

Sin experiencia en este campo, pero con fuerte voluntad y gran organizador, no pudo lidiar con la crisis. La imposibilidad de llevar a cabo reformas, por razones ideológicas, especialmente resistidas por el kirchnerismo duro y La Cámpora, lo llevó por un sendero donde la inflación explotó.

Es altamente probable, que el impulso de la Libertad Avanza, haya sido apoyado desde el mismo kirchnerismo, para dividir a Juntos para el Cambio, llevarlo a una contradicción ideológica, como fue la disputa “palomas” y “halcones”, que los desgastó, y los dejó fuera del juego de la segunda vuelta. El voto bronca, se hizo sentir, sin tomar en cuenta las propuestas del equipo de Milei, de corte netamente conservador, una suerte de viaje en el tiempo a los 90, como privatizaciones masivas, modificar la ley de trabajo, régimen de jubilaciones privadas e incluso más allá, la conversión del sistema educativo, en una suerte de prestación privada como la salud. 

Massa, con habilidad, seriamente golpeado por las elecciones primarias de agosto, libró una verdadera batalla ideológica y pidió a los peronistas unirse, como también a cualquier grupo político, que rechazara la ideas de Milei. La derrota de Patricia Bullrich, habilitó al ex presidente Macri, de dejar de ocultar sus simpatías por los “libertarios” nostálgicos de los tiempos de Cavallo como él, rompió Juntos por el Cambio, aliándose de facto con Milei. 

En una verdadera coalición “unidos por el espanto”, similar a la estrategia del kirchnerismo/peronismo en 2019, para derrotar a Sergio Massa. Los amarillos (el PRO de Mauricia Macri) y libertarios, lograron librar esa batalla cultural, que no se llevó a cabo en el gobierno de Cambiemos, explotando una sociedad cansada, junto con una juventud carente de cultura política, que veía en los insultos de Milei a la clase política, como propios, logaron imponerse a Massa.

Debemos reconocer tuvo una derrota digna y posiblemente, se transforme en el jefe de la oposición. El kirchnerismo, no se movilizó como clamó “la Jefa”, sino más bien se replegó como pudo en la Provincia de Buenos Aires, con el gobernador Axel Kicillof.  Sea como fuere, la sociedad quería un cambio, y saltó al vacío.

Mauricio Macri. El gran ganador de las elecciones 2023.

Mauricio Macri, es el gran ganador de las elecciones. Logró con habilidad aprender de su “archienemiga” Cristina Fernández de Kirchner, de tener poder, sin necesidad de un cargo formal. El ex presidente se deshizo de los incómodos radicales, de la aliada “crítica” Elisa Carrió y del moderado Horacio Rodríguez Larreta.  El flamante presidente Javier Milei, tiene en Macri, los contactos en el exterior y el andamiaje para hacer funcionar su gobierno. Casi la mitad de los votos que recibió en la segunda vuelta de noviembre de 2023, son de Patricia Bullrich, que migraron escandalizados de una continuidad kirchnerista. En este contexto no olvidemos el peronismo del gobernador saliente de Córdoba, Juan Schiaretti, que aportó para la gran victoria opositora en la citada provincia mediterránea.

El presidente Milei, tiene numerosos frentes de tormenta. Debe generar consensos para llevar a cabo reformas, donde seguramente pagaran los platos rotos los sectores medios bajos y populares. La agenda de privatizaciones, en más de un caso afecta intereses estratégicos como los casos de YPF o la empresa de telecomunicaciones ARSAT.  El gobierno promete austeridad, recortes de gastos, despidos de empleados públicos, venta de activos públicos, desregulación de la economía y aperturismo comercial. Esta historia es conocida, y sabemos cuáles fueron las consecuencias.  

La central sindical CGT, salió de su sueño, y tuvo duras advertencias si tocan la ley laboral. Sectores duros de la izquierda llamaron la “resistencia”. El discurso es virulento ante el nuevo gobierno. El presidente electo poco y nada hace para apaciguar ánimos.

Los responsables de esta situación, sin ninguna duda el tándem peronismo/kirchnerismo, que cansaron a la sociedad. El relato tocó su fin y el telón ha caído, dejando la vedad al desnudo: una sociedad en una crisis de valores, con jóvenes afectados por una educación que hace años está en crisis y poco y nada contribuyó a convertirlos en ciudadanos. La falta de futuro para millares, significó vivir en el corto plazo, por ende, poco y nada les interesa, las promesas de recortes, plan motosierra. Tampoco dichos sectores toman dimensión de lo que implica arancelar la educación superior – a la que muchos no acceden – y el sistema de salud. El mal argentino es la mentalidad de corto plazo, de buscar soluciones inmediatas, que llevan a la sociedad muchas veces transitar el camino del “realismo mágico”.

