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Sanar las heridas invisibles: El Desafío de la salud mental en tiempos de guerra

Una pizca de historia

El Minuto | Desde la caída del muro de Berlín a finales de 1989, y la casi desaparición de los usos y costumbres de la guerra fría, la sociedad global comenzó a atravesar un periodo que algunos autores relacionaron con el fin de los conflictos bélicos o al menos de relajación y cambio de enfoque de intereses geopolíticos.

Por: Lic. Esteban Gómez, Psicoanalista UBA

Fueron un puñado de esos cambios socio-económicos y culturales los que permitieron los albores de la globalización y de la hegemonía unipolar discursiva y cultural del mundo anglo-sajón. Los espías dieron paso a los analistas financieros, los mapas se transformaron en publicidades y las estrategias del campo de batalla en estrategias de marketing. El comercio internacional emergía como el primogénito heredero de la política internacional.

Francis Fukuyama, en 1992, tituló a su libro “El fin de la historia y el último hombre”. En él profetizaba el fin de la historia como lucha entre ideologías e imperios y el nacimiento de un mundo guiado por la democracia liberal de genes y caracteres capitalistas. Las sociedades centrales del mundo desarrollado concluyeron el siglo XX  en una suerte de “belle époque” con esencia consumista y hedonista.

Incluso la bisagra del 11 de septiembre de 2001 mantuvo el horror y las bombas “lejos de nuestros hogares” y lejos de nuestras mentes. Los bombardeos e invasiones no impidieron el comercio, los mundiales de futbol, los juegos olímpicos ni los estrenos de Hollywood, ni siquiera el nacimiento de las redes sociales y la explosión de video juegos, ambos elementos enquistándose en silencio,  en la íntima trama del tejido neuronal y social de miles de millones de personas.

Si el anciano Moisés y su pueblo deambularon por 40 años desorientados en el desierto, miles de años después el pueblo global caminó 30 años entre oasis y espejismos de un mundo feliz.

Lo pequeño que lo cambio todo

Me gusta pensar en la paradoja en donde un pequeño virus revoloteando en los aires de China pudo poner al mundo patas arriba en menos de 90 días.  Supimos desde ese momento que aquellos 30 años de oasis globalizantes comenzaban a deshacerse como un simple castillo de naipes.

Desde las teorías conspirativas del origen viral hasta el robo o decomiso por motivos de seguridad nacional de toneladas de barbijos entre países ricos, socios y amigos, nuestra capacidad de asombro no tuvo techo.  Y brotaron las crisis de diferentes colores: Logísticas, económicas, sanitarias, sociales y políticas.

Para gran parte de la sociedad global, la pandemia generó en el imaginario social un punto de inflexión, un momento bisagra de un antes y un después.

La pandemia también trajo desafíos sanitarios y consecuencias a largo plazo como las ligadas a la salud mental y vincular de millones de ciudadanos.

Despertar abruptamente de un bello sueño nunca es sin consecuencias. Lo aprendimos  y aún estamos recogiendo escombros…

¿Podemos vivir de crisis en crisis?

Es en ese contexto, en el cual ya estábamos lidiando con los restos de aquella crisis en el que brota una nueva. 

Esta vez ya no volaban virus sobre oriente, sino un cisne negro con silueta de misil.  Es cierto que muchos venían advirtiendo, como antiguos profetas, de las consecuencias de un mundo “des-balanceado” y en el que un paradigma cultural, ideológico y económico iba por todo.                                                                                                                          

Los misiles caían en lugares impensados o al menos no recordábamos que en una ciudad moderna como cualquiera, podrían llover bombas y florecer muertos…

Una guerra a las puertas de Europa comenzó a inquietar a los poderosos pero también sus efectos volvieron a sentirse en la vida cotidiana de millones de familias simples de los cinco continentes.

Como mamíferos parlantes sujetados al lenguaje, nuestro aparato psíquico está diseñado para ser esponja, plastilina y músculo. Es decir, atravesado por el ambiente, modelado por su realidad y listo para reaccionar a sus estímulos.

La incertidumbre sobre el futuro personal y familiar, el miedo a la guerra cercana, el desabastecimiento, la inflación y la posibilidad, aunque remota, de utilización de armas nucleares, comenzaron a tallar fuertemente en nuestras mentes y corazones.

Si la pandemia disparó índices sanitarios globales de depresión, adicciones, aislamiento, divorcios, violencia doméstica e intentos de suicidio, la guerra entre Rusia y Ucrania no hizo más que sostenerlos.

Pero como si nos estuvieran sometiendo a un programa de goteo de stress agudo, lo que sucede en torno a Taiwán desde el inicio del 2023 por un lado, y las dos Coreas por otro pronosticaba una temporada de más ansiedad e incertidumbre.

Lamentablemente la Historia nos tenía preparada un brote más para cerrar el año.  El 7 de octubre de 2023, se inicia una nueva página de un conflicto ancestral en Gaza, pero que no tanto por su recurrencia periódica sino por el momento histórico en el que sucede, agrega más combustible a la hoguera global.

Y si todo esto no basta para acrecentar nuestro “malestar en la cultura”, el nuevo año se inicia con más vuelos de misiles y más muerte, esta vez en las costas del mar rojo. El mundo se recalienta y las alarmas suenan, allá afuera pero también dentro de nosotros.

Una espiral emocional desatada

Las nuevas crisis cabalgan sobre las ya existentes. Generan para gran parte de la población humana, una sensación de vorágine mental y de imposibilidad de gestión de la realidad sin precedentes.

El escape en los psicofármacos, las pantallas, el juego y los consumos compulsivos dan cuenta de “una psique global que implosiona” frente a una realidad percibida como volátil, cambiante, incierta y mortífera.

Si a esto le sumamos los desafíos del cambio climático, la batalla en nuestras mentes por medio de fake news, las campañas de des-información y los usos bélicos de la Inteligencia Artificial, la realidad actual señala como destino un “cambio civilizatorio” que quizás pueda ser radical.

Muchos colegas del campo de la Filosofía, las Neurociencias y el Psicoanálisis advierten que el nuevo campo de batalla es la mente en general y el aparato de percepción y elaboración cognitiva en particular. ¿Estamos preparados para ello?

Retornar a los vínculos humanos cercanos como la familia y la amistad, pueden ser de gran ayuda para lo que viene. Ellos aportan la esencia de la palabra y la escucha activa, ambas cruciales en la colaboración y resolución de conflictos y problemas humanos.

Drama o Tragedia

Uno de los líderes políticos de la segunda guerra mundial recordaba que: “Hay crisis cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer…”.

Allí nos encontramos como humanos, construyendo diques y muletas que nos permitan seguir en pie. Lo viejo no termina de morir agobiándonos y maltratándonos mutuamente y lo nuevo aparece lejano sin liderazgos ni ideas contundentes que nos alejen de nuestra “auto-aniquilación simbólica”.

Algunos todavía soñamos con un mundo regido por la palabra, la libertad de pensamiento, la solidaridad en nuestra especie y la posibilidad de no desaparecer a causa de nuestra sordera narcisista.

Los próximos años serán maravillosamente trágicos, si nos sometemos en silencio a nuestra propia pulsión de muerte. O tal vez maravillosamente dramáticos, si aprendemos a gestionar la realidad de maneras diferentes y a poder apaciguar aquella espiral emocional que tanto daño nos ocasionaba.De ser así, algunos habrán sabido sobrevivir y seguirán de pié dentro de 30 ó 40 años.  Aquellos contarán historias épicas a las futuras generaciones de cómo pudimos atravesar estos desiertos cargados de momentos dramáticos y definitorios para la raza humana.

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