Incertidumbre en el plano externo

La lista de indefiniciones es larga, especialmente en materia de seguridad, educación, crisis habitacional, la política exterior, generando más incertidumbre y una poderosa usina de rumores. Las declaraciones de Milei sobre China y Brasil, ponen en evidencia que el presidente electo, es funcional a determinadas agendas geopolíticas.  La panacea de la dolarización, tiene que ver con una maniobra de impedir que la Argentina siga otro camino, fuera de los dictados de Washington, que está en clara retirada a nivel global, junto con su moneda el dólar. Los BRICS, surgen como actores en ascenso liderados por China, sede de cuatro bancos más grandes del mundo. Existe un creciente intercambio, que no se lleva a cabo en dólares estadounidenses.

En el plano regional, un escenario de distanciamiento con Brasil, tendrá sus consecuencias para nuestro comercio externo, perder un valioso aliado, que no dudará en maniobrar en colusión con países vecinos y “encerrar” a la Argentina. China es nuestro principal socio comercial e importante acreedor. Retrocesos en este mercado, sería una pérdida irreparable. Aferrarse al fantasma de Occidente, significará perder grandes oportunidades como el ascenso de nuevos poderes regionales en el mundo: Turquía, Etiopía, Sudáfrica, Arabia Saudita, Emiratos Árabes, India, el bloque de Naciones del Sudeste de Asia o ASEAN.

El tren de la historia, parece que pasará de largo…

El nuevo gobierno, no tiene una estrategia de desarrollo, pregona que el mercado fijará el camino a seguir. Economías abiertas, como Singapur, el estado tuvo un rol central en el impulso al desarrollo. Israel, un país admirado por el presidente Milei, tiene empresas públicas, el Estado está muy presente como actor promotor del desarrollo, existen políticas de bienestar social muy claras. La lista sigue. El alza de precios internacionales de materias primas, es vista como solución a los problemas argentinos, seguramente ayudará a estabilizar en parte la economía, generar crecimiento, pero no se traducirá en desarrollo y en mejoras en la vida de millones que han caído en la pobreza

La alianza Macri – Milei, perdurará siempre y cuando, el segundo, siga los consejos del ex presidente. Habrá pugnas de poder, donde el PRO, buscará ocupar espacios, y de esa manera evitar quedar recluido al ámbito de la Ciudad de Buenos Aires. Los gobernadores preocupados por el día a día, por un tiempo mantendrán relaciones cordiales con el nuevo gobierno, siempre y cuando les garantice fondos. Los sindicatos, estarán en estado de alerta, junto con las organizaciones sociales (ya hemos visto en su momento su poder de “fuego” cuando son aliados) y la izquierda, tiene la oportunidad de crecer políticamente explotando sectores descontentos.  El peronismo pasará por un proceso de reconstrucción para definir su rol opositor.

Estamos ante un mundo cambiante, multipolar, donde el espacio Asia Pacífico, ofrece enormes oportunidades. La posible llegada de nuevo al poder de Donald Trump o de sectores ultraconservadores al gobierno de Estados Unidos, significará, aislacionismo, acompañado por una mayor competencia geopolítica a nivel global. Las contradicciones de los actores en pugna, pueden ser utilizados para desarrollar a la Argentina, adquirir mayor margen de maniobra y tener una mayor proyección internacional. Pero una vez más, lo ideológico, se impone a la realidad, y veremos perder oportunidades.

El clima de ajuste, donde la “cuenta” será pagada por los sectores más modestos, abre las puertas para escenarios de conflicto social importantes. En cuanto a la promesa de “Argentina potencia”, solo podrá cumplirse, si el país, transforma el modelo agroexportador y extractivista, por otro que impulse el desarrollo industrial y tecnológico, algo muy alejado de las ideas de la coalición “amarillos” y “libertarios”, que se aferran al espejismo, que implica como salida, el ajuste y el “mercado” como herramienta de autorregulación. Una vez más tenemos la amarga sensación, que la Argentina perderá nuevamente la oportunidad de romper con las pesadas cadenas del subdesarrollo.

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